Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas de libros. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Reseñas de libros. Mostrar todas las entradas

domingo, 22 de marzo de 2015

"Donde cabe la esperanza" de Eduardo Paganini

"Donde cabe la esperanza" de nuestro colaborador Eduardo Paganini es una breve novela, que nacida como propuesta para un lector juvenil, accede a temáticas que bien pueden ser abordadas sin menoscabo por otros tipos de lectores, en tanto contiene múltiples niveles de enunciación.

La idea motora es un viaje —laboral y cotidiano— que un cartero novel, Atilio, concreta durante una jornada en su pueblito, perdido y casi abandonado por la historia (El Aguanillo). Las simples peripecias que le acaecen con diferentes vecinos contienen dosis de problemáticas más profundas y universales que rozan temáticas ineludibles en el debate sobre una noción de humanidad: los sentidos de la cotidianeidad, el peso de la libertad y la responsabilidad, la ética y la doble moral, el progreso y sus avances/retrocesos, nociones y ejercicios de la otredad, la devastación de la guerra, la vocación tecnológica, el juego infantil, la burocracia y sus impedimentos, la creatividad, la intransigencia ética, la relación de la vida urbana con los seres vivos y su alteración, entre otros.

El toque aparentemente trivial de la narración queda cruelmente interpelado por un Anexo que contiene varios textos de diferentes cartas, con destinatarios conocidos para el lector, que conllevan la sustancia del infortunio.

La Quinta Pata

domingo, 25 de enero de 2015

Libro para descargar: “Antigua historia de Cuyo”, de la Dra. Catalina Teresa Michieli

Tal como adelantábamos en la última entrega de “El baúl” , a partir de esta semana, nuestros lectores podrán descargar la versión digital del libro “Antigua historia de Cuyo”, de la Dra. Catalina Teresa Michieli, a quien agradecemos profundamente por su gentileza.

Asimismo, recomendamos a los lectores visitar la web personal de la autora www.teresamichieli.com, en donde podrán encontrar información sobre Arqueología, Historia, Protohistoria, Textilería Andina y descargar archivos de interés (libros, artículos, imágenes, etc.) vinculados a aquellas temáticas.

A continuación, reproducimos el prólogo de “Antigua historia de Cuyo”, escrito por el Prof. Mariano Gambier

La Quinta Pata

domingo, 7 de diciembre de 2014

El faneróscopo de Eliseo - La maquina semiótica del grupo Clarín

Este es un conjunto de textos políticos. Una publicación urgida por los debates y las luchas del presente. Un presente en perspectiva histórica. Un tiempo en que identificamos la persistencia de estructuras de dominio que sometieron y expoliaron las mayorías populares y que nos encuentra en pleno combate para transformarlas. Hay aquí un artículo central, "El faneróscopo....", inédito y una compilación de notas publicadas en distintos medios, impresos o virtuales. Casi todos los artículos, directa o indirectamente, dan cuenta de un litigio con el grupo Clarín. Datan de un período que va de 2009 a la actualidad. Si bien podría parecer un lapso tan extenso que les haría perder actualidad, te sorprenderá ver su vigencia. Es que, si prescindimos de la casuística, la estructura de violencia contra la democracia y la política por parte de este grupo es la constante de la Argentina de esta etapa. En varios artículos será necesario cierto ejercicio de la memoria para contextualizar el caso que se trata, son por demás hechos ampliamente conocidos entre los argentinos y en los que no, confío que podrás entender el marco en que se dio cada polémica.

Cada texto tiene la fecha en que fue publicado y he preservado la redacción original aunque en algunos casos me hubiera gustado modificarla. Hacerlo sirve y me sirve para revisar situaciones y hasta pronósticos que resultaron correctos o erróneos pero que podrás entenderlos en la mirada del tiempo en que fue escrito y las esperanzas o expectativas que se suscitaban. En los textos más antiguos hay un optimismo que no se vio corroborado por los hechos.

El grupo Clarín no es un jugador ordinario. Mi tesis es que tiene el volumen y la inteligencia suficiente para someter al sistema político argentino.

La Quinta Pata

domingo, 19 de octubre de 2014

“Siete martes siete”, testimonio mendocino de obra poética colectiva

Eduardo Paganini

El sábado 11 de octubre pasado fue presentado en la Biblioteca Popular Segundo Manuel Estévez de la ciudad de Tunuyán el libro “Siete martes siete” de autoría múltiple, pero singular.

La aparente contradicción anterior se explica en el hecho de que los responsables de esta aparición son diecisiete integrantes de un grupo de escritores, de un colectivo como frecuentan ahora los comentaristas actualizados: Learte es la denominación que reúne a estos creadores. Esta dualidad sería suficiente como explicación, pero en este especial caso la palabra singular se refiere también al hecho concreto del acontecimiento de naturaleza estética que encapsula al libro, ya que su factura, su acto de consistencia viene integrado por elementos que otorgan intensa originalidad al producto final.

En efecto, en primer lugar se debe señalar que cuando el lector desprevenido esperaba hojear una antología de varios autores y —como es uso y costumbre en estos terrenos— hallar un índice que demarque espacios bibliográficos y autorías, su presunción lectora se desvanece abruptamente puesto que, los textos que allí obran—ya líricos ya narrativos—, carecen de identificación autoral evidente, de modo tal que la palabra colectivo adquiere un valor mayor que la simple suma de sus partes. Con esta actitud, la plasmación de lo creado queda allí, como testimonio grupal, como efecto de la prolongada experiencia semanal de sumar y sumar esfuerzos y propuestas, ideas y sinsabores, hojas y hojas. Es verdad que al final surge una especie de guía orientativa como para rastrear autorías y pertenencias, pero su distribución y estructura está más cerca de una hoja de ruta que de un índice de la propiedad privada. No deja de tener ciertos atisbos de sorpresa esta contundente derrota del ego a manos del nosotros, tan poco visto en estos terrenos de la creación y la exaltación.

La Quinta Pata

domingo, 17 de agosto de 2014

Libro “Apuntes de la Memoria”

El pasado miércoles se presentó en el Centro de Información y Comunicación de la UNCuyo (Cicunc) “Apuntes de la Memoria”, la nueva publicación de la Editorial Universitaria. Este libro reconstruye los fragmentos de la participación política y la represión en la Universidad Nacional de Cuyo durante la década del 70. Fotografías, poemas, resoluciones, testimonios, relatos y análisis se van entrelazando en una obra imprescindible, donde cada capítulo abre una puerta hacia la memoria.

Más de sesenta entrevistas en profundidad y una fuerte plataforma documental son los cimientos de un libro diferente, con una estructura novedosa, que describe y analiza el movimiento estudiantil entre 1970 y 1973, estudia la revolucionaria reforma pedagógica implementada por Roberto Carretero y Arturo Roig entre 1973 y 1974 y recorre los primeros años de la represión (aún en democracia) y la dictadura.

Con gran potencia visual, aparecen los testimonios de familiares y amigos de los protagonistas y se reproducen documentos históricos sobre el clima de cambio que se vivió en Mendoza, el país y la universidad. Una selección de fotografías (muchas recuperadas durante la investigación) y documentos inéditos van ilustrando los hechos sobre los que se hace foco.

La Quinta Pata

domingo, 20 de julio de 2014

Adelanto del nuevo libro de Ramón Ábalo

A continuación, compartimos un adelanto del nuevo libro de Ramón Ábalo, La Calle Larga, la Media Luna, un mundo en camiseta”, que se encuentra en proceso de impresión.

Sin proponérselo, el Armando, el Alberto Ayala –el Oscar Mathus– y el Tordo Nieto, otro muchacho del barrio, habían conformado un pequeño núcleo artístico y atractivo, pues uno era el animador, el otro cantor y guitarrista y el Tordo, bailarín de gatos, cuecas, chacareras y malambos. Alguna vez fue la primera, cuando por casualidad seguramente, alguien los invitó a su cumpleaños y allí expusieron sus cualidades artísticas, lo que supuso un gran éxito.

La Quinta Pata

lunes, 14 de julio de 2014

Sobre "La abuela civil española", ética y narración.

Fernando Molina*

Habrán ya notado ustedes que la novela de la que hoy hablaremos tiene un gran título: La abuela civil española. Sugiere, por ejemplo, las muchas connotaciones de la palabra “civil”, la que por un lado representa todo aquello que no es militar ni eclesiástico, es decir, lo que es privado. Y entonces la usamos –por ejemplo– para nombrar esa guerra española de los años 30 en la que se enfrentaron dos bandos que esencialmente no representaban a dos potencias, ni constituían el instrumento de dos potencias, y que por tanto eran facciones privadas batallando entre sí, para –luego de la victoria de una de ellas que sería la derrota de la otra– permanecer en el mismo Estado, del cual ambas eran igualmente miembros.

Fue el carácter privado de esta guerra el que, medido con los ojos del Estado nacional, la torna aún más sórdida, y el que, desde el punto de vista práctico, la hace todavía más terrible. Como es lógico, después de la guerra los derrotados no disponían adonde escapar fuera del alcance de los vencedores, con quienes, por el contrario, debían convivir. Muchos tuvieron que perder también, entonces, además de todo lo que ya habían perdido (la posibilidad de la ilusión o de la confianza, y tantos parientes y amigos), a la propia patria por la que acababan de luchar. Para ellos comenzaba el camino del exilio, el definitivo para esa abuela que sube a un barco y navega hacia un futuro en el que la espera una nieta argentina, plantada además en la argentinidad, para escribir su biografía con una prosa menuda y encantadora.

La Quinta Pata

domingo, 30 de marzo de 2014

Bolivia: Por una nación de verdad (Historia del grupo revolucionario Siglo XX)

Revolución boliviana de 1952
Ramón Ábalo

El título de esta nota es, en realidad -también el subtítulo- al libro del que es autor el militante revolucionario y escritor ORLANDO COSIO ROMERO, a quien tuve el gusto de conocer -por intermedio del amigo y compañero Domingo Politi- cuando fue mi refugio aquel extraordinario país cuyo pueblo fue precursor de los estallidos revolucionario, en América Latina desde 1952 con la revolución que protagonizó el Movimiento Revolucionario Nacionalista, encabezados por figuras como Paz Estenssoro, Siles Suazo y varios más, entonces lo más representativos del pueblo que resistió centenares de años de exterminio y explotación de sus recursos humanos y naturales llevado a cabo por el colonialismo español y posteriormente por los amos de la guerra, los imperialismo anglo y yanqui.

