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domingo, 28 de diciembre de 2008

El Che, nuestro hombre en La Habana

La entrada de 'los barbudos' en la historia.

Felipe Pigna

El 1° de enero de 2009 se cumplirán cincuenta años de la entrada de "los barbudos" en la historia. La prensa internacional encontró en aquellas vellosidades la forma de definir inicialmente y por rasgo común a aquel grupo de jóvenes combatientes que habían desalojado del poder al dictador de Cuba. La Habana había sido, hasta entonces, el paraíso del juego, la prostitución, las drogas y su natural correlato, una monumental corrupción gubernamental regenteada por Fulgencio Batista, aquel sargento que había llegado al poder en 1952 tras un golpe militar con la mirada complaciente de sus jefes norteamericanos.

Entre los barbudos que habían hecho la revolución había un argentino, un joven de 31 años nacido en Rosario que tras recorrer, vivir y sufrir Latinoamérica, había recalado en Guatemala en 1954, para participar en la defensa de un presidente honesto, Jacobo Arbenz, frente a la abierta injerencia de los EE.UU. Y estaba Ernesto Guevara, que todavía no era el Che, viviendo algunas primeras veces: la del amor intenso mezclado con pasión política con Hilda Gadea, una militante de izquierda peruana, y la de la defensa de sus ideas con un fusil en la mano, que lo lleva a escribirle a su madre: "Un clima combativo predomina aquí. Me he ofrecido como voluntario para los servicios de ayuda médica y me he registrado en la brigada juvenil para recibir instrucción militar e ir a la lucha en caso de que sea necesario".

Allí también, en aquella Guatemala sangrienta, conoció a algunos exiliados cubanos como Alberto Ñico López, quien le contó sobre el movimiento 26 de Julio y sobre Fidel Castro, el líder que estaba en prisión. Ñico fue quien lo apodó el Che por su hábito de utilizar ese vocablo típico de los argentinos. Ernesto se refugió en la embajada argentina junto con 118 personas más; muchos de los refugiados se exiliaron en Argentina pero Guevara, que había recibido dinero que le envió un amigo, decidió viajar a México.

Aquella ciudad de México de 1954 desbordaba de exiliados latinoamericanos. Entre ellos, eran mayoritarios los cubanos que habían logrado escapar de la persecución de Batista tras el fallido intento de tomar el cuartel Moncada, el 26 de julio de 1953. También había llegado por su cuenta Hilda Gadea, con quien Ernesto reinició una relación que parecía haberse disuelto en el vendaval guatemalteco, y Ñico López, quien presentará al "Che" a los exiliados cubanos liderados por el abogado Fidel Castro Ruz, que había llegado a México tras una reciente amnistía.
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El 7 de julio de 1955, Ernesto anotó en su diario un gran acontecimiento político: había conocido a Fidel, en casa de una amiga en común. Durante la conversación, que fue larga, como ya le gustaba a Fidel, el líder lo invitó a sumarse al movimiento guerrillero como "médico oficial" del grupo. Comenzaron a entrenarse militarmente al mando del general Alberto Bayo, un veterano republicano de la Guerra Civil española, mientras Fidel preparaba su gira por Estados Unidos con el objetivo de recaudar fondos para financiar la revolución.

Para fines de octubre de 1956, los expedicionarios estaban en condiciones de iniciar su "campaña libertadora" que remitía a la iniciada por José Martí hacía casi 70 años. A fines de septiembre, Robert Erickson aceptó venderle a los cubanos el Granma, un desvencijado yate de 13 metros de eslora, cuya imprescindible reparación demoró la partida. Fidel ordenó a los rebeldes ocultos en ciudad de México, Veracruz y Tamaulipas que se reunieran en el Pozo Rico, un pueblo al sur de Tuxpan y la noche del 24 de noviembre de 1956, 82 combatientes zarparon hacia Cuba. Según el pronóstico de los revolucionarios, el viaje debía ser rápido y el asalto preciso. Pero las cosas fueron muy diferentes. Excedido en peso, hombres y equipos, el Granma hizo lo que pudo y la travesía se extendió por siete interminables días, y la llegada se pareció más a un naufragio que a un ordenado y heroico desembarco.

El 2 de diciembre el grupo llegó a la costa sudoccidental de Cuba y fue emboscado por el ejército en Agua de Pío. La mayoría de los combatientes murieron en aquella acción y casi todos los que se salvaron fueron detenidos. Sólo doce guerrilleros sobrevivientes lograron reagruparse semanas después en la Sierra Maestra. El Che exhibía una leve herida en el cuello. Días después sus padres recibirían una carta que llevaba su estilo: "Queridos viejos: Estoy perfectamente, gasté sólo dos (vidas) y me quedan cinco".

Fidel pedía y lograba refuerzos y apoyo económico de los grupos urbanos y se incorporaron nuevos militantes de la red campesina. El 15 de enero el ejército rebelde obtuvo su primer triunfo atacando una unidad militar que se rindió dejando las armas y municiones en manos de los rebeldes.

Mientras Fidel se ocupaba de la estrategia general y armaba alianzas con los grupos urbanos y del exterior, el Che se dedicaba a las tareas de inteligencia y a la toma de nuevas posiciones, y asumía cada día mayores responsabilidades en el combate. En varios momentos sufrió terribles ataques de asma e incluso, luego de enfrentamientos o marchas forzadas, fue llevado en brazos por sus hombres porque no podía caminar.

Para ganarse la confianza de la población, el Che asistía como médico a los campesinos pobres y hasta debutó como improvisado dentista. Pero no descuidaba sus actividades de combatiente y el 17 de julio de 1957 recibió su primer mando militar con 36 hombres a cargo a los que llamaba "mis descamisados". En octubre del '57, ya con el grado de comandante, armó una "industria" en la que montó un hospital, un periódico de la guerrilla, El cubano libre, una panadería, una granja avícola y porcina y talleres de talabartería y zapatería y hasta un curioso "teatro de campaña" para incentivar el interés por la cultura de los combatientes, muchos de los cuales agregaron a sus tareas habituales la de improvisados actores.

Con la inestimable ayuda de Camilo Cienfuegos creó una improvisada fábrica de armas y municiones, una panadería, un hospital, una escuela y Radio Rebelde. La Sierra Maestra era ya una zona liberada para 1958, pero faltaba la etapa más difícil: extender la revolución a las ciudades.

En marzo llegó desde Buenos Aires el periodista argentino Jorge Ricardo Massetti, para hacerle el primer reportaje internacional al Che. Allí habló de su "conversión" expresando que su patria era toda América y que sus experiencias de viaje lo habían convencido de que debía luchar contra tiranos como Batista y contra la intromisión de los Estados Unidos. Para mayo de 1958, el Che ya era jefe del Estado Mayor de hecho y, sin descuidar sus tareas militares, instruía a los campesinos sobre la cosecha del café y leía libros de economía para estar preparado para el soñado día de la toma del poder.

A fines de noviembre, las tropas del gobierno atacaron la posición de Guevara y Camilo Cienfuegos, pero tras una semana de cruentos combates, los soldados de Batista se retiraron completamente desmoralizados, dejando sobre el terreno muchos hombres sin vida y un nutrido arsenal que fue inmediatamente incautado por los rebeldes.

Era el momento esperado por los rebeldes para lanzar la contraofensiva. El Che y Camilo siguieron una estrategia común: dinamitar caminos y líneas férreas para aislar a los regimientos enemigos y en pocos días las principales guarniciones depusieron las armas. El camino a Santa Clara, último bastión que se interponía entre el Ejército Rebelde y La Habana, había quedado despejado. Batista había fortificado sus posiciones en Santa Clara logrando reunir unos 3.500 hombres apoyados por un tren blindado que proporcionaba suministros y movilidad. Pero la victoria sería para el Che y sus 350 combatientes. La ruta hacia La Habana estaba libre y Batista ya no tenía ningún sostén político y a su ejército no le quedaba ni una pizca de moral de combate.

El primer día del año 1959 el dictador y su comitiva huían a Santo Domingo. La revolución había triunfado. Empezaba una nueva historia para Cuba y para América latina.

