
Iván Schuliaquer
Una de las pensadoras estadounidenses más críticas del momento habla de su reciente libro, ¿Quién le canta al Estado-nación?
“Hay que asustarse cuando un Estado dice representar a una única nación”, asegura Judith Butler, eminente filósofa estadounidense que trabaja los cruces entre género, identidad y política. Referente ineludible de la teoría queer y de la filosofía política contemporánea, la militante feminista e investigadora afirma que hay una imposibilidad de fijar identidades homogéneas y estables tanto en el terreno del sexo y la sexualidad como en el de las nacionalidades y que “los intelectuales deben reconstruir el mapa, porque los mapas actuales no siempre se corresponden con las realidades políticas”.
Algunos de sus libros son El género en disputa y Contingencia, hegemonía y universalidad, escrito junto a Slavoj Zizek y Ernesto Laclau. La autora presenta en la Feria del Libro su último libro: ¿Quién le canta al Estado-Nación? (Paidós), hecho en coautoría con Gayatri Spivak.
–En su último libro, usted dice que el Estado no sólo se encarga de vincular a la gente sino también de desvincularla y de expulsarla. ¿Por qué? –Fui influenciada por el trabajo de Hannah Arendt. En algunos puntos ella es naíf sobre el Estado y no puede anticipar las formas que este toma, pero ella hizo dos planteamientos teóricos muy importantes. Primero, que no tiene sentido tener un Estado que representa a una sola nacionalidad porque las poblaciones están muy mezcladas y siempre hay muchas en cualquier Estado. Y la segunda es que si un Estado-nación remite a una sola nación por Estado, siempre va estar involucrado en deportación y exclusión: ella denuncia que los apátridas y los refugiados son una condición estructural del Estado-nación.
–Usted dice también que las personas que viven en los territorios en que funciona un estado de excepción no tienen protección legal, aunque sí tienen vidas cargadas de poder. Leer todo el artículo–No hay que pensar el problema como si el Estado sólo se encargara de dar protección legal. El Estado también tiene también un poder activo o productivo. Siguiendo a Foucault podemos decir que el Estado no sólo asegura derechos, también produce poblaciones. Los apátridas se transforman en una categoría de persona, mientras quienes están protegidos por el Estado son ciudadanos. Cada Estado se encarga todo el tiempo de producir una separación clara entre estas dos clases.
–¿Y eso se da igual en el primer mundo que en el tercero?
–Creo que trabaja diferente, pero hay que recordar que el tercer mundo está dentro del primer mundo: ya no existe más la división topográfica. Incluso en Buenos Aires tenés primer mundo, segundo y tercero. En California, donde yo vivo, tenemos apátridas, inmigrantes ilegales. Ellos son parte del tercer mundo.
Feminismo. La producción de Butler relativa a estudios de género es vasta. Uno de sus libros paradigmáticos es Cuerpos que importan (1993). Allí la autora asegura que el sexo y la sexualidad son construcciones sociales y en constante movimiento. Butler dice: “Me interesaba saber qué cuerpos cuentan porque las culturas dominantes del primer mundo tienen ideas de lo que tiene que hacer un cuerpo de hombre o de mujer. Intentan prescribir no sólo la manera en que la gente se ve, sino cómo se mueve, cómo habla, con quién ellos pueden hacer el amor y cuáles son las comunidades de pertenencia aceptables”.
–Usted también aseguraba “hay que desnaturalizar el género”, ¿siente que hubo avances?
–Yo creo que si vemos a la pobreza y al analfabetismo como dos temas políticos básicos, encontramos que las mujeres continúan siendo diferenciadamente afectadas. Esto es particularmente cierto en países que no tienen los mismos recursos educacionales que el primer mundo, pero podemos encontrarlo también ahí. En Estados Unidos podés estar alfabetizado en español, pero sos analfabeto si no podés manejarte en inglés. Eso pasa en países monolingües del primer mundo. Por supuesto que hay enormes cambios que han sido conseguidos por las feministas, muchas formas nuevas de igualdad, hay cambios que fueron conseguidos por los movimientos gays, lésbicos y queer, consiguiendo visibilidad y aceptación. Pero también hay reacciones severas. Hay que ser cuidadosos y no narrar una simple historia de progreso. En algunos países donde los gays y las lesbianas se vuelven más visibles y escuchados, aumenta la violencia callejera contra ellos. Se transforma en un asunto público, pero no sólo para aquellos que están a favor de aumentar las libertades sino también para la derecha y para la policía. Entonces, ¿de quién obtienen la protección? Es un problema.
Crítica digital, 30 – 04 – 09
La Quinta Pata
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