En el prólogo, de autoría del Dr. Luis Alberto Rodrigo Gainza se expresa en los párrafos iniciales: "...relata -el libro- los cambios internos del Grupo Siglo XX, la lucha en la clandestinidad, las deportaciones y el exilio. No dejan de ser presentes los relatos de los miembro del Grupo Siglo XX en el gobierno del Dr. Siles, los días de exilio y el trabajo político realizado en Ecuador, Perú y Méjico..." Y en otro párrafo afirma el prologuista: "Después de muchos años de que se generó la idea de escribir algo sobre el Grupo Siglo XX, hoy gracias a la tenacidad de Orlando Cosío Romero (Roly), disponemos de este documento, que con la ayuda de la memoria, de documentos y foros de varios compañeros, pero principalmente del compañero Domingo Politi, se convierte en realidad..."

La Quinta Pata

Nuevo cuadernillo de La Hidra para descargar

El Heródoto del anarquismo pampeano, es el nuevo cuadernillo de La Hidra en versión digital. Integra la colección "Escrituras Tangenciales", y se trata de un homenaje al historiador y escritor pampeano Jorge Etchenique, un entrañable amigo que falleció a fines del año pasado, con quien tuvimos la suerte de compartir ideales y proyectos. La publicación incluye, además de una breve antología de la prosa corta más reciente de Jorge (tres cuentos y dos artículos), un poema de Nora Bruccoleri y un obituario de Horacio Silva escritos especialmente para la ocasión, así como también textos del gran escritor Edgar Morisoli y un breve ensayo de Federico Mare modo de prólogo. La ilustración de portada pertenece a la artista plástica mendocina María Marta Ochoa.

El material es de difusión libre y gratuita.

Se puede descargar el archivo PDF directamente desde AQUI, o bien, ingresar a la siguiente página: http://es.calameo.com/books/003282196e06cda5658fd

La Quinta Pata

domingo, 16 de febrero de 2014

La Abuela Civil Española

Consuelo nació en Boeza, León. Desde pequeña trabajó en una mina de carbón, y cargó sobre sus espaldas con el peso de una madrastra que no le hizo las cosas fáciles. Un día se enamoró de Rogelio. Juntos tuvieron una hija y debieron escapar de una tierra que les era hostil. El franquismo y una oscura traición familiar los llevaron primero a Buenos Aires, y más tarde a una isla en el delta de Tigre.

Hasta ahí, la historia de una mujer como tantas otras. Sin embargo, es su nieta Sofía quien se encarga de rescatar del olvido esa vida que, de no ser contada, quedaría sepultada en la marea del tiempo. Sofía hace hablar a su abuela: pone su memoria en palabras, su presente en relato. Sabe que Consuelo atesora algo que va más allá de una guerra civil y sus contingencias, o de dejar atrás un país para rehacerse en otro muy distinto, aunque tenga la misma lengua. Es una sangre en común la que lucha por decir lo suyo entre dos mujeres.
La abuela civil española toma forma en ese pliegue sensible en el que una vida –cualquiera– es capaz de convertirse en novela, en donde aquello que fue se funde con lo que bien podría haber sido. Y en ese límite siempre lábil Andrea Stefanoni compone un cuadro familiar íntimo, sostenido con los tonos de una prosa cálida que evita el sentimentalismo en dosis justas de ternura y rigor narrativo. Puro oficio que la confirma como una de las buenas noticias de la literatura argentina.

La Quinta Pata

domingo, 18 de agosto de 2013

El caso Penitenciarías de Mendoza y el Sistema Interamericano

Tenemos el gusto de presentar, nuevamente, una obra de este mendocino y extraordinario defensor de los derechos humanos: Pablo Gabriel SALINAS. Su trabajo es, ante todo, un riguroso testimonio de la lucha por la defensa de los derechos humanos de las personas privadas de su libertad llevada a cabo en el marco de una estrategia que recurrió al sistema interamericano de protección.

En la primera frase de la Introducción de su obra (i), Pablo Salinas nos resume su contenido y objeto: "El objetivo de este trabajo es analizar el caso judicial “Penitenciarias de Mendoza” en trámite ante el Sistema Interamericano de protección a los derechos humanos, como una contribución a la historia del derecho y la historia del sistema interamericano de derechos humanos, los cambios institucionales que se generaron a partir del mismo y su influencia en las estructuras institucionales del continente americano."

Hace un tiempo Gustavo ARBALLO —el célebre blogger y profesor pampeano— publicó una entrada titulada “La publicidad de los escritos de las partes”(ii), en la que insistía en la necesidad de que se publiquen todos los escritos de las partes junto con la decisión que resuelve el caso. A raíz de esa entrada de Gustavo, publicamos en nuestro propio blog una entrada titulada “Publicidad del proceso II – A propósito del post de Gustavo Arballo"(iii). Allí aplaudimos la decisión de la Corte Interamericana de publicar el expediente completo del caso, pero criticamos la falta de difusión y grabación en soporte audiovisual de las audiencias ante la Corte IDH. En ese momento —fines de 2008— ya se estaban difundiendo en vivo las audiencias ante la Comisión. Actualmente, también se hace lo mismo con las audiencias ante la Corte IDH.

La Quinta Pata

lunes, 12 de agosto de 2013

Madre de Mendoza. Vida de María Isabel Figueroa

Sebastián Moro

Los investigadores Adriana Spahr y Hugo De Marinis presentaron "Madre de Mendoza, Vida de Isabel De Marinis", historia basada en testimonios de y alrededor de una de las madres coraje más representativas, incansable en la búsqueda de su hija Lila, secuestrada y desaparecida durante la última dictadura cívico-militar. Su hijo Hugo abre la historia familiar, el devenir público tras la represión y la importancia de los relatos que reconstruyen lo social a partir de las historias de vida.

“El objetivo de este libro es sencillo: mostrar una madre que era del llano, dar su experiencia de vida, darle su valor estético y su valor político, los dos al mismo tiempo, y tratar de agradar la lectura si es posible, sin banalizar y sin dejar de lado los aspectos políticos y culturales. El libro es una idea de Adriana Spahr, mi compañera. No soy el primero que hace un libro sobre su madre, pero nunca se me hubiera ocurrido. Es una situación rara, te genera contradicción porque la historia de mi madre es un poco la representación de lo que ocurrió con muchas madres que perdieron a sus hijos en la represión. Una mujer común a la que de pronto se le da vuelta la vida y, de ser un ama de casa de clase media burguesa, pasa a ser una militante en búsqueda de su hija. Fue adquiriendo conciencia y llegó a lo que es, una verdadera luchadora, completamente consciente de la cuestión ideológica. Con los pocos elementos conceptuales que tenía llegó a ser una fiera como militante.”

La Quinta Pata

domingo, 4 de agosto de 2013

El último Murena

Pablo Lovizio

La nueva edición de “La metáfora y lo sagrado” (El Cuenco de Plata, 2012), es una buena ocasión para volver tras los últimos pasos de Héctor Álvarez Murena.

Podríamos decir que la interrogación que atraviesa al “último Murena” es aquella que cuestiona en virtud de qué condición o necesidad, es posible la existencia del arte. La respuesta que H. A. Murena brinda en La metáfora y lo sagrado (1973) es que la condición del hombre es la condición del arte y que ambos (el arte y el hombre) hallan su última ratio en la estructura de la metáfora. En este sentido, los devenires del ensayo continúan entonces por la pregunta acerca de esta estructura, y es allí donde Mundo, Hombre y Dios −en tanto dimensiones relacionales− encuentran su vinculación más propia. Lo que constituye un terreno tan incierto como al mismo tiempo tan transitado por el pensamiento filosófico contemporáneo (Franz Rosenzweig, Emmanuel Lévinas, entre otros).

Analicemos detalladamente el recorrido mureniano:
“¿Qué es la metáfora? Su propio nombre habla. En la metáfora se ‘lleva’ (fero) ‘más allá’ (meta) el sentido de los elementos concretos empleados para hacer la obra. ¿Se llevan más allá? Llevar más allá lo sensible y lo mundano significa traer más acá al Otro Mundo. La metáfora consiste en quebrar las asociaciones de uso común de los elementos concretos e instalarlos en otro contexto en el cual componen otro mundo. (…) El impulso metafórico, cuando saca de su marco habitual los elementos materiales de la metáfora, los cuestiona en tal medida, en lo que suponíamos que constituía su ser consabido, que los vuelve traslúcidos, por un segundo inexistentes. La metáfora deja ver que no existen ni la materia ni la metáfora, muestra la posibilidad general de no existencia, lo no existente, lo infinito, Dios. (…) ‘Todo lo perecedero no es más que semejanza’, dice Goethe en los versos finales de Fausto. Semejanza, metáfora: también nosotros hemos sido llevados (fero) más allá (meta), es decir, traídos más acá, traídos a esta tierra. (…) Si somos metáfora: ¿cómo llevar una vida metafórica? (…) Adán hablaba en verso en el paraíso. (…) Adán expresaba que la vida del hombre es metafórica. (…) Resucitar el Adán primordial exige llevar una vida metafórica. Volver a hablar en verso, igual que en el Paraíso, representa la capacidad de recordar en forma activa la Ausencia: no buscarla en el pasado ni esperarla en el futuro, sino hacer vivir el recuerdo en nuestro instante presente”[1].

La Quinta Pata

domingo, 21 de julio de 2013

Una luz minuciosa y abstracta

Leonardo Novak

Entre el cuento, la crónica y el ensayo, Modo linterna (Entropía, 2013) aparece como un recorrido oblicuo por la literatura de Sergio Chejfec.

El último libro de Sergio Chejfec, Modo linterna, viene a confirmar esa mirada particular, detallista y dispersa al mismo tiempo, que las novelas anteriores ofrecían, pero le agrega un valor: la posibilidad de que esa luz se proyecte sobre el propio trabajo del escritor. Porque si las novelas daban la impresión de estar frente a una literatura tranquila, por momentos segura y afianzada, los nueve relatos de este libro (dos inéditos, y siete ya publicados entre 2006 y 2012) abren un pequeño agujero ficticio para espiar un proceso de escritura que es más una búsqueda, o una interrogación, que una palabra asertiva. Cada relato confirma los virajes que el autor venía mostrando en sus escritos anteriores, en especial, una mayor indagación en lo testimonial[1] y un mayor protagonismo de la deriva aireana de las historias.