Clarín, 28 – 12 – 08

La Quinta Pata

La revolución cubana, medio siglo después (I)

La revolución cubana

Guillermo Almeyra

Los símbolos, en política, tienen siempre un enorme peso en el imaginario colectivo. El romántico ingreso en La Habana en delirio de los jóvenes barbudos vencedores el 1º de enero de 1959 sacudió la conciencia y los corazones de los trabajadores en todo el mundo y abrió una nueva fase de luchas (que incluyen el 68), cerrando un ciclo de grandes derrotas populares, como la reconstitución del poder del imperialismo en Bolivia tras la revolución de 1952; la derrota de la revolución guatemalteca en 1954; el derrocamiento del gobierno constitucional de Juan Domingo Perón en 1955 por un golpe militar pro-oligárquico; la represión soviética al gobierno de los consejos obreros húngaros en 1956, y la guerra sionista de ese mismo año en el Sinaí contra Siria, Egipto y la resistencia palestina. La revolución cubana demostró que era posible disolver a un ejército represivo y derribar una dictadura feroz si se contaba con el apoyo de la mayoría de la población, que la relación de fuerzas mundial hacía posible echar a un agente de Washington y comenzar a crear otro aparato estatal, incluso sin contar con un partido ni con aliados internacionales, pues el movimiento 26 de Julio era un grupo abnegado pero heterogéneo; el PSP –el partido comunista cubano– se había opuesto hasta el último momento a la lucha armada contra Batista y la Unión Soviética veía con suspicacia a los revolucionarios y sólo reconoció su gobierno revolucionario hasta 1961, dos años después del triunfo de la revolución.

Surgió así entonces un hecho nuevo y trascendental: a 150 kilómetros de la principal potencia militar y económica y en lo que era el patio trasero del imperialismo estadunidense triunfaba una revolución armada antiimperialista y democrática de campesinos y estudiantes apoyada por los trabajadores, aunque no dirigida por éstos. Más aún, en vez de ceder ante las presiones imperialistas como había hecho el MNR en Bolivia, esa revolución tenía una dinámica tal que la llevaba a profundizar su curso ante cada ataque del enemigo.
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La influencia de esto fue enorme en América Latina, sobre todo en la izquierda. Hasta 1959, los partidos comunistas condenaban la lucha armada y, triunfante la revolución, pedían en Cuba un gobierno de unidad con los burgueses antibatistianos por boca del ex pastelero Jacques Duclos, el segundo líder del PC francés. A la izquierda de esos partidos comunistas, tantas veces aliados con las oligarquías locales y con los hombres de Washington (como Batista, o el dominicano Trujillo), sólo existían unos diminutos y marginados grupos trotskistas en unos pocos países. Ahora surgía en Cuba una corriente revolucionaria nacionalista que se radicalizaba, en la que en los primeros dos años existía plena libertad de prensa y de actuación para la izquierda y que aceptaba la existencia de varias tendencias y partidos revolucionarios (de cuya fusión nacería en 1961, dos años después del triunfo revolucionario, las Organizaciones Revolucionarias Integradas –ORI– y recién en 1965 el actual Partido Comunista cubano, no sin antes tener que depurar la revolución del ala estalinista que actuaba como agente de Moscú). Aunque la mayoría del pueblo cubano recordaba aún, como el mismo Fidel Castro, el apoyo a Batista del PSP y no era socialista, el ataque imperialista contra la dirección cubana, a la que Washington acusó desde el primer momento de comunista, llevó a Fidel Castro a declarar que el país era socialista, en sorpresivo discurso radiofónico pronunciado después de la derrota de la invasión imperialista en Bahía de Cochinos, en 1961. La tardía alianza con los soviéticos no fue pues resultado de la influencia política de Moscú sobre los jóvenes dirigentes revolucionarios, sino que fue impuesta por la presión imperialista y por la decisión de defender a cualquier costo las conquistas de la revolución y la independencia y dignidad del pueblo cubano, encontrando apoyo y tecnología en los adversarios de su enemigo.

Nació y se desarrolló así un gobierno plebeyo revolucionario que asumía definiciones socialistas, pero dirigía una economía capitalista y actuaba dentro del mercado mundial capitalista. Ese gobierno se opuso a los grandes capitalistas locales y al imperialismo, que lo sabotearon por todos los medios posibles, incluso insurreccionales, y no tuvo nunca el apoyo de las clases y sectores pro-capitalistas, que emigraron. Además, contra sus previsiones y su voluntad se vio obligado a apoyarse en la Unión Soviética y en partidos que huían de la revolución como de la peste y que declaraban que su objetivo era la mera coexistencia pacífica con el imperialismo y a eso sometían todo lo demás, incluida la independencia cubana, como lo demostraron en 1962 en la famosa crisis de los cohetes.

Fidel Castro pasará pues a la historia, junto a José Martí, como el líder de la última revolución de independencia latinoamericana, que fue y sigue siendo una revolución democrática, nacional, antiimperialista con dinámica anticapitalista. No es ni ha sido nunca un teórico socialista sino un gran revolucionario y hombre de Estado cubano. Esa es su fuerza pero también su debilidad. En efecto, no se puede hacer un balance de la política de los revolucionarios cubanos prescindiendo del peso de la personalidad y de la formación teórica de sus dirigentes, incluso de los mejores de ellos, como Fidel Castro o el Che Guevara. Un mero artículo periodístico, por supuesto, no basta para lo que debería ser tarea de una obra documentada (no de una de las habituales hagiografías), pero trataré de esbozar algunas líneas en la segunda parte de esta nota.

La Jornada, 28 – 12 – 08

La Quinta Pata

domingo, 21 de diciembre de 2008

De San Nicolás al gordito Papá Noel

Santa Coke

Felipe Pigna

Cuando éramos chicos, allá por los sesenta, Papá Noel no era protagónico salvo en las publicidades. Los padres tenían un solo oficio, el de Reyes Magos, y los pibes teníamos la misión de ocuparnos de los camellos a los que había que dejarles pasto, agua y arena.

Papá Noel se fue haciendo más presente proporcionalmente a nuestra incorporación al "Primer Mundo" que también nos traería Halloween. Entonces empecé a preguntarme de dónde salió este gordito simpático y sempiternamente risueño. Así me fui enterando que fue el producto de una larga transformación. El original, San Nicolás, nació muy lejos de Noruega, los trineos y la nieve, en Patara, actual Turquía, en el año 305. Nicolás era un muchacho rico hasta que en medio de una epidemia murieron sus padres y optó por los pobres, por repartir toda su riqueza entre ellos. Se hizo monje e ingresó en el monasterio de Sión. Debió abandonar la vida monacal cuando heredó de su tío el obispado de Myra.

Desde que se ordenó como obispo, la biografía de Nicolás comienza a sazonarse con historias de resurrecciones, heroicos actos de justicia más humana que divina y, sobre todo, relatos sobre su notable generosidad, su facilidad para los regalos y las dádivas. Cuentan que lo sorprendió la noche por aquellos caminos y tuvo que hacer noche en una posada. Despertó envuelto en una pesadilla: tres jóvenes eran brutalmente asesinados. Pero cuando se levantó descubrió que su sueño era más que una premonición: los cuerpos estaban siendo preparados para salarlos y servirlos como fiambre. Logró detener al asesino, lo entregó a las autoridades y resucitó a los tres muchachos.

