Ernesto Espeche
Fue un sueño en alta definición, de esos que –por su encuadre- se confunden con la estética de una película de autor. Tania, mi hija de tres años, y yo paseábamos en bicicleta por un parque verde, desierto. El escenario era todo nuestro, amplio y generoso; dispuesto a ser el marco de un momento de felicidad, de juegos compartidos, de profunda intimidad.
Las bicicletas eran dos modelos a escala de la primera que tuve de niño: una aurorita celeste que me dejaron los reyes magos a los siete años. “Los reyes no existen, son los padres”, me había susurrado, entonces, un primo mayor con la picardía y el sigilo que envuelven la transmisión de una fórmula secreta, clandestina. ¿Los padres existen?
Tania avanzaba con ritmo sostenido. Yo sólo la miraba y eso me alcazaba para ser feliz. El parque era una sucesión constante del mismo paisaje; el paisaje era una lenta proyección de diapositivas.
El día que mi familia intentó explicarnos la verdad yo podía adivinar, como si ya hubiese estado allí, cada palabra, cada frase. Por alguna razón que no entiendo, la “verdad” que se me revelaba no era otra cosa que una manifestación explícita de mi constante pero brumoso sentimiento de angustia. Sí me sorprendió saber que soy parecido a mi papá y que mi hermano tiene los rasgos de mi mamá. Mirar las fotos me provocaba cierta fascinación, quizás porque los mandatos de la genética eran la única evidencia de que alguna vez existieron.
Pero los otros, esos tipos con bigote finito, cejas pronunciadas y ropa rara que se llevaron a mis papás, le contaban al mundo mi historia: “Los desaparecidos no tienen entidad, no están, no existen”. Me decían a mí que Carlos y Mecha no existen, que yo no existo.
El sueño transcurría sin tiempo. Tania pedaleaba a mi lado, yo sentía su presencia. Era un vínculo seguro, sin miedos, lleno de paz, cubierto de complicidad y de plenitud.
Miré a Tania. Allí estaba, a mi lado, feliz. Volví a mirar, ya no estaba. De repente, había desaparecido ella y su bicicleta celeste, la misma que me regalaron los reyes. Todo se desplomó, corrí por el parque, grite su nombre, volví a casa.
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