Con textos que oscilan entre el cuento, la crónica o el ensayo filosófico, Chejfec hace de la introspección de sus personajes un modo de reflexionar sobre la literatura, sobre la posibilidad de representar la vivencia con las cosas y, a la vez, la de vivificar las representaciones del mundo. Un bollo de papel de estraza puede suscitar la imagen de la topografía venezolana (“Vecino invisible”), una guía telefónica de 1939 es capaz de reponer el panorama literario de Buenos Aires de la época (“El testigo”), el recuerdo aleatorio de un cuadro de Giacomo Balla sintetiza la estadía en un hospital (“Los enfermos”). Aunque es la materia con la que el autor trabaja asiduamente, Modo linterna expone de forma radical una preocupación que asoma en la escritura de Chejfec desde hace tiempo: ¿de qué manera documento y ficción se imbrican en la búsqueda del efecto poético y la verdad? En el cuento “Novelista documental”, se lee: “de un tiempo a esta parte no sé si la realidad a secas, en todo caso el documento acerca de los hechos verdaderos, es lo único que me salva de una cierta sensación de disolución. La novela, le digo, puede ser ficción, leyenda o realidad, pero siempre debe estar documentada. Sin documento no hay novela, y yo preciso esta foto con las guacamayas para poder escribir sobre ellas y yo, porque de lo contrario cualquier cosa que ponga carecerá de profundidad; no dejará estela, aclaro”.
▼ Leer todo
La cotidianidad reclama hoy documentos, pruebas que garanticen el testimonio de haber estado satisfechos, de haber estados tristes, de que algo ocurrió. En alguna medida, esos documentos le aportan a los hechos una garantía de realidad, incluso de trascendencia, que la vida en las ciudades parece haber perdido en alguna estación de su viaje desquiciado. Viene a suceder que esos documentos son, en última instancia, meras representaciones (escritas, fotográficas, analógicas, digitales, lo que sea). Así, la representación, lejos de ser un parche que viene a subsanar equivocadamente una vivencia deficitaria, como suele pensarse, es ante todo un potencial, una afición de la propia experiencia. En el relato “Una visita al cementerio”, uno de los dos inéditos, se cuentan las peripecias de un teólogo, un narrador y un ensayista antes y durante la búsqueda de la tumba de Juan José Saer en un cementerio de París. Al ensayista la hija le ha encargado la tarea de documentar el viaje con fotos en las que siempre aparezca su oso blanco de peluche, Colita. De modo que, cada tanto, el hombre saca el oso de la mochila, lo ubica encima o delante del objeto a retratar y gatilla. El propio derrotero del ensayista está signado de antemano por la posibilidad de su representación. Y esto es una constante en la literatura de Chejfec, aún en un nivel más primario. Cada personaje está construido, principalmente, por el vaivén de su pensamiento, las marchas y contramarchas para expresar una idea. Esa dificultad para expresarse es tanto la imposibilidad de decir algo verdadero sobre las cosas, como el temor a la representación que las propias palabras harán de su persona, por su inevitable constitución en personaje[2].

En una literatura no realista (si es que esta denominación sigue respondiendo a algún llamado), el par vida-representación se vuelve dos términos, si no anecdóticos, al menos intercambiables. Y como no hay mayores diferencias entre ambos, las figuras de narrador (así la llama Chejfec en sus propios relatos), la de sujeto enunciador y la de autor pierden densidad y se confunden, sus fronteras se invisibilizan. Pero, a su vez, esa pretensión de invisibilidad está completamente desacralizada como gesto o aspiración estética, porque “buena parte del problema radicaba en el hecho de que eran invisibles en una época en que todo aquello había pasado a ser insustancial, casi irrelevante” (“Vecino invisible”).

Todos los relatos parecen confluir hacia la construcción de una voz única y múltiple. No de una voz omnisciente, avasalladora y, en definitiva, insípida, que se impone a priori, sino una voz que absorbe las sutilezas de cada posible interpretación del mundo (desde el lugar común a la cavilación filosófica), y que no tiene pruritos en poner de manifiesto la propensión ficcional de todo lenguaje. Si en cada novela se tenía la sensación de que el personaje principal era el narrador, aún siendo éste una tercera persona, en estos nueve relatos se tiene la impresión de asistir a la construcción de un solo gran narrador que va sumando piezas distintas a un enorme artefacto literario. A partir de este libro y en retrospectiva, se impone una imagen: la de un narrador-playmobil, al cual parece imposible no atribuirle la fisonomía del propio Chejfec. Es decir, una suerte de actor capaz de disfrazarse y mimetizarse con cada lugar, o mejor, con cada escenario, y a la vez que se muestra reiterativo y constante, se despliega totalmente cambiado y único. Puede ser una mujer a quien le han encargado el cuidado de una persona internada (“Los enfermos”), un hombre obsesionado con la nieve y sus manifestaciones (“El seguidor de la nieve”) o un escritor a la espera de que unos loros se queden quietos para poder fotografiarse junto a ellos (“Novelista documental”). En cualquier caso, nos internamos en el mundo que se nos propone. Pero, al igual que en los playmobil, que son una idea abstracta y concreta de todos los mundos posibles, a medida que se suman universos distintos, se evidencia lo permanente y lo singular, el hecho de ser muñecos. O sea, el hecho de ser, como el narrador, como cualquiera de nosotros, un actor potencial listo para asumir su papel en la escenografía que le toque en suerte[3]. En esa dramatización, mitad espectáculo, mitad experiencia sin objeto, de darse un personaje, una vida posible, el narrador de Chejfec, sereno y un poco dubitativo, parece escrutar los pliegues de una realidad más o menos equivalente en cualquier ciudad (Buenos Aires, Caracas, Nueva Jersey, Nueva York, París).

Esa equivalencia responde a las ideas de los personajes, al tema de los cuentos, pero también a una mirada particular. La extranjería es un tópico frecuente en todos los relatos y, por ende, una excusa para adoptar una actitud más bien ascética e interrogativa frente a las ciudades. Casualidad o no, la solapa del libro afirma que el autor nació en 1956, en Buenos Aires. Y a diferencia de las solapas de la editorial que suele publicar sus novelas, aclara que, desde 1990, reside en el extranjero. O sea, reside, no en un lugar, sino en una condición. Condición que le permite generar una voz reconocible e ilocalizable y retomar ciertas constantes de su literatura, aquella “espléndida monotonía” que pregonaba Pavese: las reflexiones sobre lo citadino, la convivencia más o menos armónica entre urbanidad y naturaleza, las caminatas sin propósito claro, los mapas. Planificación y deriva (o como el autor suele llamarlos: lo determinado y lo indeterminado) se vuelven, casi siempre, el núcleo de los conflictos y la materia de la escritura. Los personajes, en la pregunta por su identidad, no pueden omitir el lugar que los moldea. Un poco como el ser-ahí de Heidegger, los personajes están siempre situados en su existencia. La “ciudad eléctrica” es el ahí (en tanto lugar y en tanto época) de los seres de Chejfec, pero esa ciudad se revela siempre como escenario, como plataforma potencialmente ficcional[4]. De naturaleza oscura, el escenario del mundo siempre está listo a una nueva iluminación, a una nueva representación. La ciudad, tierra para la vivencia y la teatralidad (porque finalmente está creada para habitarla y, sobre todo, para verla), saturada de luces, de ruidos y de furia, parece más fascinante, más desalmada y menos diabólica bajo la linterna de Chejfec.

[1] Puede leerse la entrevista realizada por Guillaume Contré a Sergio Chejfec para Espacio Murena.
[2] Ya en el cementerio, el ensayista parece tener una revelación: “Piensa entonces en un tema para un próximo ensayo: la idea de documento como noción previa a la experiencia y el tremendo impacto de eso sobre la idea de historia, incluso sobre la idea de literatura”.
[3] Como le sucede al protagonista del relato “Deshacerse en la historia”, que es un simple rasgueador de guitarra en una relectura del Martín Fierro en clave teatral: “Fierro está en el punto donde la literatura ya es una prerrogativa de la vida, y como tal se conjuga con la biografía”.
[4] El mundo como escenario no es una idea nueva en Chejfec. Aparece muy clara en La experiencia dramática (Alfaguara, 2012), pero también mucho antes, en Los planetas (Alfaguara, 1999): “Las palabras escenario o escénico a veces tienden a ser consideradas como indicio de ornamentación vana, de incidencia casi irrelevante en la serie de circunstancias misteriosas o importantes que es la vida; sin embargo, el escenario lo es casi todo, y nada menos ornamental. No quiero decir que la vida sea teatral, sino que levantamos al transcurrir, el marco verdadero de la escena representada por la geografía circundante”.


Espacio Murena, 16 - 07 – 13

La Quinta Pata

domingo, 7 de julio de 2013

A propósito de “Malón en cautiverio”

Samuel M. Cabanchik

Cedo ante las exigencias del ritual. La ceremonia impone su prestigio con justicia, porque si hubiera una religión verdadera sería ésta: exponernos en común a ser fulminados, destruidos y renacidos por el poema, que al cesar de no escribirse refuta lo imposible, moviliza, verifica y testimonia. Y todo se lo debemos a él, a Luis O. Tedesco, que cuanto más se da más se desvanece (I, XX), y se va, como humito se va, / disueltos sus asombros en el aire (IV, X).

Ceder a las exigencias del ritual es disponer discretamente del lenguaje para invitar a una lectura, que por la índole de la obra que nos invoca, convoca e interpela, desafía a abrirse paso de lo complejo a lo simple. Eso intento entonces: mediar presentando y representando, pero con el compromiso de participar del poema, de mostrar la propia herida cuando se ha sido sacudido y despojado por el malón que nos habita, que se agita furioso en y entre nosotros, y que nuestro simple respirar conjura.

Leemos: Agua negra la noche y comienza el viaje que el libro en su conjunto nos propone. Somos invitados así a la in-experiencia del milagro, porque detrás de todo milagro queda la huella de lo inasible, que implica hacernos presente donde nunca estuvimos; retornar a ese lugar que sólo existe cuando se retorna, para de él volver a ser expulsados, alojándonos en la ausencia circunscripta por el movimiento con ayuda del sentido, tributo de la palabra poética.

Cada verso un artefacto, cada poema un ensamble, una máquina milagrera que nos permite perder el paraíso en una contracaída, necesaria para la aceptación de la caída. Es que entender nuestra condena es saber que cada uno de nosotros es todos nosotros, que es la representación adánica, es decir, la de cualquier nacido y criado, despojado de la carne en la carne, condenado sin culpa ante La Ley.
▼ Leer todo
Hábil, el artesano del verbo se desnuda deshaciendo el lenguaje que cautiva, en la doble acepción de lo que seduce y aprisiona. Los recursos son variados en la sintaxis, la semántica y el léxico. En la sintaxis, a menudo dislocada para que las palabras den cuerpo, visibilidad al malón negado y silenciado; en la semántica, verbalizando el adjetivo, sustantivando el verbo o aún inventándolo; en el léxico, creando neologismos por fusión de palabras, escribiendo como se suena, como se vibra, dejando caer las d finales, siendo “coloquial”, como quien dice.

En otro nivel el artefacto instrumenta la metáfora a ras de la literalidad, mezclando registros, aproximando lo remoto y lo cercano, lo culto y lo popular, lo local y lo universal. Todo ello alcanza a las palabras, las muerde para volverlas carne, para hincarles el diente de una lucidez que, si bien estética, es ante todo ética.