Otra leyenda narraba la historia de tres bellas hermanas casaderas que por vivir en la miseria y no disponer de la obligada dote estaban a punto de ser vendidas como esclavas por su padre a un mercader que las iba a prostituir. El asunto llegó a oídos de Nicolás quien merodeó la casa y notó que las chicas tenían la costumbre de dejar sus medias secándose en la chimenea. Cada noche fue dejando en el par correspondiente a cada una de ellas el dinero suficiente para escapar a la esclavitud. Cuando estaba colocando la última de las monedas en una de las medias, fue sorprendido por el padre de las muchachas, quien difundió el episodio acrecentando la fama de caritativo del obispo. Las medias en la chimenea tendrán muchos años después imprevistas derivaciones navideñas.
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Nicolás tuvo algunos entredichos con las autoridades romanas por oponerse a las persecuciones y ejecuciones llevadas adelante en su obispado. Llegó a enfrentar al gobernador Eustacio, que lo encarceló. Recuperó su libertad y pudo participar en el Concilio de Nicea en 325 donde defendió la santísima trinidad en una época de intensas discusiones enmarcadas por la prédica de la herejía arriana que planteaba que Jesús no tenía el mismo carácter divino del padre sino que se trataba de una divinidad subordinada a él. Lo cierto es que Nicolás combatió al arrianismo y defendió el principio de Dios uno y trino.

La fama de Nicolás se fue extendiendo por el mundo romano y se cuenta que tres capitanes condenados a muerte por el emperador Constantino pidieron que el obispo los salvara y que la noche anterior a la ejecución, el emperador soñó con Nicolás pidiéndole clemencia. Al otro día los presos fueron liberados. Nicolás murió el 6 de diciembre de 327, pero su recuerdo y su imagen mítica fue creciendo hasta convertirse en San Nicolás.

Los relatos más o menos legendarios sobre sus milagros comenzaron a multiplicarse, a convertirse en patrimonio de cada lugar de Europa donde se recreaban para darles a las historias y leyendas sobre el santo un carácter local. En 1087, marinos italianos exhumaron los restos de San Nicolás para salvarlos de los piratas sarracenos y los llevaron al puerto italiano de Bari donde descansan desde entonces en el templo de San Esteban. A partir de entonces San Nicolás de Bari fue uno de los santos más venerados de Italia y de Europa.

A partir del siglo XIII se difunde la tradición de San Nicolás repartiendo regalos a los niños en cada aniversario de su fallecimiento. Durante la Reforma protestante lanzada por Martín Lutero a comienzos del siglo XVI, cobró fuerza la tradición el Christkind, nada menos que el propio niño Jesús obsequiando juguetes el mismo día de Navidad. Pero la costumbre que tenía como protagonista a San Nicolás siguió vigente y superó el embate aunque la fecha de entrega de regalos terminó pasando al 24 por la noche. En Holanda ya en el siglo XVII San Nicolás aparece en las tradiciones vestido de obispo, con barba blanca montando en un burrito blanco y acompañado de su ayudante el "Negro Pedro", que portaba una bolsa llena de golosinas para los niños, no para todos, sólo para los que se habían "portado bien" durante el año. Para los que no, estaba la otra utilidad de la bolsa cuando quedaba vacía: servía para secuestrar a los niños malos que eran llevados a España, el peor lugar del mundo según los habitantes de los Países Bajos que llevaban años guerreando con los reyes ibéricos. Cuando los holandeses colonizan América del Norte y fundan Nueva Ámsterdam -actual Nueva York- llevan consigo la tradición de San Nicolás aunque, quizás adelantado algunos prejuicios que arraigarán fuerte del otro lado del mar, Pedro el Negro no logra cruzar el Atlántico y se queda en Holanda. La nueva tradición que se va haciendo fuerte en lo que serían los Estados Unidos celebra un San Nicolás, al que llaman Sinter Klass y por deformación terminan nombrando Santa Claus, y con ese nombre logrará una enorme popularidad en toda Norteamérica.

En 1809 Washington Irving publica su Historias de Nueva York. Allí describe a San Nicolás llegando en un caballo volador con su bolsa de regalos dispuesto a repartirlos por las chimeneas de las casas de los niños buenos.

El 23 de diciembre de 1823 el profesor de estudios bíblicos y pastor protestante Clement C. Moore publicó un artículo titulado "Un relato sobre la visita de San Nicolás", en el que comenzó a darle a San Nicolás-Santa Claus su imagen actual. Su medio de locomoción era ahora un trineo conducido por los renos Bailarín, Saltador, Zalamero, Bromista, Alegre y Veloz. Pasó de flaco y alto a gordo, bajo y de cara colorada.

Pero estos eran relatos a los que les faltaba la ilustración, un buen dibujo de Santa Claus, o Santa como lo empezaron a llamar por entonces. Allí entró en escena Thomas Nast, el dibujante oficial de las famosas tiendas Harper's, quien publicó entre 1860 y 1880 los dibujos que se harían famosos en todo el mundo donde podía verse al Santa de Moore, con su trineo, su gordura, su cara bonachona y bolsa de juguetes, obviamente juguetes de Harper's.

En Inglaterra, Santa comenzó a ser llamado Father Christmas, es decir Padre Navidad, y en Francia Père Noël, y de allí pasará a España curiosamente conservando el vocablo francés Noel para llamarse Papá Noel.

En 1931, los Estados Unidos se preparaban a pesar una de las peores navidades de su historia. La crisis desatada en octubre de 1929 estaba haciendo estragos y millones de norteamericanos estaban sumidos en la miseria y la depresión. Para levantar el ánimo nacional e incrementar sus alicaídas ventas, la empresa Coca Cola le pidió a Habdon Sundblom, un dibujante de Chicago de origen sueco, que recreara la imagen de Santa sin alejarse demasiado del clásico de Nast. La Coca lo quería alegre, simpático, bien alimentado, con un traje vistoso, entrador, esperanzador y, sobre todo, vestido con los colores de la bebida Cola: rojo y blanco. Sundblom recorrió la ciudad en busca de un modelo, un viejito que diera el aspecto del Santa de Harper's, hasta que encontró en un boliche a Lou Prentice, un jubilado que no sabemos si voluntaria o involuntariamente le daría su imagen al reciclado Nicolás para que sea el Santa que todos conocemos y de quien los islandeses afirman que vive en el pueblo de Hveragerdi; los noruegos lo hacen vecino de Drammen y los finlandeses, de Rovaniemi. No queda claro dónde vive, pero todos coinciden en que tiene un taller de juguetes en el que trabaja todo el año hasta Navidad, cuando sale de gira.

Aquel Nicolás del siglo IV obispo de una región de la actual Turquía, más conocido como San Nicolás de Bari, nunca se imaginó que terminaría siendo la imagen más popular de la Coca Cola.

Clarín, 21 – 12 – 08

La Quinta Pata

domingo, 14 de diciembre de 2008

Cuando Gran Bretaña nos reconoció

Imperio

Felipe Pigna

El 15 de diciembre de 1824, el parlamento británico aprobó la firma de un tratado con Buenos Aires. El interés era otorgarle al país el papel de productor de materias primas y comprador de manufacturas.

El 9 de julio de 1816 las Provincias Unidas se habían declarado independientes, pero pocos se dieron por enterados. Pasaron cinco años hasta que el rey Juan VI de Portugal se dignara a hacerlo en abril de 1821 y seis para que el gobierno de los Estados Unidos firmara el documento correspondiente en marzo de 1822. Pero lo más importante, lo decisivo, como sabiamente lo había advertido San Martín, era lograr quebrar el frente conservador europeo reunido en torno de la Santa Alianza, apoyada por Gran Bretaña, que respaldaba a España en sus nostálgicas pretensiones imperiales sobre las ex colonias americanas. Se hacía imprescindible el reconocimiento de nuestra independencia por parte de la corte de Londres que, se sabía, iba a arrastrar a las demás potencias europeas dejando en soledad a España y a los Estados Pontificios que habían condenado la insurgencia latinoamericana.

