Alfredo Saavedra
La canadiense María Concepción McCarthy Gómez Cueto, falleció el 3 de abril, cuando estaba por cumplir 109 años el 27 del mismo mes, tras vivir en La Habana por más de 85 años, luego de contraer matrimonio con el acaudalado cubano Pedro Gómez Cueto, el 21 de mayo de 1922, con lo que se convirtió en la extranjera más cubana que haya residido por más tiempo en la isla.
Al quedar viuda en 1950, María quedó al frente de los negocios de su difunto marido, que incluían una importante fábrica de calzado que hacía suministros al ejército cubano. Al llegar la revolución en 1959, sus bienes, valorados en cuatro millones de dólares, le fueron confiscados. Se le permitió conservar la villa que le heredó don Pedro, una propiedad con una suntuosa mansión neoclásica de pisos de mármol, ricamente amueblada con menaje estilo Napoleón III, importado de Europa, en el escenario de un amplio jardín de palmeras y árboles de mango, con un estanque poblado de ostentosos cisnes y en el frente de todo ese magnificente entorno una arcada donde en filigranas de metal lucía el nombre de Villa María.
Con abundante dinero y una valiosa joyería en un banco de Boston, la alta y rubia canadiense McCarthy, con temple de emperatriz, no se unió al éxodo de los ricos que se produjo al establecimiento del gobierno socialista y aceptó con alguna resignación el nuevo estado de cosas, animada por un fervoroso amor a Cuba, donde a esas alturas había vivido por unos 30 años. Prosiguió María en su empeño de contribuir a la cultura cubana, donde ya por entonces había ayudado a la creación de la orquesta sinfónica de La Habana y, tal vez por su ternura para con los niños que no pudo tener en su matrimonio, fundó un orfanato que el estado cubano asumió al llegar la revolución.
En sus tiempos de gloria en la etapa pre-revolucionaria, María no faltaba a las veladas culturales frecuentadas por la burguesía y tuvo de vecino por algún tiempo a Frank Sinatra, habitante circunstancial del preferencial barrio habanero. No faltaban por entonces sus ocasionales visitas a su natal St. John´s, en Newfounland, donde para ejercitar sus dotes artísticas, María, luciendo vestuario a la española, con mantilla y abanico en la mano, cantaba con su español perfecto la Habanera de Carmen, según lo anotara el historiador y poeta Paul O´Neill.
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