Esta lucidez tiene una finalidad que el poema nunca olvida y de tanto en tanto, amable, ofrece un cartel indicador al lector para que tampoco olvide. Se trata de ponerle un límite al delirio y a la pedantería de quienes no quieren saber, es decir de todos nosotros, siempre dispuestos a pagar todos los precios −sobre todo a hacerles pagar a todos los demás todos los precios− para pretendernos a salvo de la intemperie irredimible. (Precisamente el poema es esa conciencia que en la imagen redime por un instante lo irredimible).

El marco fundamental en el que se celebra esta lucidez es el del diálogo: el del poeta con el poema, el del escritor con el lector, el de cada quien con cada cual de quienes acepten hacer del poema una comunidad. Aparece el poeta, dice: sensibilo el idioma para ser //no más que rebote, // brinco de silencio // línea sin luz en blanco perseguida (I, III), para de esta forma desaparecer a través de esos versos en el gesto de escritura que mareja sus hilachas (I, I), las del poeta y las del poema, las del lenguaje e incluso las del silencio cuando éste aún retiene una comodidad “burguesa”, por así decir.

Pero en este movimiento de retorno, esta contracaída, este despojo, no hay complacencia ni cinismo. He ahí la poesía que se practica como una ética. Porque como puede verse en los poemas IV a VI de Agua negra la noche, no se trata de reconstituir como por detrás la salvación imposible, impostando autenticidad o sabiduría. Por el contrario, la máscara permanece como testigo de que uno es un cualquiera que, para usar el bello final de Las palabras de Sartre, está hecho de todos y vale lo que cualquiera de ellos.

El poeta es entonces gaucho, cantor, galán, matón y compadrito. Viene por lo suyo, quiere su tajada, como le cabe a cualquiera, para recaer después una vez más, para pedirle al que pretenda saber que se haga cargo de los despojos de lo que se fue en la inevitable impostura.

Llegamos ahora al poema XII de la primera parte, lugar de la fraternidad donde ya somos iguales: ya no estamos solos ahogándonos en el agua negra de la noche, porque estamos juntos, mateando y conversando.

Sólo luego de ese encontrarse en la caída, ésta se suspende lo que dura un respiro, para luego aceptar el final, pero ya no de una muerte resignada sino viril, como se expresa en esta formidable estrofa del poema siguiente: y si nada voy, si nada acontece / ayí donde ir no tiene donde estar, / si el final se resuelve en lo inasible /finadito seré con pingo en alza, // pitando barro pa’ sentir su cauce.

El muerto ya no está solo, es inmortal en la comunidad de los muertos, como lo consignan los poemas XIV a XVI de la misma sección. Ya a la altura del poema XVII somos todos ángeles de carne, resucitados al fin por la gracia de seguir juntos en la memoria compartida de haber vivido. El poema XX esculpe la imagen con precisión: este paraje, así como lo ve / es pasado posteridá presente, / es nuestra sede intemporal, la patria / eterna en la constancia de su pueblo.

Un nuevo y final movimiento ajusta cuentas con las falsas salvaciones materiales y espirituales del mundo, en los poemas XXIII y XXIV, para volver a esa comunidad de iguales que, anticipada en el diálogo poético en la imagen, hace de la muerte una trascendencia mínima: la que nos mantendrá por siempre flotando cual manada de universo (verso final de la primera parte).

Como podrá apreciarse, he leído toda la primera parte como una estructura narrativa. Encuentro que todo el libro puede leerse así. Desde esta perspectiva, la primera parte es un final por el que se comienza para progresar hacia la memoria de la comunidad viva del barrio, ya en la parte segunda titulada Cuando me veo venir en el paisaje. Allí el libro que presentamos tiende un puente hacia otro libro de Luis: Lomas del mirador. Se testimonia en ambos el surgimiento de la promesa peronista, sin adornos de paraíso pero con atisbos de comunidad viva, aplastaba por el golpe del 55 y la posterior declinación del movimiento en religión (II, IV).

Luego llega la crónica del proceso por el que lo que fue comunidad esperanzada aún en la dificultad del trabajo apenas digno, se transforma en basural de ricos y cementerio de asesinados (poemas VI y VII). En el poema IX el poeta se hace presente en su contraposición con Borges, y en el contraste entre el suburbio del pobre y el barrio rico de La Recoleta. Ahora hay dos cementerios, dos poesías y dos realidades. Decididamente, la segunda parte es abiertamente política, que no ideológica en la acepción marxista original.

En la tercera parte, cuyo nombre es el del libro y nos regala además las ilustraciones del maestro Germán Gárgano, alcanzamos una explicitación, una protesta articulada, una súbita transparencia. Allí el diálogo es con Dios o con el Diablo, en cualquier caso con el Oscuro (III, V). El poeta ofrece su verdad, la del malón en cautiverio. El poema III enfoca el malón: No exagero si le digo que tengo / pajaritos Sindiós en mi cabeza /…el pensoso (donde) / procrean sus naves incestuosas.

Eso son los recursos del poeta, pero también lo insondable que se debe conceder para sujetar en el revuelo la palabra, el sentido, el poema: sortija que en algunos giros logra retenerse, luego volver ofrenda, comunicar. Finalmente el cautiverio del pensoso no es sólo prisión sino oportunidad de contención, de alineamiento, de lenguaje.

Humildad del humano en el ruego del poeta: necesito un lugar en mi regazo / entiéndame, no es mucho la cuestión, /…/ cosas del día, mensurables, // yo le pido // tan poco me hace falta, digo, / cobijas en el catre, lana materna, / trabajo sin destajo, vestimenta / por si una china en alza me lucubra / con sus trenzas florando mi ternura, // todo // en la mira // comprensible (III, IV).

El poema V nos pone frente al esfuerzo de comprender a un incomprensible Dios, otro nombre de lo inasible, del aguanoche, del Oscuro. Allí se presiente la muerte como pesadilla de la que despierta el sexo, la promesa de amor. “Dios” es también nombre del poder despótico que obliga a la guerra, tan injusta como la paz, que nos deja guachos como Martínez Fierro, arrancados de toda comunidad por no ser de clase alguna.

En el horror de la comunidad rota, del “todos contra todos” de la guerra, el esclavo se humilla frente al amo: el poema XII no da lugar a conciliaciones hegelianas sino a mirar de frente nuestra condena. Pero el esclavo, aun sin dignidad, desprecia al amo en sus muchas configuraciones.

La cuarta parte celebra, me parece, el reencuentro de la víctima de la historia con la potencialidad de su devenir poético. Vengan, ya no estoy comienza el primer poema de la serie, vengan, no hay defensa insiste en su primer verso el segundo. Por si no quedara claro el tercero comienza con un Vengan, no hay quien pa’ recibirlos. El expulsado, el desclasado, el esclavizado y condenado de la historia se descubre en la voz del poema cuando se identifica con el sobreentendido de un pronombre que señala el lugar de la enunciación donde sólo quedan palabras que ni saben sus palabras (IV, IV).

La ética del poeta se establece con su condena a quienes pretenden enseñorearse, administrar y complacerse en esa nada que gime, dice y canta. El poema VI nos ofrece en forma muy directa el fundamento ético del poetizar de Luis Tedesco, su batalla contra la traición de los que se regodean en el mal al que los confinan los señores, como el fascista que en alianza con el patrón jode al obrero.

En las alforjas del poeta que se sostiene en la contra caída sólo hay abundancia de palabras, que cautivan al malón y lo condenan al orden, al sentido en el que el enemigo acecha, pero también da la ocasión de la comunicabilidad, única redención que a esta altura de nuestro viaje parece posible. (Ver poema IX)

El poema X oficia de resumen, conclusión, parada e indicador de caminos donde se hace el balance:
Estoy que me hueco,
soy que me cascajo
cada finta del hueso caudaloso,
vengan, ya no estoy,
vengan, mi poema
es apenas tugurio del idioma
y se va, como humito que se va,
disueltos sus asombros en el aire
se va,
¿no ven que se va?,
¿no lo ven tambaleando al aguerrido,
no lo ven sin postrer donde sinuarse,
lírico en sus tramoyas de fantasma?


Balance que vuelve como en su eco reflexivo en el poema XIV que cierra esta penúltima serie del libro, pero última en la que la forma del verso fue el cautiverio.

En la última sección del libro el malón obliga a las palabras a romper la métrica, a reventarla, como atestigua el título de la misma. Son doce textos, prosas poéticas que invocan cercanía, hermandad, celebración en la penuria. Es que todos tenemos una cara contrahecha por el tiempo, por la vida, por la muerte que la corroe mientras tanto. Ya lo había dicho Rilke: estamos siempre de cara.

En el texto V el poeta vuelve del aguanoche, de su lucha con el Oscuro, pero también de su refugio en la noche, del cautiverio que le permitió ahuecarse en la palabra, hacerse uno con el malón. Vuelve al día y sus rigores, al delirio compartido en el que lo real del sueño se diluye y agazapa para esperar otra ocasión de hacerse con el malón enardecido. Ahora simplemente doctrinado por uso se acicala (VIII).

La voz poética se transfigura en auto-explicativa en el noveno texto, se advierte a sí misma, defensivamente en el décimo, se sabe a sí misma en el combate que la hace vibrar en el poema XI para finalizar en el XII y último del libro, sin celebración ni celebridad, sin palabra ultima, sin remate, definitivamente despojado en la nueva caída después del viaje, del que por la gracia del poeta, hemos podido participar.

Espacio Murena, 03 – 07 – 13

La Quinta Pata

domingo, 23 de junio de 2013

Ruido de piedras

Gabriela Milone

La filósofa emprende una lectura en clave poético-filosófica de los poemas de Oscar del Barco que integran el libro “sin nombre” (Alción Editora, 2012)
Digamos algo aparentemente simple: pensar, y más aún, escribir sobre un texto poético que se titula sin nombre [1] presenta, desde el inicio, no pocas dificultades. No sólo porque escribir sobre es un camino (método) al menos dudoso (y en ese caso, preferiríamos no escribir sobre sino escribir con) sino porque además la declaración inicial de la ausencia de nombre nos arroja a una zona incierta, peligrosa, desnuda, desconocida. Una zona a la que no podremos entrar sin preguntas (y acaso tampoco podamos entrar sino sólo rozar) ni sin acompañarnos por el eco (esa “voz de lo invisible” para Quignard) de dos versículos: “la voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra” (Génesis 4, 10) y “reclamaré su sangre de tu mano” (Ezequiel 3, 18). Tal como una letanía que no puede dejar de oírse, en el equívoco de estos ecos (ecos que, cabe aclarar, no buscaremos filiar a ninguna tradición exegética, sino sólo oír en ese reclamo que clama inmemorialmente) y en el riesgo de lo que no tiene nombre, abrimos una lectura de sin nombre, una lectura que se sabe equí-voca y que quiere ser íntima y fiel (aunque también sepa −vía Derrida− que en toda lectura se es fiel-infiel). Una lectura, decimos, que no busque complacencias, porque este largo poema que es sin nombre no nos lo permite; como así tampoco lo permite, decía Blanchot, Hölderlin, Mallarmé, Celan, y tantas otras voces con las que podríamos (quizá por comodidad, quizá por algún mandato académico) relacionar con la voz poética de sin nombre.

