viernes, 22 de mayo de 2009

Renunció a la riqueza por su amor a Cuba *

María Concepción McCarthy Gómez Cueto

Alfredo Saavedra

La canadiense María Concepción McCarthy Gómez Cueto, falleció el 3 de abril, cuando estaba por cumplir 109 años el 27 del mismo mes, tras vivir en La Habana por más de 85 años, luego de contraer matrimonio con el acaudalado cubano Pedro Gómez Cueto, el 21 de mayo de 1922, con lo que se convirtió en la extranjera más cubana que haya residido por más tiempo en la isla.

Al quedar viuda en 1950, María quedó al frente de los negocios de su difunto marido, que incluían una importante fábrica de calzado que hacía suministros al ejército cubano. Al llegar la revolución en 1959, sus bienes, valorados en cuatro millones de dólares, le fueron confiscados. Se le permitió conservar la villa que le heredó don Pedro, una propiedad con una suntuosa mansión neoclásica de pisos de mármol, ricamente amueblada con menaje estilo Napoleón III, importado de Europa, en el escenario de un amplio jardín de palmeras y árboles de mango, con un estanque poblado de ostentosos cisnes y en el frente de todo ese magnificente entorno una arcada donde en filigranas de metal lucía el nombre de Villa María.

Con abundante dinero y una valiosa joyería en un banco de Boston, la alta y rubia canadiense McCarthy, con temple de emperatriz, no se unió al éxodo de los ricos que se produjo al establecimiento del gobierno socialista y aceptó con alguna resignación el nuevo estado de cosas, animada por un fervoroso amor a Cuba, donde a esas alturas había vivido por unos 30 años. Prosiguió María en su empeño de contribuir a la cultura cubana, donde ya por entonces había ayudado a la creación de la orquesta sinfónica de La Habana y, tal vez por su ternura para con los niños que no pudo tener en su matrimonio, fundó un orfanato que el estado cubano asumió al llegar la revolución.

En sus tiempos de gloria en la etapa pre-revolucionaria, María no faltaba a las veladas culturales frecuentadas por la burguesía y tuvo de vecino por algún tiempo a Frank Sinatra, habitante circunstancial del preferencial barrio habanero. No faltaban por entonces sus ocasionales visitas a su natal St. John´s, en Newfounland, donde para ejercitar sus dotes artísticas, María, luciendo vestuario a la española, con mantilla y abanico en la mano, cantaba con su español perfecto la Habanera de Carmen, según lo anotara el historiador y poeta Paul O´Neill.
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Como con el embargo a Cuba el gobierno de Estados Unidos le congelaría sus fondos en Boston, María tuvo que rebuscárselas para poder vivir, con lo que se dedicó a enseñar inglés y a impartir clases de piano y canto. Con el tiempo la mansión se fue deteriorando, el piano se rompió y un Cadillac de los tiempos mejores quedó abandonado, con solo los cuidados ocasionales de un leal chofer que asumió el oficio de jardinero para cortar el pasto y que no se convirtiera el jardín en una selva. En algún momento el gobierno le suministró una modesta pensión y con la ayuda de uno de sus estudiantes y ahijado, Elio García, tuvo asistencia que se hizo más necesaria luego de sufrir una caída poco después de haber cumplido cien años. El joven la cuidó hasta sus últimos días, con esmeros que incluían ayudarla a vestir su ropa de dama elegante que agregaba una estola de un zorro enseñando los dientes.

Mary Conception, su nombre de bautizo en inglés, nunca renegó de la revolución y habló siempre con encomio para con el proceso socialista, afirmando que había llegado para hacer el bien y sintió orgullo de sus encuentros con Fidel y el Che, a los que admiró con entusiasmo, todo ello no obstante su catolicismo irrenunciable. Si hubiera dejado Cuba, podría haber recuperado su dinero retenido en Boston por los Estados Unidos y esa fortuna de un cuarto de millón de dólares le hubiera aliviado afuera sus penurias.

Pero María sostuvo a cambio su amor por una Cuba que se le hizo entrañable desde sus primeros tiempos en la isla, en los años veinte, con el enamoramiento no solo del cubano al que permaneció fiel hasta la muerte, sino también de la gente a la que amó de forma inmensa, pero también con el sabor de un país cuyos mares y palmeras no se borraron de su memoria, hasta una tarde de la actual primavera, en que sus ojos azules se cerraron para siempre.

*Versión libre con base en el artículo en inglés, de la revista Maclean´s del 4 de mayo 2009

La Quinta Pata
, 21 – 05 – 09

La Quinta Pata

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