El Estado de Buenos Aires sabía que el idioma que mejor se entendía en el Parlamento británico era el de la City y venía tramitando con la Casa Baring de Londres el famoso empréstito que inauguraría nuestra deuda externa y sería el pasaporte más seguro hacia el reconocimiento. El 31 de marzo de 1824, poco después de concedido el crédito por la Baring por un valor nominal de un millón de libras de las cuales llegarán poco más de la mitad, llegó el nuevo cónsul de Su Majestad, Mr. Woodbine Parish. El cónsul inglés detectó rápidamente las "oportunidades de negocios" que ofrecían estas pampas: "Muy poco se han alterado las costumbres de estos selváticos hijos de las llanuras sudamericanas: medio salvajes, medio cristianos, son casi lo mismo de lo que eran en 1800, con la diferencia de que entonces sólo hacían la guerra a los animales, y que ahora les han enseñado a hacérsela los unos a los otros. Los precios módicos de las mercancías inglesas, especialmente las adecuadas al consumo de las masas, les aseguraron una general demanda en el momento de abrirse el comercio. Ellas se han hecho hoy artículos de primera necesidad en las clases bajas de Sudamérica (...) Cuanto más barato podamos producir estos artículos, tanto más consumo tendrá. Cada adelanto de nuestra maquinaria contribuye a la comodidad y bienestar de las clases más pobres de aquellos remotos países, al mismo tiempo que perpetúa nuestro predominio en sus mercados".
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Mientras tanto, Rivadavia había sido enviado a Londres con el objetivo de lograr el ansiado reconocimiento, pero según cuenta el funcionario inglés más proclive a aquella medida, George Canning, Rivadavia estaba en otra cosa: "Mientras permaneció aquí, Mr. Rivadavia estuvo en constante relación con establecimientos comerciales de este país, establecimientos muy respetables pero que, sin embargo, están integrados por personas profundamente interesadas en la fluctuación de los asuntos comerciales. Deseo que no pierda oportunidad de convencer a Mr. García de lo inconveniente que resulta que el gobierno de Buenos Aires ponga la gestión de sus asuntos en manos de cualquier persona en semejante situación. Confío en que el ministro que elija Mr. García para residir en esta Corte recibirá instrucciones para evitar tales relaciones. Es absolutamente necesario para el prestigio del Gobierno evitar toda comunicación que pueda influir (...) en las transacciones comerciales de la Metrópoli, y no ocultará usted a Mr. García que me sería muy difícil mantener cualquier relación confidencial sobre asuntos políticos con un Ministro extranjero cuyas circunstancias fueran tales como para motivar sospechas aparentemente fundadas de que estuviese interesado en el bienestar de cualquier establecimiento particular" (1).

Más que las "gestiones" de Rivadavia, fueron determinantes en la decisión inglesa la definitiva derrota española en Ayacucho y las presiones de los hombres de negocios londinenses y de los tres mil quinientos ingleses que por entonces vivían en Buenos Aires, regenteando los más ricos las cuarenta casas comerciales británicas instaladas en la ciudad puerto. El Parlamento inglés aprobó las gestiones para la firma de un tratado de amistad, comercio y navegación el 15 de diciembre de 1824, que fue impuesto como requisito para el reconocimiento de nuestra independencia. Fue firmado en Buenos Aires el 2 de febrero de 1825 y será la puesta por escrito de la voluntad británica y de nuestra clase dirigente de entonces de asignarle tempranamente al país un papel inamovible en la división del trabajo que Gran Bretaña imponía al mundo: el de simple productor de materias primas y comprador de manufacturas.

Buenos Aires es "el sitio más despreciable que jamás vi, me colgaría de un árbol si esta tierra miserable tuviera árboles apropiados". Así escribía, no sin dejo romántico y notable exageración, a su llegada a estas tierras, John Ponsonby, barón de Imokilly, enviado extraordinario y ministro plenipotenciario de Gran Bretaña ante las Provincias Unidas tras la firma del Tratado, quien o era masoquista o se adaptó porque vivió en estas tierras nueve años. Woodbine Parish, afectado por la designación de Ponsonby, había escrito que "un high aristocrat está poco calificado para tratar a los bajísimos demócratas con quienes debemos alternar aquí". Pero la designación de Ponsonby venía por el lado, literalmente, menos pensado. El caballero, pese a sus sesenta años, era un dandy galante que había atraído el interés de lady Conyngham, amante del rey Jorge IV. Para alejarlo de Londres se le buscó un empleo "lo más lejos posible". Y no encontraron nada más retirado que Buenos Aires.

El "castigado" Ponsonby fue recibido por Rivadavia el 1º de septiembre de 1826, con guardia de honor y salvas de artillería, lo que no pareció conmover mucho al Lord que un mes después escribía sobre Rivadavia: "El Presidente me hizo recordar a Sancho Panza por su aspecto, pero no es ni la mitad de prudente que nuestro amigo Sancho". Durante aquella breve presidencia de Rivadavia que duró apenas un poco más que el gobierno de Sancho en la ínsula Barataria, se profundizaron los "lazos" y se incrementó notablemente la influencia británica en la economía y la política locales. Esto quedó evidenciado en la activa intervención de la diplomacia inglesa en la guerra contra el Brasil. El gobernador Dorrego fue violentamente presionado para firmar la paz con los brasileños al costo de perder la Banda Oriental, que se transformó -según los deseos británicos – en un Estado independiente para evitar que Buenos Aires controlara las dos orillas del Plata.

Las relaciones del Imperio con Rosas fueron excelentes con la importante excepción del bloqueo al puerto de Buenos Aires de 1845 y del combate de la Vuelta de Obligado. Terminado el conflicto, las cosas volvieron a la normalidad y Rosas pudo, tras la derrota de Caseros, el 3 de febrero de 1852, asilarse en la casa del cónsul inglés y partir rumbo a su exilio en Inglaterra. Ya en el '80 con Roca y su generación en el poder, la presencia británica en nuestro país se fue tornando decisiva: bancos, ferrocarriles, frigoríficos y empresas inmobiliarias con sede en Londres controlaban sectores clave de nuestra economía. La Argentina se convirtió en uno de los principales destinos de las inversiones británicas. Esta presencia económica tenía su lógico correlato en el poder político: llegan al poder presidentes, ministros y todo tipo de funcionarios que habían sido o seguían siendo abogados y representantes de empresas inglesas. Se tomaron decisiones clave, como la neutralidad argentina frente a la Primera Guerra Mundial – durante la presidencia de Victorino de la Plaza – privilegiando los intereses británicos a los que les convenía mucho más una neutral proveedora de alimentos que una aliada de escasa importancia militar.

Pero el broche de oro llegaría el 1 de mayo de 1933 con la firma del Pacto Roca Runciman, en el que Gran Bretaña, como aquel primer "acuerdo" de 1825, no se comprometía prácticamente a nada y obtenía todos los beneficios. La clase dirigente argentina de la Década Infame hizo oídos sordos a las valientes denuncias de Lisandro de la Torre en el Senado de la Nación. Muy lejos quedaban las palabras de San Martín expresadas en una carta a Mariano Chilavert fechada en enero de 1825 en la que le decía: "Ya tiene usted reconocida nuestra independencia por la Inglaterra; la obra es concluida y los americanos comenzarán ahora a disfrutar el fruto de sus trabajos y sacrificios".

(1)C. K. Webster, Gran Bretaña y la Independencia de América Latina, Buenos Aires, Eudeba, 1968.

Clarín, 14 – 12 – 08

La Quinta Pata

¿Y dónde están las joyas?

¿Y dónde están las joyas?

Carlos Campana

Hace 193 años el pueblo de Cuyo, recién emancipado, reunía objetos de valor para organizar la defensa contra una temida invasión realista que nunca llegaría. Curiosidades sobre el histórico suceso que reunió a las damas mendocinas, San Martín y Álvarez Thomas. ¿Es cierto que San Juan recolectó más dinero que Mendoza? ¿Que no se sabe cuál fue el destino de los fondos? ¿Y que fue el primer gran hecho de corrupción de nuestra historia?

En diciembre de 1815 llegó a Buenos Aires un cargamento de joyas y otros artículos de valor, enviado por el pueblo de Cuyo.

El motivo fue el pedido que hizo el Director Álvarez Thomas para organizar la defensa contra la invasión realista que había enviado Fernando VII hacia el sur, para recuperar sus territorios perdidos en América del Sur. ¿Cuál fue el destino de las joyas donadas por la alta sociedad cuyana? Empecemos a develar el misterio.

La invasión tan temida
En 1815 todo Buenos Aires se conmocionó al enterarse de que una importante flota había partido desde el Puerto de Cádiz para sofocar la revolución que años antes se había producido en nuestro territorio.