Digamos aún algo acaso más simple: en sin nombre hay escritura, escritura llevada al extremo de un habla pasiva que escucha la voz de los otros (la cual estrictamente es voz de nadie) que claman incesantemente. No obstante, nos preguntamos: ¿es sin nombre un libro de poesía? Así como preferimos no escribir sobre, también preferimos no hablar de, porque si hay algo que quizá podamos afirmar de sin nombre es precisamente la sus-pensión de toda pertenencia. “La lengua no pertenece”, decía Derrida a propósito de Celan y así, sin pertenencia e im-pertinente, se alza esta voz que murmura una escritura extensísima, incesante, recursiva, extrema, renovada continuamente en el asombro ante el hay y la muerte.
▼ Leer todo
“Y así proliferó el desierto en la eternidad de la lengua como una madriguera”: desde el comienzo del poema, esta voz nos pone frente a un habla que no busca comprender, es decir, terminar con el misterio de lo otro que se manifiesta en la gloria y la locura de su advenir. Esta habla gira en ese misterio, balbucea, asume el vaivén incesante de lo que siempre vuelve y que nunca nombra. Ante eso in-clasificable, ante la voz de sangre que clama desde la tierra, ante lo innominado del dolor y lo innombrable del sufrimiento, del Barco ha expresado que habría que “tratar aunque más no sea de balbucear algo”, aceptando “la fuerza y la miseria del sinsentido” [2]. Pero entendámonos: esta escritura balbucea ante/en lo sin nombre, cuestión que relaciona con lo que llama “sinsentido”, pero que no se debería confundir con cierta búsqueda estética del absurdo o algo similar; sino que se trata de la adopción de un habla otra que constata el hay (algo), y que ante ese hay estaríamos frente a “eso sin nombre”[3].

Entre lo innominado (lo que no se ha nombrado) y lo innombrable (lo que no se puede nombrar), sin nombre acontece como aquello que ciertamente carece de nombre pero que no por ello se filia al anonimato[4]. Se arriesga a la búsqueda de un habla sin intención de darle palabras a aquello que no lo tiene, asumiendo que “eso sin nombre” queda intencionalmente sin nombre, es decir, no deriva hacia lo innombrable en sentido místico, como aquello que rebasa todo nombre; ni hacia lo innominado como algo desconocido para el cual aún no habría un nombre. Lo sin nombre más bien sería eso que no podría tener un nombre, que sería incompatible con el nombrar por su exceso, su más inconmensurable, su extremo hiperbólico. Lo sin nombre es lo que “no tiene nombre” como dice del Barco[5]: el horror cotidiano, el dolor extremo, la violencia infinita.

Eso no puede tener nombre, porque se trata de lo que, en “Actualidad de la religión II”, del Barco expresó como “la negatividad carnívora y asesina que somos”[6]. Aquí radica el inmenso dolor de la ética, pero también el inmenso trabajo de la poesía (su hacer, poiesis) [7]: habla des-centrada que intenta (no sin correr un riesgo extremo) la escritura de esa intensidad imposible del dolor. “¿Cómo puedo instalarme en el dolor para pensar como dolor?”[8]: eso es imposible, y sin embargo el habla poética se arroja a la intemperie de los cuerpos y las palabras desfallecientes e intenta el balbuceo ante “el suplicio de los sin nombre”, como dice uno de los versos del poema. No obstante, puede advertirse que esta grave y larga habla poética (“líbrame de esta habla demasiado larga”, suplicaba Blanchot en La escritura del desastre) busca recorrer las imágenes de eso que no tiene nombre y que se trata tanto del dolor inconmensurable que se constata cotidianamente (los enfermos, los niños, las mujeres, los animales, todos los supliciados por la pobreza, el abandono, el hambre, la violencia en todas sus formas) cuanto del acontecimiento del hay, de eso milagroso y extraño que adviene como resto, como borra, como un excedente inclasificable que del Barco ha pensado en términos de amor, compasión, debilidad, generosidad [9]. En esta doble negatividad de lo sin nombre se ubica, por caso, el anafórico “dijo” que se hace presente a lo largo de todo el poema[10], porque no sólo se trata de un decir que reconoce su debilidad ante el clamor del sufrimiento, sino también de un decir que tiembla ante la imposibilidad de −como dice el poema− “mirar la hermosura del mundo/ preguntabas qué es esta belleza y llorábamos porque sabíamos que nadie podía/hundir un ancla en la nada”.

Se trata de ese “exceso detrás del hombre” del que habla el poema, de ese más que se cuela entre las mallas del poder y la violencia, y acontece como un estallido en las flores, una melodía inaudible, el perfume de los aromos, el aroma de las frutas, una hormiga siguiendo al sol; vale decir, todas esas “criaturas acurrucadas en la intemperie” que nos miran y a las que por si acaso pudiéramos mirar abjuraríamos de todos los nombres y haríamos de la piedad un habla sin fin. Así parece proceder esta habla poética: en el movimiento inmóvil de un ruego, de una plegaria, pero sin quién, ni a qué; porque se trata de un modo de hablar, de una ética suplicante[11] que sintoniza todos los ruegos y los escucha en una escritura balbuceante, de imágenes, a veces borrosas, otras confusas, siempre temblorosas ante y desde el dolor del otro.

Podríamos pensar que esta habla adopta el tono del murmurio como el ruido de la corriente donde las piedras son arrastradas por la crecida de un río, esas pasivas piedras de una espera interminable que sólo una fuerza sin nombre puede mover[12]. En este sordo sonido de una piedra golpeando contra otra, la voz poética despliega su ritmo abandonando toda pretensión de salvación, de redención, de resurrección. De ese modo, lo que hay es sólo espera, espera que imita la de la piedra en su pasividad y su quietud; pero también la de ese movimiento que realiza a pesar de ella. Porque así como la piedra es arrasada por la corriente, el murmurio poético en este texto es llevado por lo sin nombre, compelido a un habla sin-sentido (sin dirección, sin intención: habla piadosa).

“Qué era eso en su boca”: la boca −caverna que engulle, oscuridad salvaje donde el hombre, según Agamben, perdió el sonido de su voz en la articulación de la palabra− habla sosegadamente, débilmente, pasivamente, hasta el extrañamiento y el enrarecimiento de la voz, el des-quicio de los nombres, la intemperie del sentido. La boca no anuncia, sino que deja que hable en sí ese murmurio desbordado y desastroso del dolor; deja que en el eco que se produce en su apertura resuene el ruego de la voz de nadie; deja que vibre en su ritmo el temblor de la carne llevada a su imposible. La boca rechaza lo profético y lo mesiánico, y se subsume en la pasividad donde la repetición inagotable da cuenta de la abstensión de todo poder. Precisamente es la repetición de las imágenes del dolor y del asombro lo que esta habla poética asume como no-poder, como imposibilidad de agregar nada a lo que se evidencia en el límite de lo soportable.

Sabemos (y J.-L. Nancy lo recuerda en Au fond des images) que la imagen es tanto mostrativa cuanto monstruosa, vale decir, que así como ostenta la presencia de la cosa también es signo de un prodigio y expone, al mismo tiempo, una intimidad tensiva, una proximidad temblorosa que roza “a flor de piel”. Quizá de este modo podría pensarse esta sucesión de imágenes en sin nombre: como la apertura de una intimidad que nos alcanza y nos roza, haciéndonos temblar ante lo que muestra, esto es, lo monstruoso del dolor, del deterioro, del crimen, del sacrificio, de la locura, del grito. La imagen nos pone ante el umbral de todos los ruegos y la voz poética se sabe des-bordada y horadada por esa fuerza que reclama la sangre de los otros en esta mano que escribe, en esta boca que habla, trémula y balbuceante. En el sinsentido, en la falta de nombres, en el hundimiento del habla, esta voz pasivamente responde a lo imposible de sus muertes con una boca que ya no sabe suya, con un habla desbaratada y desfigurada que repite para ya no agregar y tensa la pasividad hasta el extremo de todas las preguntas. Una voz clama y responde por el dolor sin dueño, y allí, en el desamparo de los nombres, no crece lo que salva sino que resta lo que espera.

[1] Oscar del Barco: sin nombre, Alción Editora, Córdoba, 2012. El libro no tiene números de páginas, razón por la cual las citas que realizaremos carecerán de esa referencia.
[2] Oscar del Barco: “Algo sobre los campos de exterminio” en Escrituras − filosofía, Ediciones Biblioteca Nacional, Buenos Aires. 2011. p. 483.
[3] Ídem, p. 482.
[4] Recordemos a Blanchot cuando afirma: “no hay más nombre, pero este sin nombre no es el burdo anonimato” (La escritura del desastre, Monte Ávila, Venezuela, 1990, p. 104).
[5] Oscar del Barco: “Carta a una amiga” en Escrituras − filosofía, Ediciones Biblioteca Nacional, Buenos Aires. 2011. p. 474.
[6] Este texto puede leerse en Espacio Murena.
[7] Usamos aquí poiesis desde J.-L. Nancy cuando sostiene: “La particular semántica de la palabra “poesía”, su perpetua exacción y exageración, su modo de decir-otro, le es congénita. Platón (incluso él, el viejo rival de la poesía) destaca que poiesis es una palabra a la que se le ha hecho tomar el todo por la parte: el todo de las acciones productoras por la sola producción métrica de palabras escandidas. Éstas agotan pues la esencia y la excelencia de aquellas. Todo el hacer se encuentra en el hacer del poema, como si el poema hiciera todo lo que puede estar hecho” (“Faire, la poèsie” en J.-L. Nancy: Rèsistance de la poèsie. La pharmacie de Platon, William Blake & Co / Art & Arts, 1997. La traducción es nuestra).
[8] Oscar del Barco: “Notas sobre la política” en Escrituras − filosofía, Ediciones Biblioteca Nacional, Buenos Aires. 2011, p. 320.
[9] Ídem, p. 322. Del mismo modo, en J. L. Ortiz. Poesía y ética (Alción Editora, Córdoba, 1996, p. 62), puede leerse: “Amor entendido como un ir más allá; espacio esencial con los otros, con todos los otros, incluso los inexistentes”.
[10] Cuestión que, a su vez, se conecta con otros textos poéticos de del Barco. Recordemos precisamente el libro dijo, el cual consta de tres partes, compiladas en dos libros (la primera en 2000 y la segunda y tercera en 2001, ambas publicadas en Córdoba por Alción Editora). Las tres partes están en consonancia con la presencia de una palabra que se despliega a partir de sí misma, rompiendo el círculo del saber, la lógica de la frase, el orden de la oración, los predicados y los atributos de los nombres. Es preciso aclarar que de la lectura de este libro se puede entender que “dijo” no significa “decir”, en la medida en que no se refiere a un discurso determinado sino que sigue el acontecimiento del cumplimiento extremo de esa palabra que adviene al mundo como aliento, soplo, hálito imposible. Es el itinerario de la palabra impredicable lo que se proponen estas tres partes de dijo, en donde el habla poética recorre ese abismo diciendo “dijo” pero dejando sin decir eso que dijo, en la alabanza de un don que es, al mismo tiempo, “abandono y redundancia”, tal como afirma J.-L. Marion en El ídolo y la distancia (Sígueme, Salamanca, 1999, p. 162).
[11] Oscar del Barco ha abordado largamente la relación entre “poesía y ética”, especialmente en vinculación a Juan L. Ortiz, a quien le dedica un libro (J. L. Ortiz. Poesía y ética, Alción Editora, Córdoba, 1996). En consonancia con la propia escritura, expresa: “No se trata aquí de un poeta dedicado a elaborar teorías éticas sino de un modo de ser que conlleva el riesgo de su propia vida, a causa del abismo abierto en la palabra cuando de una manera abrupta convierte el lenguaje en un milagro, ya que en la palabra el poeta hace de su vida un acontecimiento de proyección ilimitada”.
[12] Esta cuestión de la “espera” ha sido pensada en varias ocasiones por del Barco, incluso el texto poético inmediatamente anterior a sin nombre se titula precisamente espera la piedra (Alción Editora, Córdoba, 2010). Lo que debería aclararse es que se trata de una espera que nada espera, una espera-de-nada, espera-de-la-espera, espera del habla poética en una des-esperada espera sin referencias.


