Digna Lilia Gómez, tenía 51 años, hermosa edad de plenitud para las mujeres. Vivía sola en el sexto piso de uno de los monobloques de Parque Central (Patricias Mendocinas, casi Pellegrini) Apareció hace dos días asesinada en el baño. Había sido violada antes de ser sometida a asfixia. Otra muerte más en una Mendoza que vive en contradicción permanente. Por un lado busca posicionarse en el mercado turístico internacional. Por el otro, la delincuencia sin freno, sin contención, destruye casi todos los días una vida humana.
Se ha llegado al límite de lo patético en esa carrera loca de impunidad, de salvajismo en la que están inmersos los malvivientes. Una radio, en nombre de la comunidad, se dirigió a los crueles ladrones que no se conforman con obtener el botín sino que además asesinan pidiendo al aire: “Por favor muchachos, roben, pero no maten”
Los encargados de brindar seguridad a algún acierto eventual suman un sinnúmero de fracasos. No existe una prevención eficiente. Falta vigilancia, presencia policial en las calles. La droga circula poco menos que libremente en diferentes ámbitos. En lo alto genera una “colegiación” entre una suerte de membresía que se reconocen entre sí como pares, como “inspirados” Y, obviamente, se favorecen entre ellos.
Abajo, por darle un nombre, la situación es más grave. Narcotraficantes reclutan vendedores entre la juventud y se encargan de colocar la cocaína en los sectores de clase media y baja. Así es como se genera un hampa nueva, que no respeta ninguno de los antiguos códigos, ya que la dependencia absoluta de la droga, el paraíso artificial que brinda, convierte a los jóvenes en seres sin ningún freno inhibitorio ni barreras morales.
Así estamos. Así vivimos los mendocinos. Mal. Encerrados, por miedo a los ladrones. Enrejados en las propias casas, como en cómodas cárceles. Aterrorizados cuando el joven o la niña del hogar demoran un poco en volver. Idéntico miedo cuando no llega a tiempo el padre o la madre. Sometidos al intenso patrullaje de los chorros, que tocan timbre en la noche para ver si hay alguien en la casa o por si equivocadamente les abren la puerta.
Cualquier ciudadano sabe lo que está ocurriendo. Los funcionarios de cuidar a la gente parece que lo ignoran. La pregunta, que cae como pera madura ¿Lo ignoran?
Se desconoce si el homicidio del que fue víctima la linda vecina Digna Lilian surge de la fábrica de delincuencia antes sintetizada. Puede que no. A ese sector productor de iniquidades y muerte, que antes del advenimiento de la droga, de las armas del mercado negro (la policía tampoco sabe nada del tema) fue sometido a una política de abandono casi absoluto: la no asistencia a niños mendigos, explotados; el cerrar los ojos funcionarios y políticos a la existencia de jóvenes expulsados de escuelas que no los asimilaron en tiempo y forma; adolescentes, enjambrados en las esquinas de humildes barrios, con la cerveza, el vino, como únicos horizontes y, luego el robo y los asesinatos para poder comprar estupefacientes.
Acaso la muerte de Digna Lilian provenga de otro sector, no del indicado líneas arriba, los “desconocidos de siempre” individuos que eligen al delito como parte de sus vidas, esos hombres en estado de excepción y que nada tienen que ver con los inhalantes de las esferas superiores o los de extramuros.
Los pocos datos con que se cuenta en el caso de Digna Lilia (que bellos dos nombres) recuerda, en su reunión inicial, a una novela de Sherlock Holmes. Esas en que el crimen fue cometido en un recinto cerrado, generalmente, una gran mansión llena de disímiles invitados. Entre ellos, que cenaban juntos, estaba el asesino. Y el detective y su ayudante, ambos cultores de la deducción lógica, que inexorablemente hacía tropezar y delatarse al criminal.
La ficción y la realidad se imitan de modo permanente. La agraciada vecina asesinada vivía, no en una gran casa, sino en un edificio pluralmente habitado. El criminal, al parecer, también reside ahí. No habrían compartido cenas, pero sí un único y gran techo y un portal de acceso. Tal vez ella nunca se dio cuenta de que era observada. O si lo advirtió, como genuina mujer linda, lo atribuyó a sus encantos y no a un plan perverso.
El fiscal, si leyó a Conan Doyle o no, se ignora. Procedió como Holmes. Mandó elaborar una lista de todos los residentes en el monoblock donde se perpetró el delito. En poco tiempo dejó a muchos afuera, dadas las características especiales de lo que se investiga: el autor ingresó no por la entrada al departamento sino por una de las elevadas ventanas. Se presume, con buen fundamento, que fue por una de la parte trasera del inmueble situado en un sexto piso y que da a jardines. La especulación es que ascendió, cual “hombre araña” o andinista y sorprendió a Digna Lilian. También figura en ese rol el consabido mayordomo, encarnado en este suceso en el conserje del inmueble y que oficia además como portero. Él debe saber quién es quién en el lugar, identificar al que entra y adónde va.
Dejó el fiscal a muchos afuera de esa lista: señoras entradas en años o kilos que difícilmente podrían trepar a lo alto, a jubilados que tal vez sí podrían escalar pero nada más que eso.
El fiscal afinó (y sigue haciéndolo) la puntería. Cada vez quedan menos en la nómina. La diferencia con un caso de Holmes, en el que nadie podía salir de la mansión hasta que no llegaba el veredicto, el desenmascaramiento del criminal, es que en un edificio (si realmente vive ahí el autor, lo más probable o se trata de un conspicuo visitante de algún hogar o de alguien que residió en el consorcio) puede ocurrir que el objetivo de pronto se esfume.