Meses después fue confirmado que las naves estaban reaprovisionándose en Tenerife y seguirían su rumbo hacia Buenos Aires, capital de los rebeldes.

El pánico cundió en todos los pobladores y el gobierno de las Provincias Unidas llamó inmediatamente a una junta militar para esbozar un plan defensivo. Mientras tanto, todos los varones a partir de los 14 a los 60 fueron convocados para instruirse en el manejo de las armas. Toda la población estaba en pie de guerra.

Conmoción en Mendoza
La alarmante noticia no tardó mucho en llegar a Mendoza y el Director interino Álvarez Thomas comunicó al gobernador de las provincia de Cuyo, José de San Martín, que los realistas atacarían Buenos Aires con unos 10.000 hombres y solicitó enviar recursos monetarios, como también armas y soldados para defender la Capital.
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A pesar de la difícil situación que vivían las provincias de Cuyo, el pueblo y cada ciudadano debería ofrecer su sacrificio por la libertad de la patria. Era necesario que colaboraran con cualquier especie.

El gobernador de Cuyo comprendió la solicitud y comunicó al gobierno central que, a pesar del estado de pobreza en que se encontraban los habitantes, el pueblo colaboraría con todo lo que fuera necesario. Días después, los representantes del Cabildo y el gobernador San Martín se reunieron en la sala capitular para resolver aquel pedido y emitir una proclama.

El esfuerzo de Cuyo
Dos días después el gobernador promulgó el bando e invitó a todos a dar donativos y se nombró a los individuos para que integraran una comisión que diera cuenta de los resultados de las donaciones; pasaría al Cabildo mendocino y desde el gobierno de la Intendencia se enviaría al Director de las Provincias Unidas.

Formada esta comisión, comenzó a recibir de algunos ciudadanos (especialmente de varias damas mendocinas) objetos de valor. También se realizó la misma tarea en San Juan y en San Luis.

El producto de lo recaudado fue de 11.000 pesos por parte de Mendoza y 13.632 por San Juan y otro tanto de San Luis.

En octubre todos los donativos recibidos por la comisión de recurso pasó al gobernador José de San Martín y éste lo envió por correo extraordinario con escolta a Buenos Aires.

Dos meses después, el producto de lo recaudado por las provincias de Cuyo se entregó a la tesorería de la Nación para su venta.

El que espera, desespera
Todos aguardaban la inminente invasión a Buenos Aires y sus pobladores se preparaban para recibirla. Así pasaron los días, los meses y la temida expedición, que tuvo en vilo al gobierno de las Provincias Unidas, desvió su curso para invadir el norte de América del Sur.

En esta ofensiva cayeron Venezuela, Nueva Granada y Quito y así, reconquistó estos territorios para apuntar directamente su ofensiva hacia el territorio de las Provincias Unidas. Esto dio un gran alivio al gobierno del Río de la Plata y aceleró la iniciativa de declarar la independencia con respecto a España.

¿Quién se quedó con el vuelto?
¿Qué pasó con la donación que hizo Cuyo? La respuesta es muy simple: el gobierno de Buenos Aires, se quedó con todo el dinero y jamás lo utilizó para sufragar los gastos de la defensa.

Nunca se supo cuál fue el destino de aquel donativo. Se especula que algunos de los “patriotas”, se quedaron con ese dinero. Trasladándolo en el tiempo, ocurrió algo similar en 1982, con los donativos que el pueblo argentino realizó en todo el país, en la recordada guerra de Malvinas. Mucho de lo recaudado nunca se supo dónde fue. Otro capítulo repetido en la Historia Argentina.

Los Andes, 14 – 12 – 08

La Quinta Pata

lunes, 1 de diciembre de 2008

¿Juan de La Cosa o Sebastián de Ocampo?

Juan de La Cosa

Nelly Ruiz de Zárate

Negada rotundamente la insularidad de Cuba en un acta firmada en junio de 1494, por todos los pilotos, navegantes y cartógrafos que habían acompañado al descubridor, Cristóbal Colón, so pena de multa, encarcelamiento y mutilación de la lengua, el hecho de que en 1500 apareciese en España un mapa donde aparece dibujada Cuba como una isla y con una configuración muy semejante a la que en realidad tiene, causó un gran revuelo por el desafío que significaba a las concepciones geográficas y a las previsiones del Gran Almirante genovés.

El que consagraba con su autoridad indiscutible de Piloto Mayor y de gran cartógrafo, ese primer mapa auténtico de Cuba era el navegante vasco, nacido en Orduña, Juan de Lakosa, más conocido por la versión castellanizada de su nombre Juan de La Cosa.

Atreverse a plasmar, en un mapa, una isla suponía un conocimiento previo de sus costas y en alguien tan autorizado como de Lakosa, todo indicaba que fuese así, ya que el cronista de Indias, Pedro Martyr de Anglería recoge en sus escritos de 1499 la siguiente afirmación: “Y no faltan quienes se atrevan a decir que han dado vuelta a Cuba” y en ese momento el único que había concluido una exploración por aquellos mares era Alfonso de Ojeda que capitaneaba una carabela piloteada, precisamente, por Juan de Lakosa.

El controvertido mapa fue copiado por el italiano Cantino que lo divulgó por Europa, dándole la gloria al navegante vasco de ser el primero en asegurar la insularidad de Cuba y en negar su continentalidad.

Las reales órdenes de Fernando de Aragón
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Regente de los reinos castellanos a la muerte de su esposa Isabel I, el monarca aragonés, reconvino repetidas veces al gobernador de La Española – hoy Santo Domingo – para que investigase sobre la posibilidad de asentarse en Cuba, pero sin que se cumpliesen sus recomendaciones, hasta que finalmente dicta en Toro el 27 de diciembre de 1504 una Real Cédula en la que encarece “Al Comendador Mayor de Alcántara, Gobernador de las Islas y Tierra Firme del Mar Océano, fray Nicolás de Ovando” que explorase Cuba “ que se cree que es tierra firme e ay en ella cosas de especiería e oro e otras cosas de provecho”.

La insistencia real obliga a Ovando a comisionar al hidalgo gallego Sebastián de Ocampo a que equipase dos carabelas para el bojeo de las costas de Cuba, demorándose la salida por la dificultad en el avituallamiento y en el enrolamiento de personal, ya que era conocido que los habitantes de Cuba atacaban a los tripulantes de los bergantines que recalaban en sus costas, situación esta, debido al conocimiento que tenían los indios de las crueldades de los españoles con sus hermanos de Santo Domingo y por la experiencia propia de las veces que habían sido “visitados”.

De ahí que el proyecto en su fondo tenía el objetivo, no de corroborar si era una isla o un continente, eso se conocía ya, y todos los nautas españoles reconocían como bueno el mapa de Lakosa sino que la expedición a las costas cubana obedecía al interés de tantear, explorar e informar sobre las posibilidades para una empresa de mayor envergadura: la conquista del territorio para buscar riquezas. De este parecer fue el cronista Fernández Oviedo que dice: “Se fue a tentar si por vía de paz se podría poblar de cristianos la Isla de Cuba e para sentir lo que se desía proveer, si acaso fuese que los indios se pusiesen en resistencia.

El bojeo de Ocampo
A raíz de la sustitución de Ovando en el gobierno de La Española por Don Diego Colón, el hijo del Almirante, entre el 15 de abril y el 10 de julio de 1509, sale al fin la flotilla del puerto de Santo Domingo y comienza el bojeo de las costas cubanas reconociendo los lugares visitados por Colón en su primer viaje.

Pasando por la punta de Maternillos, siguió Ocampo a occidente bordeando la costa, por lo que la navegación dificultósele en extremo, por el riesgo que suponían las formaciones coralinas, los bancos de arena y los innumerables cayos llamados después Jardines del Rey, hasta la ensenada de Camariocas y Punta de Hicacos.

Inquieta la tripulación por la accidentada travesía y el constante peligro de encallar, presionaba a Ocampo para regresar, cuando arriban a la desembocadura de un canal, frente a una bahía de costas limpias y despejadas – Matanzas – que calmó los ánimos de los marineros que desesperaban ya de salir de un arrecife a otro, y de una escollera a otra.