Espacio Murena, 18-06-13

La Quinta Pata

domingo, 16 de junio de 2013

A propósito del libro “Teología profana y pensamiento crítico”

Celia Torres(1) y Guillermo Barón(2)

Franz Hinkelammert representa una de las corrientes más vivaces del pensamiento crítico latinoamericano. Creatividad, agilidad, profundidad y un marcado desprejuicio frente a las normas y la rigidez tradicionales de la academia le han permitido formular una de las más contundentes críticas conocidas a la globalización neoliberal.

Teología profana y pensamiento crítico reúne las conversaciones que Estela Fernández Nadal y Gustavo Silnik mantuvieron con el filósofo en diciembre de 2010. El objetivo de estas entrevistas fue trazar un balance y realizar una mirada general sobre la obra de Hinkelammert, alemán de nacimiento, latinoamericano por adopción.
Doctor en Economía en la Universidad Libre de Berlín (1960), sus intereses iniciales estuvieron centrados en el estudio crítico de la estructura económica soviética en su significado para la teoría económica y en el de los procesos de planificación y la construcción de la sociedad socialista. Ya en esa época, sin embargo, su pensamiento no se encontraba restringido por los límites estrictos de su disciplina científica. Los estudios teológicos y la relación teología-economía se constituirían desde entonces en el hilo conductor de una larga trayectoria intelectual.

América Latina lo acogió por primera vez en Chile en 1963; experiencia esta que abrió una veta intelectual totalmente nueva. Se trataba del trabajo teórico con dirigentes políticos y sociales. Esta experiencia permitió a Hinkelammert reelaborar todos los conceptos anteriores en un contexto totalmente distinto y nuevo como el latinoamericano de los años 60 y 70. En 1973, el golpe de Estado de Pinochet lo sacudió hondamente. Regresó a Alemania donde, luego de analizar el proceso dictatorial chileno y el surgimiento de dictaduras en muchos países del continente, escribió una de sus obras más importantes: Las Armas Ideológicas de la Muerte (1977). En 1976 volvió a la América Latina, más precisamente a Costa Rica, donde fundó el DEI (Departamento Ecuménico de Investigaciones), en la cual trabajaría durante los siguientes 30 años. En el marco de su trabajo en esa institución ecuménica publicó, entre otros libros: Democracia y totalitarismo (1987), La Fe de Abraham y el Edipo occidental (1988), Cultura de la esperanza y sociedad sin exclusión (1995), El grito del Sujeto (1998), El asalto al poder mundial y la violencia sagrada del Imperio (2003), etc.; textos que revelan un proceso de fuerte relación y mutuo enriquecimiento con los más diversos movimientos sociales, políticos, gremiales y de derechos humanos de toda América Latina.
▼ Leer todo
Su inagotable producción teórica y su incansable lucha por “un mundo en el que quepamos todos” congenian en una sintonía perfectamente significada por sus reconocimientos y logros. Hinkelammert ha recibido numerosas distinciones por su labor de intelectual que piensa a la América Latina desde y para sí misma. Tal es el caso del Premio Libertador al Pensamiento Crítico otorgado por el Gobierno venezolano de Hugo Chávez que el filósofo recibió en diciembre de 2006.
Recientemente, los desvelos del autor han estado motivados por las manifestaciones más agresivas de la globalización. De este período son, entre otros libros: El sujeto y la ley (Caracas, El Perro y la Rana, 2006), la Crítica de la Razón Mítica (San José, Arlekín, 2007) o el monumental Hacia una economía para la vida (Bogotá, Proyecto Justicia y Vida, 2009), escrito de forma conjunta con Henry Mora Jiménez.

En la última década Hinkelammert ha visitado nuestra ciudad en dos ocasiones, en ambos casos luego de estancias en Santiago de Chile. En abril de 2007 nos visitó para tener reuniones de trabajo con sus colaboradores en Mendoza y para dar una conferencia en el CRICyT. Dos años más tarde estuvo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales, donde brindó la conferencia “La vida o el capital. A propósito de la globalización, la democracia y la libertad”, que tuvo una amplísima y cálida acogida por parte de docentes y estudiantes de esa casa de estudios.
De más está enfatizar la importancia de este multifacético ‘pensador’ (como prefiere que se refieran a él), para las teorías y movimientos sociales latinoamericanos que se enfrentan de manera crítica a la realidad opresiva del neoliberalismo. Para acercarnos a sus concepciones y a él como persona, qué mejor manera que hacerlo a través de la charla, el diálogo fructífero, develador, explicativo, de ‘primera mano’.

Teología profana y pensamiento crítico presenta al ávido lector un recorrido por los múltiples aspectos del corpus teórico hinkelammertiano, relatos de sus experiencias, los hechos que marcaron su vida y pensamiento y la manera que esto se tradujo en sus reflexiones, así como también sus opiniones en torno a la coyuntura latinoamericana.
El libro se encuentra organizado en dos secciones. La primera, titulada “La trascendencia inmanente. Teología profana y crítica de la razón”, hace eje en las preocupaciones actuales del pensador en relación con los destinos de la humanidad. El argumento central es la caracterización de la presente etapa de la civilización occidental como “modernidad in extremis”, en donde los aspectos más deshumanizantes y autodestructivos de la tradición occidental son llevados hasta límites inimaginados.

También en esta primera sección Hinkelammert desarrolla el problema de la espiritualidad, la dimensión trascendente de lo humano. A partir del cristianismo, en occidente, esta trascendencia inmanente se expresa particularmente en la idea de que Dios se hizo hombre, por lo que el criterio absoluto de sentido, el criterio ético regulador, sería el hombre mismo o, más precisamente, una cierta concepción del hombre y la vida humana como realidad material, social y concreta. Esta espiritualidad como trascendencia inmanente se encuentra presente en el sujeto independientemente de que Dios exista o no, o del dios en que crea ese sujeto. La concepción aludida encierra en un primer momento la crítica a la razón utópica como aproximación asintótica hacia un fin soñado, hacia la posibilidad de llegar a concretar la sociedad perfecta. Luego deriva toda una teología política que revisa y analiza en clave mítica las grandes ideologías de occidente.
La segunda parte de Teología Profana consiste en una revisión de la vida y obra del filósofo, desde la infancia en Alemania durante el Tercer Reich hasta sus años actuales en Costa Rica.

El libro viene a saldar la deuda pendiente que para una historia del pensamiento latinoamericano significaba la figura de Franz Hinkelammert. Si bien el autor se encuentra muy presente tanto en las discusiones de la Teoría de la dependencia como en las de la Teología de la liberación o en las de la filosofía latinoamericana última, esta presencia es generalmente implícita. Quizá su obra no nos sea familiar de primera fuente, dado que la mayoría de sus trabajos (sobre todo los más recientes) se ha editado en un país en cierto sentido lejano, como es Costa Rica. Sin embargo, los ecos del pensamiento hinkelammertiano pueden oírse fuerte y claro en autores de mayor celebridad, como, por ejemplo, Enrique Dussel.
En relación con esto, tanto Estela Fernández Nadal (doctora en filosofía) como Gustavo Silnik (sociólogo), ambos docentes de la UNCuyo, son de las personas más idóneas para realizar entre nosotros esta tarea de difusión del legado del filósofo. Discípulos directos de Hinkelammert, son también, desde Mendoza, parte del Grupo Pensamiento Crítico, el cual nuclea a un importante número de intelectuales de distintas partes del continente en torno a los aportes teóricos del filósofo, aportes que son implementados de manera creativa para pensar la realidad de Nuestra América.
Sin embargo, y siguiendo el ejemplo de Hinkelammert, el libro excede el interés del pequeño grupo de especialistas para intentar exponer de manera sintética las grandes líneas de pensamiento del autor y ponerlas al servicio no solo de la investigación académica sino también de “ese amplio colectivo que comprende la necesidad de reorientar esta llamada ‘civilización’ moderno-occidental por un cauce diferente”. Es por ello una introducción adecuada a este fértil pensamiento filosófico surgido en la intersección de la economía y la teología.

(1) Licenciada en Sociología. Directora de la Biblioteca “Mauricio Amílcar López” - Asociación Ecuménica de Cuyo.
(2) Licenciado en Comunicación Social. Becario CONICET, INCIHUSA-CCT Mendoza.

La Quinta Pata

domingo, 26 de mayo de 2013

Sobre “Frío de Rusia”

Ana Ojeda

La nueva novela de Ricardo Strafacce contiene a su vez varias novelas y una de ellas elabora una reflexión elegante, no carente de humor, sobre la dificultad de la comunicación.

Frío de Rusia
Ricardo Strafacce
Blatt & Ríos, 2013
102 páginas

Choque frontal: me doy con la primera línea y caigo sin freno, sin fin, de Rusia a Caballito. Aterrizo en un bar asentado en el cruce de Rosario y Centenera. Ricardo Hardoy y Marta González coinciden en la única mesa vacía. Ocupada en realidad por ella, que da la venia para la sublocación de un Hardoy recién aparecido y bastante desolado por la general algarabía de lugareños y estrambóticos, ocupantes coyunturales de su bar, concitados en el lugar para festejar el 9% obtenido por Chacho Lagares en las urnas durante la primera jornada de esta historia. Muestreo micro de un Caballito alborotado por el volumen inmoderado de la voluntad popular, confecciona un ambiente nauseabundo para Hardoy, que sin embargo aprovecha para el levante.

