Alberto Atienza
Pizza. A la antigua, alta, con muzarella que desborda por su circunferencia que pronto se abre en porciones celebradas con fría cerveza. En algunos negocios de calle Las Heras se puede comer esa pizza con reminiscencias de los años 50, bocado que aún mantiene cultores, no obstante la invasión de las variedades “a la piedra” a la que los puristas consideran poco menos que tartas.
Cuando está por llegar el manjar a la boca, la birra en espera, empañando la copa, aparece frente a uno, con sus manitas tímidamente apoyadas en la mesa, situada bajo los árboles de la vereda, una nena de seis o siete años a lo sumo. Bonita. No muy aseada. Un tanto opaca su ropita. Pide una moneda, pero los ojitos se le vuelan en torno a la redonda que posa sobre una circunferencia de madera. Alguien pasa unas monedas. Otro prepara una porción con servilletas de papel y se la ofrece a la pequeña que la disfruta. Es muy hermoso ver comer a un niño. Es la continuidad de la vida. La alegría de ingerir algo rico. Energía que ingresa de a poco en un cuerpo pequeño. Lástima que esa chiquita coma algo en la calle, a las 11 de la noche, cuando debería estar durmiendo. Arranca la mocosita hacia otra mesa, se va al negocio situado metros más allá y aparece en rol de patrullera, de capataza, una gorda adulta que es quien regentea o mejor dicho explota a un grupo de niños. Se reúnen todos en una parte sombría de la acera y ahí los chicos le entregan sus níqueles que van sumando y sumando, que se transforman en panchos, hamburguesas que la obesa gerente ingiere al paso. Para ellas no hay pretextos, como que no come nada y es víctima de un metabolismo traidor, como confiesan, sin excepción, las dos o tres gordas amigas que uno tiene. No. Engulle. Mastica de todo la casi redonda mujer. Acaso algunos pocos pesitos queden para los niños, si es que no deben pasar antes por el filtro de otro intermediario.
Minutos después aparece otra nena, bien vestida, de unos 11 años, una mujercita diminuta. Porta una caja de cartón con baratijas que oferta por un billete. Alguno compra esas porqueriitas de goma eva y plástico de un micrón, para luego tirarlas. Detrás de esa pequeña ya hay algo más que una adiposa poseída por la gula. Existe un capitalista que provee a los que regentean a la menor del stock de artículos con que se enmascara la mendicidad.
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