Pero las carabelas de Ocampo habían sufrido mucho la acción destructiva de la broma – molusco acéfalo – y tenían las quillas deshechas por los corales, por lo que se vio obligado a buscar un puerto apropiado para reparar sus naos y dar reposo a sus marinos.

Navegando penosamente llegan a un puerto de entrada angosta parecido a la desembocadura de un río por el que se llegaba a una bahía amplia y acogedora de márgenes de fácil arribada. Supliendo el alquitrán y la brea para calafatear sus naves, por el chapapote que brotaba de una fuente abundantísima en las cercanías del puerto, el que por esta razón de carenar sus naves, allí llamó Ocampo: Carenas – hoy, La Habana.

Doblando el cabo de Guaniguanico, que él llamó de San Antonio, en el extremo occidental de Cuba, Ocampo empieza a navegar hacia el oriente, bordeando la costa sur y llegando a la ensenada de Cortés, que ya había sido reconocido por Colón, al término de sus exploraciones en Cuba.

Sortea los escollos del mar sureño y entra “por un brazo de mar en un puerto tan espacioso y bello como el de Carenas, situado en una comarca que sus naturales llaman Jagua”. “Este puerto es de los mejores y más seguros para mil naos que se pueden hallar en el mundo” donde fue bien servido por los indios que le ofrecieron casabe y abundante carne de tortuga y careyes, de lisas – pesacado que guardaban capturado en enormes corrales, para su alimentación.

Luego de abandonar la bahía de Jagua, sede del gran cacicato de su mismo nombre, el navegante Ocampo prosiguió su travesía de bojeo hasta llegar al cabo Cruz, el que sobrepasó, para dirigirse a Santo Domingo, cumplida la empresa a cabalidad, tras informar de la índole “pacífica” de los naturales de la Isla y recomendar la fertilidad de su suelo.

España consideró el bojeo de Ocampo como el primero en realizarse por su carácter de gestión oficial, y tres años más tarde Diego Velázquez en son de guerra y conquista principiaba la ocupación.

La posteridad ha desconocido el gran aporte hecho por Juan de Lakosa, el insigne navegante vascongado que murió en 1510 a manos de los indios del Darién, después de dejar dos notables mapas: uno de África, según los datos obtenidos hasta 1500 y otro de los descubrimientos de Colón y sus sucesores, en el que figuran también las tierras de Europa, Asia y África.

Compañero abnegado y piloto de Alonso de Ojeda, de Rodrigo de Bastida, después de serlo de Colón, realizó siete viajes de exploración a América guiando con mano segura el timón de las naos descubridoras, trazando rutas de navegación inéditas y cartas geográficas originales.

Juan de Lakosa el gran marino de la tierra de los hombres que siglos ha, tras la ballena, llegaron a las costas de América, historia perdida en las consejas medievales, sobre las expediciones de los vascos a Terranova en el siglo XIII.

Juventud Rebelde, 08 – 02 - 78

La Quinta Pata

domingo, 30 de noviembre de 2008

Navegando con Magallanes y Caboto

El malón y la cautiva

Felipe Pigna

Las primeras expediciones europeas al continente americano fueron motivo de despiadadas disputas. Alentados por riquezas visibles e imaginarias, peleaban por los derechos sobre los territorios descubiertos.

Una de las principales preocupaciones de la Corona española a comienzos del siglo XVI era evitar que los portugueses se le anticipasen en el descubrimiento del anhelado paso interoceánico. Y qué mejor para lograrlo que recurrir a un piloto portugués. Así fue contratado don Fernão de Magalhães, que con su pase de equipo pasó a ser conocido como Hernando de Magallanes. Como era costumbre de la monarquía española, el dinero para financiar la expedición debían aportarlo los interesados y Magallanes consiguió que el rico comerciante Cristóbal de Haro se convirtiera en su socio capitalista en la aventura.

La expedición de Magallanes llegó a la bahía de San Julián, en la actual provincia de Santa Cruz, en marzo de 1520. Parodiando premonitoriamente a otro futuro capitán, pero ingeniero, el capitán portugués decidió que "había que pasar el invierno" y esperar la primavera. Los marinos comenzaron a asombrarse con lo que veían, como lo refleja este texto del cronista de la expedición, el italiano Antonio Pigafetta:
"Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. El comandante [...] mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas; enseguida se le condujo a tierra, haciéndole acompañar de cuatro hombres bien armados"(1).

Algunos dicen que de aquí deriva el nombre de toda la zona sur argentina conocida como Patagonia, porque los hombres de Magallanes llamaron "patagones" a esos habitantes originarios. Cuando Magallanes advirtió las primeras señales de cambio de clima ordenó a la flota zarpar inmediatamente. Pero muchos marinos temían que yendo más al sur pudieran caerse del mapa y organizaron un cruento motín.
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Magallanes tomó drásticas medidas: dos capitanes, Luis de Mendoza y Gaspar Quesada, fueron pasados por el filo de la espada; Juan de Cartagena y el cura Pedro Sánchez Reina quedaron abandonados en la costa, tocándoles en suerte una muerte diferida. Logró sofocar este motín y ponerle su nombre al famoso estrecho. Pero, como Solís, no pudo disfrutar de la gloria. Murió en el viaje y fue reemplazado por su lugarteniente, Juan Sebastián Elcano, que sí logró llegar a Sevilla con sólo dieciocho sobrevivientes y pudo contarle a Carlos V las peripecias de la travesía y los interesantes negocios que podrían abrirse para el imperio. Entre las tierras pletóricas de potenciales negocios estaban las Molucas, repletas de las más amplias variedades de especias que se pudiera imaginar.

Pero no será Elcano el que haga buenos negocios con sus descubrimientos, sino su reemplazante, el marino veneciano educado en Inglaterra Sebastián Caboto, nombrado piloto mayor del reino a la muerte de Solís. Sebastiano Caboto era hijo de Giovanni, más conocido como John Cabot, por haber prestado servicios a la corona inglesa realizando expediciones a las costas norteamericanas desde 1497.

Caboto le propuso al emperador un minucioso plan para apoderarse de las Molucas y ponerlas rápidamente a producir. Carlos se entusiasmó y aprobó el proyecto, no sin antes emitir una real cédula contra el descontrol sexual a bordo. Caboto zarpó en 1526, dispuesto a cruzar el estrecho de Magallanes. Pero primero pasó por las Canarias y, lejos de los controles reales, embarcó unas cuantas "mujeres enamoradas", que era como se llamaba en aquel entonces a las prostitutas. Cuando llegó a Santa Catalina, cerca de la actual Florianópolis, escuchó por primera vez la leyenda que cambiaría su vida. Hablaba de un rey blanco que habitaba en un palacio con paredes de plata y cargado de tesoros. Caboto trocó las Molucas por la aventura del Río de la Plata.

Bajando por el Atlántico, lo sorprendió ver a un hombre con ropas europeas: era Francisco del Puerto, el único sobreviviente de "los de Solís". Del Puerto había convivido con charrúas y guaraníes, que habían logrado que la leyenda se transformara en su cabeza en una realidad cercana. Caboto lo incorporó a sus huestes y juntos surcaron el río que los indios llamaban Paraná y que los europeos, a falta de mejor nombre, decidieron aprender a nombrar.

En la confluencia con el Carcarañá fundaron el fuerte Sancti Spiritu, la primera población española en tierras argentinas. Pero Caboto tenía la idea fija y no tenía tiempo para andar poniendo placas recordatorias. Dejó en el fuerte a treinta hombres intensamente armados, poniendo en práctica la lección aprendida desde Solís, y partió en busca del rey blanco. Carlos V seguía esperando alguna noticia sobre las Molucas. De manera que se impacientó y mandó a averiguar qué le había pasado a Caboto. La expedición "de rescate" estaba al mando de Diego García, antiguo compañero de Solís, y llegó a estas playas en febrero de 1528. El encuentro derivó en una feroz pelea, hasta que García entendió que le convenía bajar el copete y hacerse amigo de Caboto a cambio de una participación en las ganancias, que total el emperador Carlos no tenía cómo enterarse. Rápidamente, las dos expediciones unificadas comenzaron a navegar por el río Paraguay hacia el norte.