Tal el comienzo de Frío de Rusia, última novela de Ricardo Strafacce (publicada en papel y e-book simultáneamente, en cuidada edición por la estimulante factoría editorial Blatt&Ríos). Autor prolífico, Strafacce ha sido últimamente referenciado antes que nada en relación con su monumental labor biográfica vertida en Osvaldo Lamborghini (Mansalva, 2008), si bien es novelista gozosamente reincidente (sacando esta, tiene en su haber siete novelas, siendo las dos últimas El parnaso argentino y Crímenes perfectos) y poeta ídem.

Frío de Rusia encierra, a partir del encuentro entre dos desconocidos, y haciendo pie en el humor –constante modulada con pericia y enorme efectividad por el autor– una deliciosa reflexión acerca de la imposibilidad real de algo tan común, tan pedestre, como la comunicación. “[N]o era un secreto sino una cosa que no le había contado. […] rogaba que él no empezara con esas dichosas diferencias entre una cosa y la otra. Como la de la discusión subida de tono y la pelea”.
▼ Leer todo
Pequeños corrimientos, diferencias módicas, de eso se trata. “A usted le preocupan algunas palabras, a mí me preocupan otras”. Con maestría –y un placer evidente, que se contagia el lector muy pronto, apenas transcurridas las primeras páginas– Strafacce explora el tegumento membranoso que une y separa al mismo tiempo conceptos cercanos, similares. Testeo y puesta en evidencia de lo poco que, en realidad, compartimos como usuarios de una misma lengua y una misma habla, es decir, del mismo lenguaje (en la prolija −suiza− explicación de Ferdinand de Saussure).

− Eso es lo importante –aprobó Hardoy–. Hacerse entender.
− ¡La intención es lo que vale!

En esta serie de pequeños malentendidos –comunicación en acto– pronto saca carta de ciudadanía la mentira, una verdad apenas desplazada. Estamos ante una cuestión de definiciones. Verdades a medias, mentiras por sustracción de información. Lo dicho nunca está dicho del todo, esto se vuelve evidente, sino de manera fragmentaria, parcial. De esta forma, el discurso se revela por definición –necesariamente– falaz, ficcional, ficticio. Falaz porque ficticio, porque no hace sino sobrevolar el hecho en sí con maniobras de depredador paciente. En círculos, sin jamás llegar al centro, el meollo del asunto, el hoyo del queque. El eco es lo importante, las reminiscencias que los hechos (y los discursos) convocan. Porque la comunicación se verifica –lo constatamos a diario– a pesar de, a contrapelo de las diferencias, del espacio entre lo que vos y yo, Marta González y Hardoy entendemos por –pongamos un ejemplo– “secreto”. De nuevo: “[N]o era un secreto sino una cosa que no le había contado”.

Los corrimientos reverberan en esta novela también a nivel argumental. Así, en una interesante mise en abîme (replicada a su vez, en seguida lo veremos), Hardoy se convierte en “don dramaturgo” o escritor oral de una obra de teatro: Frío de Rusia, justamente. En una esquina de Caballito, Marta González sucumbe a un ataque de desesperación a los gritos gatillado por el supuesto trotskismo de Hardoy, electoralmente seducido por Luis Zamora. Atraídas las fuerzas del orden –encarnadas por el cabo Capurro– por los alaridos de la dama, Hardoy propone al cabo una línea interpretativa posible de la escena para evitar el arresto: el ensayo al aire libre de una obra de teatro. Frío de Rusia, el título de la pieza, no gusta a la audiencia, que de inmediato propone opciones: La condesa sanguinaria (eco de La condesa sangrienta, de la surrealista Valentine Penrose, y también por supuesto de La condesa sangrienta, de la vernácula Alejandra Pizarnik), para terminar en un oblicuo La condesa soviética. Corrimientos, eslabones, cadenas: reino del “casi”, imperio de la comunicación.

Marta González y Hardoy son protagonistas antagónicos. Ella siempre nombre y apellido, confianza total en un lenguaje transparente, sin pliegues, desentendida (y despreocupada) de especificidades, aclaraciones, puntualizaciones. Ya lo dice el narrador, como vimos: “[R]ogaba que él no empezara con esas dichosas diferencias entre una cosa y la otra. Como la de la discusión subida de tono y la pelea”. Hardoy, en cambio, solo apellido, fabulación y corrimiento perpetuos, opacidad. Se conocen en el bar de Rosario y Centenera y se ponen de novios. Aunque aquí –una vez más– tendríamos que definir qué entendemos por “de novios” porque cabe y no utilizar la expresión para aprehender las sensaciones y comportamientos de dos personas que transcurren sesenta horas juntos, antes de que Marta González se monte en el Ómnibus de la Esperanza junto al Mono Burrongaray, dirigente chacholagarista y ex pretendiente, para largarse a hacer campaña por los pueblos del interior de Buenos Aires. El discurso de Hardoy, órgano en movimiento perpetuo, corazón que bombea significados y ajustes de esos significados en concatenación infinita, queda de pronto solo. Parte entonces en busca del cabo Capurro para quien entreteje –en tres veladas consecutivas, a modo de los actos de una función teatral callejera– en una oralidad pletórica de imaginación y rápida de reflejos la historia de una condesa rusa, jerárquica de la KGB, enamorada de un trotskista doble agente. Lo notable de la invención de Hardoy, es que embaraza a su escuchante e interlocutor de otra obra, derivación y rectificación de la primera: La condesa sanguinaria. Cadena de obras que se relacionan, cómo no, con el espectáculo que Hardoy monta –disfrazado con el uniforme de repuesto del cabo Capurro y su arma reglamentaria– en el bar de Rosario y Centenera, en el que se apersona así caracterizado con el objetivo de que recontraten a un mozo despedido por borrachismo indebido en horario laboral, borrachera fogoneada por el propio Hardoy y su verba insumisa. Lo que logra, sin embargo, es una renta mensual (en concepto de coima) que el dueño del bar acuerda pagarle con tal de que no vuelva por allí en uniforme. Corrimientos.

Invención / mentira / olvido es el tríptico que sostiene el entramado lingüístico-argumental de Frío de Rusia (la novela). Triángulo que Strafacce explora con delicadeza y exquisitez para dejar en claro que toda comunicación (y eso es, también, el amor) combina porcentajes variables de los tres, en una conversación de sordos que tiene lugar a pesar de, a contrapelo de su propia, fundante, imposibilidad.

Espacio Murena, 20 – 05 – 13

La Quinta Pata

domingo, 12 de mayo de 2013

Rugidos

Alejandro Boverio

En “Materialismo ensoñado” (Tinta Limón, 2011), León Rozitchner acomete los problemas que atraviesan su obra entera, esta vez exponiéndolos en su sustancia desnuda.

Materialismo ensoñado
León Rozitchner
Tinta Limón, 2011
80 páginas

No dejamos de leer los libros de León Rozitchner. En ellos siempre se busca una atadura material para la filosofía, una carnadura que la vuelva sobre aquello que nos constituye. Y con la publicación de su último libro parecen coronarse las preocupaciones que atraviesan su obra entera. Ahora, si a lo largo de ella los problemas crecieron como críticas a otros pensamientos (los de Scheler y los de Agustín, pero también los de Freud y los Perón), en Materialismo ensoñado esos mismos problemas dejan de lado la negatividad para encontrarse, acaso por primera vez, en su sustancia desnuda. Tal vez por ello no haya mejor lengua para expresarlos que una poetizante, que es la que se alza a lo largo de los cuatro ensayos reunidos en este libro.

La lengua misma es, a su vez, la cuestión que obsesiona en esta ocasión. En su anudamiento con una persistencia: el problema del poder y la dominación. La búsqueda es, entonces, la de un lenguaje que pueda sustraerse al corte que opera el terror sobre ella. Y, en efecto, ese lenguaje es uno poético. Si Benveniste en Problemas de lingüística general señalaba que entre lo semiótico y lo semántico existía un hiato que no podía terminar de explicar, hiato al que Agamben intentó darle un sustrato metafísico a través del concepto de “infancia”, Rozitchner (sin hacer referencia explícita a este debate), de alguna manera también está pensando ese hiato, pero de un modo político.
▼ Leer todo
En la infancia somos uno con la madre y con la lengua materna, y vivimos en una lengua ensoñada y primigenia, plena de sentido. Podríamos decir que, para Rozitchner, en la infancia no había hiato alguno: “Si tratamos de recuperar esa primera lengua, que no tenía palabras que permitieran la separación entre significante y significado, y era diferente, por lo tanto, a la que ahora hablamos, pero que iba creando sin embargo el lugar más propio de ese intercambio que nos abrió el sentido (…), (ella) no había alcanzado a construir los significantes sostenidos por la palabra de una lengua orgánica cuya estructura ex nihilo no se pregunta por la experiencia histórica-arcaica que la ha creado”. El ensueño materno, un equivalente de la infancia agambeniana, es el éter en donde el significante coincidía con el significado sin poder distinguirse de él, y a través del cual el sentido circulaba.

Ahora bien, el hiato o la separación entre el significado y el significante, en Rozitchner, se explica a partir de una filosofía política. El despotismo patriarcal se funda justamente operando esa separación, en un proceder análogo a la “escisión del yo” y el fetichismo que Freud reconoce como el fundamento de la estructura psíquica, con el cual comienza nuestra adecuación al mundo social y nos convierte en sujetos escindidos. El hiato entre significado y significante, que entroniza el dominio absoluto del significante, para Rozitchner tiene una única explicación, que no es meramente teórica, sino que se funda en una dimensión política: está dado por el terror. De allí la importancia que León le asigna a la religión cristiana en La cosa y la cruz, complemento necesario de un capitalismo global: se apodera de la infancia arcaica e interioriza allí a una madre “virgen”, puramente espiritual, que desplaza a la madre viva y gozosa.

El lenguaje metafísico, para Rozitchner, opera una abstracción semejante. Frente al “ser” de la metafísica, Rozitchner eleva la palabra poética como aquella que nos conecta y nos retrotrae a la lengua materna: una lengua verdaderamente viva. Ese encuentro celebratorio de la poesía con la madre fulgura desde el epígrafe que abre el libro, en estos hondos versos de Juan Gelman: ¿Por qué escribo versos? / ¿para volver al vientre donde cada palabra va a nacer? / ¿por hilo tenue? / la poesía ¿es simulacro de vos? / ¿tus penas y tus goces? / ¿te destruís conmigo? / ¿por eso escribo versos?

