domingo, 3 de mayo de 2009

Diario de la peste

La peste

Miguel Bonasso

Es ingenuo pensar que el virus fue esparcido para generarles ganancias a los laboratorios, pero es evidente que esta nueva peste irrumpió en un sistema económico infectado por el fundamentalismo de mercado.

Las preguntas prácticas al final del mail me golpearon. Súbitamente las defensas cayeron y la congoja se apoderó de mi garganta. Siempre es un detalle, casi nunca la estadística. Es la rata agonizante que se le cruza al doctor Bernard Rieux en el comienzo de La peste de Albert Camus: “El animal se detuvo, pareció buscar el equilibrio, echó a correr hacia el doctor, se detuvo otra vez, dio una vuelta sobre sí mismo lanzando un pequeño grito y cayó al fin, echando sangre por el hocico entreabierto”.

He visto los tapabocas celestes en esos rostros cobrizos que frecuenté en tantos años de exilio. Ay, México. El hocico sangrante de la rata sobre la megalópolis de veinte millones de habitantes. La peste: ese viejo compañero de ruta que interrumpe cada tanto nuestras costumbres para regresarnos, de golpe, al sentido trágico de la vida.

Recuerdo a Daniel Defoe, pero no por el Robinson Crusoe, sino por su Diario del año de la peste, esa obra maestra del periodismo naciente que escribió en 1722, evocando minuciosamente la ola negra de la bubónica que había anegado a Londres en 1665, cuando Defoe era un niño de cinco años que veía pasar frente a su casa los carretones abrumados de cadáveres.

Camus se inspiró en su relato para superarlo con La peste. Por eso, el epígrafe inicial de la novela, que parece escrito para estos días de nueva peste: “Tan razonable como representar una prisión de cierto género por otra diferente es representar algo que existe realmente por algo que no existe”.

Visito los medios y la cita me visita. ¿No estaremos todos representando algo que existe realmente por algo que no existe?

El mail de mi hijo Federico me llega desde México pocas horas después de que se enciendan las alarmas iniciales. Contiene cinco preguntas teóricas de difícil respuesta y dos preguntas prácticas. Consulto el cuestionario con una amable infectóloga del servicio de guardia del hospital Fernández. Está bien informada –dentro de lo que cabe– y sugiere, no aconseja, las medidas concretas que mis hijos y mis nietos deberían adoptar frente a las amenazas, aún desconocidas, de la nueva peste.
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Porque allí están, en el Distrito Federal, mis dos hijos Federico y Flavia, mi nuera Karina y mis nietos: Silvia de siete años, María de cuatro y Emilio de dos. Los seis encerrados en sus casas, alarmados como millones de habitantes del DF por la similitud que guardan algunos síntomas de la peste con los trastornos habituales que prodiga la megalópolis. ¿Quién no tiene los ojos enrojecidos en la nube marrón del monóxido de carbono? ¿Quién no tiene tos? ¿Quién no se siente decaído cuando la tarde desciende sobre el Valle de Anáhuac?

Hablamos por teléfono, casi cada hora. Hacemos bromas: mi nuera Karina no consiguió barbijos y tuvo que ir al súper con un pañuelo en la cara como Jesse James. Nos indignamos en conjunto con ciertos datos que aparecen en la web. El virus muta y se expande al calor de la globalización y las informaciones circulan a la misma velocidad. No nos estancamos en la incertidumbre y la angustia. Hay que actuar. Por Federico conozco esos nombres científicos que hoy ya son moneda corriente, como el Tamiflu (oseltamivir) que multiplicará los caudales de Roche; el remedio antiviral de la influenza, que impide –hasta ahora, al menos– que los síntomas gripales se transformen en una peligrosa neumonía.

Hay que conseguir dosis para toda la familia. No vaya a ser que se precipite la pandemia y nos deje sin defensas. En México está agotado. En la Argentina también. Me pongo en marcha y lo consigo, mientras me entero que se cancelan los vuelos entre México y la Argentina. Me las arreglo: la neurosis obsesiva suele ser operativa.

Me pregunto, como todo el mundo, por las causas de esta temible pandemia. No soy partidario, en general, de las teorías conspirativas, pero creo en la sabiduría popular: la culpa no es del chancho sino del que le da de comer. Literalmente.

En La Jornada de México hay algunas informaciones muy reveladoras. Estamos ante una peste anunciada. Mike Davis, autor de dos libros muy conocidos sobre la fiebre aviar, sostiene que el año pasado “el Centro de Investigación Pew emitió un informe señero sobre la producción animal en las granjas industriales, el cual subrayaba el agudo peligro de que ‘el continuo reciclaje de virus en grandes manadas o rebaños incrementará las oportunidades de generación de virus novedosos”. “En esencia –añade– se trata de una transición desde los chiqueros a la antigua hacia vastos infiernos de excremento, de naturaleza sin precedentes, en los cuales decenas, incluso cientos de miles de animales con sistemas inmunes debilitados se sofocan entre el calor y el estiércol e intercambian patógenos a velocidad de vértigo con sus compañeros de presidio y sus patéticas progenies”.

En una nota publicada el miércoles pasado en el matutino mexicano El Universal, el periodista Carlos Macías Richard denuncia que en uno de esos infiernos de estiércol, la granja Carroll de la multinacional Smithfield en Veracruz, estalló una epidemia de influenza porcina en marzo de este año, que las autoridades locales y nacionales mantuvieron en reserva.

Desde hace dos años, los vecinos de la granja, en el pueblo veracruzano de Las Glorias, se venían quejando por los desechos de este emprendimiento que es propiedad de la corporación más importante del mundo en la fabricación de subproductos porcinos. Nadie les hizo caso. El 30 por ciento de los cerca de 2.500 habitantes de esta población “tuvieron síntomas de infecciones respiratorias”. El gobierno de Veracruz informó que, de todos los pacientes con síntomas gripales, sólo hubo un caso confirmado del virus H1N1, el del niño Edgar Hernández, que también se recuperó. Como todos se curaron, el articulista se pregunta: “¿Qué medicina les suministró el gobierno estatal al niño que adquirió la influenza porcina y al resto de los enfermos con ‘resfriado?” Se responde con una especulación: los ejecutivos de la granja Carroll tenían a mano altas dotaciones de Tamiflu.

Es ingenuo pensar que el virus fue esparcido para generarles ganancias a Roche y sus socios norteamericanos, como el ex secretario de defensa Donald Rumsfeld, pero es evidente que esta nueva peste –como la aviar– ha irrumpido dentro de un sistema económico que no vacila en degradar el ambiente hasta provocar catástrofes humanitarias. En un globo infectado por el fundamentalismo de mercado, donde las providencias sanitarias se han debilitado, tanto a nivel de los estados nacionales como de la Organización Mundial de la Salud, que debe implorarle vacunas y remedios a los laboratorios privados.

Nadie sabe aún de manera científica cómo se recombinaron los distintos factores genéticos para producir la nueva amenaza, pero cuesta atribuir estos fenómenos anunciados a la ira de Dios.

Crítica digital, 03 – 05 – 09

La Quinta Pata

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