Los de Sancti Spiritu comenzaron a maltratar y a esclavizar a los indios y estos, al mando de los caciques Siripo y Marangoré, respondieron como corresponde a quien defiende lo suyo: atacaron el fuerte el 2 de setiembre de 1529, hasta no dejar más que ruinas. Muchos años después, el capitán Monasterio, armero del ejército de Manuel Belgrano, bautizó a uno de sus cañones con el nombre del jefe guerrero Marangoré, en homenaje a su heroica resistencia a los invasores.

Ingeniosamente, y para demonizar a los habitantes originarios, el cronista Ruy Díaz de Guzmán inventó el mito de Lucía Miranda, la bella esposa del oficial invasor Sebastián Hurtado, uno de los jefes que regularmente salían a la caza del indio desde Sancti Spiritu. La leyenda, que remitía a varios episodios similares de la Ilíada y la Odisea, cuenta que el "malvado cacique" Marangoré y su hermano Siripo atacaron el fuerte y mataron a todos sus ocupantes. Les perdonaron la vida a Lucía, a otras cinco mujeres y a los niños.

Pero Marangoré y su hermano Siripo se enamoraron perdidamente de Lucía. Hurtado, que no estaba en el momento del ataque, se dejó apresar para tratar de rescatar a su mujer y fue condenado a muerte. Siripo lo perdonó tras las súplicas de Lucía, que le juraba que ya no deseaba a su marido. A los pocos días la pareja de españoles fue sorprendida in fraganti; Lucía fue a parar a la hoguera y Hurtado fue lanceado. El historiador Vicente Fidel López desmiente categóricamente la veracidad de la leyenda. Lo cierto es que de Sancti Spiritu sólo quedaron leyendas y cenizas. Enterados Caboto y García de lo sucedido, se apresuraron a regresar, pero llegaron tarde. De los doscientos, sólo veinte arribaron vivos a Sevilla el 22 de julio de 1530, y lograron difundir la noticia de que habían llegado hasta muy cerca de las tierras del rey blanco. A poco de llegar, Caboto y García comenzaron a pleitear entre ellos por los derechos sobre los nuevos territorios "descubiertos" y las prerrogativas para armar una expedición que llevara a uno de los dos a las míticas tierras del rey blanco.

Harto de las disputas, Caboto se mudó de corte y se puso al servicio de Eduardo VI, nuevo rey de Inglaterra, quien en 1547 lo nombró piloto mayor de Inglaterra. Desde aquel cargo impulsó la exploración del Canadá, iniciada por su padre. Creó y presidió la Compañía Real de los Mares del Norte, encargada del comercio inglés con Rusia. A su muerte, dejó una colección de notas y mapas de gran importancia, que la reina María Tudor entregó a su marido, Felipe II de España. No sabremos nunca qué hubiese opinado Caboto de estas vueltas de la vida.

(1)Antonio Pigafetta, Primer viaje en torno del globo, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1971.
Clarín, 30 – 11 – 08

La Quinta Pata

Un tesoro escondido en el corazón de la cordillera

Un tesoro escondido en el corazón de la cordillera

Carlos Campana

Algunas leyendas -y documentos que descansan en archivos del país y del extranjero-, indican que un cargamento de oro del siglo XVIII sigue oculto, cerca de Punta de Vacas.

La cordillera de los Andes esconde muchos secretos que están guardados entre sus entrañas.

Momias incas, construcciones y restos de civilizaciones precolombinas. Pero los rastros de una leyenda indican que también hay escondido un tesoro de doblones de oro que se perdieron a fines del siglo XVIII y que hoy sigue oculto en algún lugar, acaso muy cerca de Punta de Vacas.

Es más: documentos que se encuentran en diferentes archivos del país y del exterior confirman la pérdida de este cargamento.

Los caudales por rutas seguras
Desde el siglo XVII, los españoles utilizaron el camino de la cordillera de los Andes para transportar mercadería o caudales. Estos últimos eran llevados desde Chile a España por vía terrestre; primero desde Santiago hasta Mendoza en mulas y luego en carreta hacia Buenos Aires, para luego cruzar el Atlántico en buque, hasta el puerto de Cádiz.

No cabe duda de que esta era la ruta más corta y más segura, ya que se eliminaba el viajar desde el Océano Pacífico hacia el Atlántico en barco y pasar por el Estrecho de Magallanes, desviándose miles de kilómetros hacia el sur.

Un viaje complicado
A fines de noviembre de 1793, un transporte de caudales conducido por cinco personas, partió con 33 mulas desde la Casa de la Moneda en Santiago de Chile con rumbo a Buenos Aires. El administrador revisó el cargamento en detalle, contando los doblones de oro y selló cada bolsa de cuero. Luego entregó a los muleteros -como les decían en aquellos años- los zurrones, quienes los cargaron en las mulas.
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Todo estaba listo y partieron por la calle principal; cruzaron el puente del Mapocho y siguieron hacia el “camino Real”. Después de realizar la primera parada en la estancia de Chacabuco, se dirigieron hacia el pueblito de Los Andes; desde allí realizaron el monótono itinerario que recorrían desde hacía años: Río Colorado, Ojo de Agua, Guardia Vieja, Las Peñas, Juncalillo, las Calaveras.

Luego de 8 horas de viaje, acamparon y desmontaron el precioso cargamento de las mulas.

Dos de ellos se encargaron de cuidarlos y los otros restantes descansaron a la orilla de un arroyo. Este descanso se hacía antes de cruzar lo más alto de la cumbre, es decir, por el Paso de Bermejo, a 3.850 metros sobre el nivel del mar.

Al llegar al Paramillo de Las Cuevas, ya en territorio mendocino, un temporal de nieve atrapó a los transportistas. Faltaba poco para llegar a la casucha del Paramillo. Abrigados con sus ponchos, el viento blanco pegaba en las caras curtidas de aquellos abnegados individuos. El esfuerzo valió la pena y pudieron llegar a la casucha que estaba provista de leña, alimentos y abrigo para pasar allí hasta que amainara el temporal.

Cuando la tormenta de nieve se disipó siguieron el camino hacia Mendoza. Llevaban un día de atraso y el capataz decidió emprender una marcha nocturna, que era bastante peligrosa, pero la carga había que entregarla puntualmente y no había tiempo que perder.

En esa noche, para poder sobrellevar el frío, los cinco troperos se abrigaron muy bien y dos de ellos ingirieron más aguardiente de lo debido. Desde allí partieron rápidamente. La luna llena hacía su aparición en el oscuro cielo entre las montañas y en un lugar llamado Peñón Rajado, las cargas se cayeron al lecho del río, sin que los últimos se dieran cuenta.

Cuando llegaron al amanecer, notaron que faltaba parte del cargamento. Al enterarse el capataz, comenzó a pelearse con los dos responsables de la pérdida. Luego llegaron a la ciudad y tuvieron que realizar las descargas pertinentes ante el administrador de Aduana, quien les inició un sumario a cada uno de ellos.

Cuando un virrey se enloqueció
Al enterarse el Virrey Nicolás de Arredondo del extravío de los doblones de oro, casi se volvió loco y ordenó al Real Consulado de Buenos Aires enviar urgente a Mendoza a Juan Antonio Caldera y Vivar, con el objeto de buscar el valioso cargamento perdido en la cordillera.

Luego de un viaje de dos meses, Caldera llegó a la aldea mendocina y comenzó con las investigaciones, interrogando a los transportistas y llegando a la conclusión de que la estimada carga se había extraviado en un punto de la cordillera cercano a Punta de Vacas. Hasta allí viajó en varias ocasiones sin encontrar ni rastro de un solo doblón.

Después de buscar unos meses, el comisionado Juan Antonio Caldera tomó la primera galera y regresó hacia Buenos Aires.