Espacio Murena, 08 – 05 – 13

La Quinta Pata

domingo, 28 de abril de 2013

Andrés Cáceres y los prodigiosos años 50

Alberto Atienza

Andrés Cáceres, periodista especializado en Arte en el momento de la presentación de su obra en el MMAM

“El Gran Ausente”, novela
Conozco a Andrés desde nuestros pininos en periodismo, allá por fines de los ‘60. En Los Andes, una redacción llena de talentos y que, para gran sorpresa y felicidad, hablaban con nosotros, asustados grumetes y nos daban pautas muy valiosas. Algunos de ellos eran escritores, Antonio Di Benedetto, Alberto San Martín o artistas: “Toti” Rossi, doctorado en teatro en La Sorbona, Alfredo Dono, fundador de coros. Y grandes periodistas: Jorge Bonnardell, Daniel Prieto, “El Ciego” Oliva, “Quico” Ferrari, Luis Felipe Anzorena ¿Te acordás, Andrés? No menciono a más muchachos, para nosotros en aquellos días importantes señores, sabios maestros, porque, como decía la bruja amiga de Inodoro “Me olvidau”
Desde un sitio en el que ambos habitamos sin vernos, apenas saludándonos por las veredas, sin conversar como antes, te escribo. Atrás quedó la grata sorpresa que me deparó tu crítica a mi primer libro De bichos y tiroteos en tu espacio de Arte y Espectáculos de Los Andes . Lo mío, obra casi de un diletante, mezcla de noticias y ficción ¿Te acordás Andrés? Hoy seguimos en el mundo que elegimos. Cada tanto llegamos a puertos, como vos ahora con El Gran Ausente luego de larga navegación en un mar que más de una vez pone a quienes lo surcan al borde de naufragios: el imperioso océano del periodismo.
Bueno…como se dice en las charlas…basta de follaje, pasemos al árbol, tu novela. Después, si te place, seguimos en la calesita de las añoranzas.


Lo primero que emana de El gran ausente : sorpresa intensa. Estamos ante una obra redactada con elementos difíciles de unir, convertidos en literatura pulcra, impecable. Lo hecho, denota un gran oficio por parte del autor. El tema, ardua base: los años ‘50. Abordar esos tiempos idos presupone un riesgo grande que implicaría como resultado una prosa densa, pesada, llena de enormes autos con formas redondeadas, chicas con melenas y peinados iguales a los de Rita la traidora, señores con sombreros y la curatería y pacatería (lo uno por lo otro) embretando a todos.
▼ Leer todo
Y eso no ocurre. Andrés Cáceres, autor del inolvidable cuento “Tom Voyeur” le infunde a su obra de 500 páginas, un aire de vida que transforma a sus personajes en seres enteramente creíbles. Es lo que se siente al conocerlos a ellos, moviéndose en un ámbito que apenas si salía del blanco y negro. Es que los chicos y grandes de los 50 eran más intensos. Sin internet ni televisión, ni pichicatas benignas o de las otras. Apenas una cerveza con Crush o Cuba Libre (ya más grandes) Eso sí. Radio. Y cine, mucho. Niños duros. Que pensaban…no les quedaba más remedio. Eran dueños de la imaginación. Ese don no les llegaba como ahora predigerido y desde estamentos de poder.

Recrear los rigurosos climas de esos tiempos no es sencillo. Algunos intentos han llegado a páginas quejumbrosas y aburridas. Cáceres, como experto amasador del arte, le infunde juego a su obra. Un casi imperceptible descenso de lo lúdico. Mezcla realidades distintas, como los chicos. Y eso sorprende. E ilustra a los jóvenes. Y a los veteranos, les llena el alma de alegría. Uno camina por la novela al lado de mujeres que casi pueden ser vistas de cuerpo presente, en sus luchas fatalmente perdidosas, contra una sociedad castradora e hipócrita. Retumba en el interior de cada uno el viento de rebeldía que mueve a los niños.

Lo máximo, el placer, las sorpresas reiteradas: el orbe entero que se nos viene encima con los “boletines” radiales. Una suerte de capítulos dentro de los capítulos. Los hechos salientes de esa Mendoza y del mundo que la contenía, ya todo desaparecido, algo asombroso, ilustrador para los que llegaron más recientemente a este valle de lágrimas. Los pibes de esos días, de frágil contemporaneidad para la historia, según Arnold Toynbee, quedamos extasiados. Primero por la impecable elección de títulos de noticias, anticipos que dicen todo. Otra, por el arduo trabajo de investigación que presupone el ordenamiento coherente de ese material semi sepultado, como las voces de Alberto Castillo y Paul Anka o los vibratos de Eva en el balcón.

Cáceres, con esos espacios radiales, unidos y separados a la vez de la acción que se desarrolla en veredas y casas, con jovencitos capaces de contestar atrevidamente a las bromas: “Bajalos a tomar agua” clara burla a las prendas cortas que usaban obligadamente esos críos de antes. Pequeños, luego ingenuos adultos, llenos de ideas piadosas para con sus semejantes. Los chicos de los ‘50, contestatarios, de treinta años en los 70 (poco más o menos) Muchos de ellos, se convirtieron en pasto de cárceles clandestinas, asesinados y privados de la mínima dignidad que la muerte presupone. En el mismo balcón de la Eva, aparecieron, floreándose, tiranos vestidos con ropajes que el pueblo pagó. Derrocadores consuetudinarios de gobiernos republicanos. Aun llaman desde el presidio a sus pares para que se alcen en armas contra el pueblo, armas que también pagamos nosotros, la gente. Autor, perdón por la digresión. El tema es vuestro impecable libro.

Habilidad de escriba tiene Cáceres. Con un atributo no muy frecuente: la instalación de un despejado prodigio. No se transforma en un narrador omnisciente, un demiurgo convocador de fantasías sobrenaturales, como las novelas de caballería del 1500, una suerte de folletines populacheros y pedestres que enfurecían al autor de El Quijote . Tampoco convoca a un “deus ex machina”. Mezcla su infancia con la de niños vecinos. Acaso exacerba situaciones como el doliente rol de la mujer en esos ‘50. Recordémosla: minimizada, presa de una falsa moral, impedida de usar pantalones (eran cosa de hombres) de fumar (ídem) “Durábamos, como muebles de una casa. Algo más que un objeto, porque hacíamos de comer, teníamos hijos, dábamos placer. Vivíamos al margen de la política, aunque movíamos núcleos de la sociedad: las familias. Éramos silentes mulas en oscuro segundo plano” según recordó una señora de ese otro mundo. Si las mujeres solteras de su libro (de Andrés) sufrían más que las de mi calle Salta al 1400, en el barrio de los cines, puede ser real. Si es una licencia del creador, vale. Si así la pasaron de verdad, pobrecitas…

Y me fui por las ramas como un Tarzán radial de los ‘50, amigo de Comangani y del elefante Tantor. Con una versión infantil que nos llenaba de envidia “Tarzanito” un cara de tonto llamado Oscar Rovito. De nuevo con el prodigio. Es difícil para el escritor de hoy instalar ese elemento en sus obras. Es algo escaso. Desde hace mucho, desde la aparición de la madre de las novelas modernas El Quijote repleta de maravillas. O Moby Dick con el mal tradicionalmente tenebroso, transformado en alba y gigante ballena. O Cien años de soledad (50, según Borges, ya que con la primera mitad alcanzaba, dijo) donde aparece una barra de hielo en un paisaje que nunca conoció al frío: el trópico y los habitantes de esa tierra se asombran. Y el lector también, por la búsqueda devenida en prodigio, empleada por el autor.

Que ese cosmos de Cáceres adquiera a lo largo de medio millar de páginas consistencia, atractivo, que ilumine imágenes. Que despierte toda conmiseración posible por el dolor de personajes (entes sin vida real). O alegría, por sus dichos, pensamientos, desventuras. Que nos traslade a los años donde la historia argentina giró con cruel ángulo hacia la inauguración de genocidios (la Revolución Libertadora, llamada también “fusiladora” o “bombardeadora de civiles”) Que Andrés, excelente, inspirado y prolijo escritor nos abra la puerta hacia otra ciudad, otros humanos y que, simultáneamente, ese lugar sea Mendoza. Que sus niños, ahora muy lejos de los pantalones cortos, los que quedan, revivan esos tiempos. Que los más jóvenes se sumerjan de lleno en esa creación que el literato propone, por sus atractivos, por su “hacer pensar”. Todo, todo eso, es un gran prodigio.

Y lo que queda resonando como el eco de una campana en el alma del lector de “El Gran Ausente” son las breves líneas iniciales suspendidas en el gran blanco de una primera página, casi con seguridad, emanadas de Andrés. O no. Lo mismo, son y no lo dudo, un reflejo de su alma: “La niñez es una oportunidad única de ser felices. Maldito aquel que lo impida”.

Noticia acerca del autor
Ejerce la crítica de artes plásticas y literarias desde 1968. Ha participado en varios libros colectivos y publicado cuentos, poemas, ensayos y numerosos artículos, comentarios y entrevistas, mayormente en diario Los Andes de Mendoza, República Argentina.

Lleva una activa vida cultural, participando como jurado en certámenes literarios y de artes plásticas; organizando exposiciones de pintura y escultura, presentando a escritores y artistas y escribiendo prólogos y notas críticas.

Durante 2007 fue asesor artístico y patrimonial de la subsecretaría de cultura del gobierno de Mendoza. Fue el director de la Primera Feria Latinoamericana del Libro en Mendoza (2007). Entre 1984 y 1987 se desempeñó como jefe de prensa de la gobernación. Entre 1970 y 1980 fue jefe de la sección Artes y Espectáculos del diario Los Andes .

En octubre de 1978 fue becado por el Goethe Institut para realizar un curso de periodismo en Alemania, desde donde envió notas publicadas en Los Andes (con fechas 11 de noviembre, 7 y 10 de diciembre de 1978).

Ese mismo año, fue becado por el Instituto Cuyano de Cultura Hispánica para realizar un curso de historia del arte en Madrid, con el crítico Raúl Chávarri.

En 1998, fue coeditor del Suplemento Cultura del diario Los Andes . En 1999 cursó el Primer seminario taller de promoción y gestión cultural, organizado por la Fundación Unión en Buenos Aires. Entre 1990 y 2004 fue secretario de prensa y cultura del gremio Unión del personal civil de la nación, seccional Mendoza y director de la revista Unión , de la misma entidad.

Ha participado en diversos volúmenes literarios con otros escritores y publicado individualmente los libros de poesía: Unicornio del ensueño (1985), Vértigo (1986), Singladuras (1994) y Ritual de la memoria (2004, poemario dedicado a Madres de Plaza de Mayo) y de cuentos: La unidad secreta (1998, traducido al francés).

La Quinta Pata