Y ahí “te quiero ver escopeta” (léase: fiscal)
El miércoles 14, poco después de las 21.30, a pedido de los residentes en la torre, llegó el ministro de Seguridad, un político llamado Ciurca que conoce tanto del tema seguridad como Leonardo Da Vinci sabía de capar monos titíes viudos albinos. La reunión fue una suerte de reclamante velorio. Flotaba la presencia de Digna Lilian y los vecinos, de alguna manera sobrevivientes, no tocados de modo abrupto por el delito, víctimas de algunos robos con seguridad, pero vivos, respirando, le pidieron protección, como hacen todos los habitantes de Mendoza cuando cae una desgracia en su entorno. Más sintéticamente, le rogaron: hagan algo.
Así como muchos sueñan con sacarse el telekino, también son muchos los que no sueñan pero intuyen que el delito de pronto puede instalarse en sus hogares. Sucede que los sorteos (de mala suerte) de la delincuencia, se realizan a toda hora. Le toca a cualquiera en cualquier momento.
Se podría decir que el homicidio del que fue víctima Digna Lilian podría enmarcarse dentro de lo que los policías llaman un “hecho aislado” Se disculpan, ante casos como esos, argumentando “no podemos adivinar lo que va a ocurrir entre cuatro paredes” En este caso no es así. Hay un antecedente: una estudiante, no hace mucho, en el mismo edificio, fue atacada por un sujeto que ingresó del mismo modo, por una ventana. No la mató. La violó. Acaso la mujer inmolada murió solamente porque conocía al agresor. O porque reveló el destino de su dinero. Se rumorea que tenía 15.000 pesos guardados. Dicen que en una caja de ahorros. De ser así al asesino, para encontrarse con la plata, debería haberle arrancado a la víctima la tarjeta y la clave. La piba, antes sometida no le vio la cara al agresor. Todo ocurrió en la oscuridad, tal vez ese fue su salvoconducto hacia la vida.
El otro caso nunca fue esclarecido. Para los investigadores se cerró en el momento en que ese “hombre araña” tal vez un respetable padre de familia con doble vida, desapareció por la ventana.
Los vecinos se asustan, especialmente las mujeres, porque imaginan estar ante un criminal serial. Y que, pasado un tiempo, atacará de nuevo. Puede ser. Son cuatro las mujeres asesinadas en el barrio, señoras que vivían sin compañía. A este caso, algo no registrado en los anteriores sucesos, se sumó la violación, también presente en el ataque a la estudiante.
¿Qué les queda a las señoras o jovencitas que están solas en un departamento o una casa? ¿Rodearse de rejas, aunque ocupen una torre? ¿Casarse nada más que para lograr algo de protección? ¿Contratar a un guardaespaldas como divas de la canción?
Otra forma de delito que se suma a las múltiples que ya se han instalado (y parece que para quedarse) en esta tierra del buen sol y del buen vino, de los chorros desmadrados, de una policía ineficiente, de políticos que, empezando por el gobernador, prometen seguridad en instantes preelectorales y luego, si te he visto, no me acuerdo.
Le dijo el ministro Ciurca a los vecinos que personal de inteligencia trabajará de incógnito en el edificio donde fue cometido el crimen, ya que en una de las hipótesis más firmes se evalúa que el autor del asesinato sería un vecino. Ahora bien, si lo anuncia y la prensa lo publica el delincuente ya está advertido ¿Para qué lo dijo? El asesino se llevó la sábana superior de la cama de Digna Lilian porque, al parecer, especuló con que podrían identificar su ADN tal vez por algo de líquido seminal que podría haber quedado en ese cobertor. Astuto el delincuente. Pero no tanto. En el contenedor de residuos cercano al edificio aparecieron prendas de la víctima: un short y una remera. Tal vez ahí surja su ADN. Lo que corrobora ese hallazgo es que el sujeto abandonó la escena del crimen y llegó a la calle. Si usó el recurso de subir y bajar por una pared se deduciría que no vive en el lugar. O lo contrario. Perpetró el crimen y luego, como buen vecino, entró por la puerta principal de retorno a su vivienda. De ser así sería interesante el testimonio del portero o de quien lo reemplazaba en la hora aproximada en que fue asesinada la mujer, dato emergente de la necropsia. Si es un vecino del edificio la mejor forma de desviar la investigación es hacer lo que hizo: la puesta en escena de que partió hacia otro sitio, su vivienda, en punto distante o cercano del inmueble. O bien, otra de las posibilidades, es que sea alguien que no reside en el lugar. En el plano de las deducciones se estima que el sujeto posee un muy buen estado atlético, que le permitió proyectar su cuerpo hacia lo alto de seis pisos y luego descender, con sus fuerzas menguadas por la descarga de energía que implica el acto sexual. Serán cotejadas las muestras de semen extraídas del cuerpo de la víctima con el registro de las obtenidas hace un mes, en el caso de la estudiante violada. Pero si el asesino dejó semen en ambos cuerpos ¿Para qué se llevó la sábana y las prendas de la última de sus víctimas? Si los hisopados coinciden falta un tercer componente para cerrar el círculo: una muestra de semen de algún sospechoso, ya que la coincidencia sólo demostraría que en los dos casos el agresor fue una única persona. De no tener a buen recaudo a un posible autor, en ese punto, naufragaría la investigación. Y para desplegar más este verdadero rompecabezas dijo el ministro Ciurca que a fines de 2007 otra joven fue violada en circunstancias análogas, pero que no hizo la denuncia ante la policía. Ahora apareció esa víctima y aportó datos.
Redacción
La Quinta Pata, 17 – 01 – 09
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