Una fortuna que duró poco
Pasaron muchos años... cierto día, un anciano -que en sus tiempos de juventud había escuchado aquella noticia de la pérdida de los doblones-, se animó a investigar en la zona. Con perseverancia, el viejo buscó por los lugares que tradicionalmente se señalaban. Al parecer, la suerte estuvo de su lado y pudo dar, en una barranca del río Mendoza, con cientos de monedas de oro; eran parte del tesoro perdido a fines del siglo XVIII.

Con la ambición de encontrar la otra parte del precioso cargamento, el anciano se refugió en una cueva, alojándose por varios meses. El viejo se enfermó con cierta gravedad y, sabiendo que podría morir, enterró gran parte del tesoro a orillas de un arroyo, muy cerca del lugar donde habitaba. Como sabiendo que acercaba su hora, casi sin fuerzas, tomó su mula y se dirigió a Uspallata.

Varias horas después, llegó a la vieja posta y contó que había encontrado el cargamento de los doblones de oro perdidos en 1793. A los pocos días el viejo murió llevándose a la tumba el secreto.

Sabemos que hoy aquellas monedas de oro siguen enterradas en algún lugar de la cordillera.

Los Andes, 30 – 11 – 08

La Quinta Pata

lunes, 24 de noviembre de 2008

Tuerto Pérez: El bandolero más sanguinario de Mendoza

Tuerto Pérez

Carlos Campana

El curioso relato de un matrero que tuvo en vilo a la provincia. Tras una vida dedicada a la fuga, fue ultimado por un general de la Nación: José de San Martín.

Mendoza. Santos Guayama, el gaucho Cubillos y Bairoletto, han quedado registrados en la memoria de todos los mendocinos a través de sus aventuras y fechorías.
Pero existió un delincuente que superó a todos ellos y fue olvidado por la historia. Se trata de José “tuerto” Pérez, un delincuente que por muchos años tuvo en vilo a las autoridades en la primera década del siglo XIX.

Nacido en el Infiernillo
Nadie sabe en qué año nació. Algunos escritos dicen que vio la luz a fines del siglo XVIII, en una tapera del barrio llamado “el Infiernillo” -hoy distrito de Dorrego en Guaymallén-; en aquel entonces, era el lugar de prostíbulos y pulperías.
De padre desconocido, su madre le dio su apellido. El pobre niño creció entre malos tratos y humillaciones por parte de los adultos que frecuentaban la tapera. Fue así como vivió José sus primeros años de vida, con un gran resentimiento que marcaría su carácter para siempre.
Era de esperar que en su adolescencia se juntara con algunos cuatreros para iniciarse como delincuente, robando en las haciendas el ganado para luego venderlo.

Pérez, el bandolero tuerto
El joven José Pérez era un hombre de mediana estatura, más bien robusto, tez morena, ojos oscuros y cabellos negros; un detalle que sobresalía era su barba a medio crecer. Vestía con un simple pantalón de bayeta gris, camisa blanca, poncho y ojotas de cuero.
En su cintura llevaba un facón y una pistola de chispa. Siempre estaba acompañando por un buen caballo.
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Corría el año 1814 y los cuatreros liderados por González, tenían a mal traer a las autoridades.
Luego de un asalto, el jefe había tomado gran parte del botín, repartiendo lo mínimo a sus secuaces. Pérez, ante esta injusta situación, sacó su facón y ambos se batieron a duelo; la lucha se prolongó por varios minutos, los dos eran muy diestros en el manejo de estas armas.
González lanzó un certero puntazo en la cara de su contrincante dejándolo fuera de combate.
Con el rostro ensangrentado, Pérez fue asistido por sus amigos. Igualmente, perdió un ojo.

Piratas de los caminos
Tiempo después, el “Tuerto” Pérez y sus compinches, elaboraron un plan que consistía en asaltar a las desprotegidas carretas de mercancía que iban hacia Buenos Aires.
Así comenzaron con los raids delictivos. En las inmediaciones del paraje de Corocorto, los malvivientes interceptaron a uno de los carreteros, quien al resistirse fue muerto por el “Tuerto” de un disparo.
Los cuatro maleantes desvalijaron la carreta llevándose todo lo que había en ella. A los pocos días de este suceso, una galera fue abordada por estos bandidos despojando a sus ocupantes de todos los objetos de valor.
El “Tuerto” siguió con sus correrías, desvalijando varias haciendas y matando a algunos de sus dueños.

La noticia de estos asaltos y asesinatos llegó hasta el despacho del entonces Gobernador Intendente de Cuyo, un tal coronel mayor José de San Martín a quien, además de tener que preocuparse por la defensa de la ciudad, ante la posible invasión de los realistas desde Chile, se le agregaba un nuevo problema.
Inmediatamente ordenó al encargado de las partidas volantes (así se llamaba la policía), la inmediata captura de estos marginados de la ley.

A cada chancho le llega su San Martín
El despiadado “Tuerto” siguió con sus asaltos y asesinatos que engrosaron su prontuario.
Hábiles a la hora de esconderse, las partidas volantes no podían encontrarlos.
El gobernador envió un destacamento de soldados al mando de un oficial, para buscar a Pérez y sus amigos, los que se unieron a las partidas celadoras. Ambos ejecutaron un amplio operativo en la zona Este, sin resultados positivos.

En el invierno de 1816, la improvisada policía capturó a varios desertores del Ejército quienes, al ser interrogados, comentaron haber visto a un cuatrero apodado“el Tuerto” y aportaron datos concretos del lugar donde estaba escondido.
En pocas horas una patrulla salió a buscarlo y, después de un enfrentamiento, Pérez y sus compañeros de andanzas fueron detenidos y llevados a la ciudad.

Su ejecución
El “Tuerto” fue a parar a la cárcel del Cabildo mendocino. A los pocos días se lo enjuició por sus delitos y asesinatos cometidos, condenándolo a la pena de muerte.
Con la frialdad y la soberbia que lo caracterizaba, al leerse la sentencia de muerte, el acusado se burló del magistrado. La ejecución sería al día siguiente en la Plaza Mayor -hoy Pedro del Castillo-. Al amanecer golpearon su celda y el prisionero salió, marchando con paso firme y sin arrepentimiento.
Todo estaba listo para la ejecución. El “Tuerto” en silencio quedó solo, frente a los soldados del batallón N° 8, quienes apuntaron con sus fusiles al condenado. El oficial dio la orden de ¡fuego! y el cuerpo de José “Tuerto” Pérez, se desplomó al suelo.
Después de unas horas, su cabeza fue colgada en un poste en un sector de la plaza, como era acostumbrado en aquel tiempo.

Meses después de esta ejecución, el General San Martín realizó la epopeya máxima de cruzar los Andes y liberar a Chile; quizá por eso la historia del bandolero más sanguinario de la historia mendocina quedó en el olvido.

Los Andes, 23 – 11 – 08

La Quinta Pata

domingo, 23 de noviembre de 2008

La primera batalla por la soberanía

Batalla por la soberanía

Felipe Pigna

Más allá de las polémicas que afortunada y deseablemente sigue despertando una figura tan interesante y clave de nuestra historia como la de Rosas, quizás uno de los aspectos más positivos de su gobierno haya sido el de la defensa de la integridad territorial de lo que hoy es nuestro país.

Debió enfrentar conflictos armados con Uruguay, Bolivia, Brasil, Francia e Inglaterra. De todos ellos salió airoso. Compartía con los terratenientes bonaerenses la seguridad de que el Estado no podía entregarse a ninguna potencia extranjera. No había tanto en Rosas y sus socios políticos y económicos una actitud fanática que se transformara en xenofobia ni mucho menos, sino una política nacionalista pragmática que entendía como deseable que los ingleses manejasen nuestro comercio exterior, pero que no admitía que se apropiaran de un solo palmo de territorio nacional que les diera ulteriores derechos a copar el Estado, fuente de todos los negocios y privilegios de nuestra burguesía terrateniente.

En el Parlamento británico se debatía en estos términos el pedido brasileño y de algunos comerciantes ingleses para intervenir militarmente en el Plata para proteger sus intereses: "El duque de Richmond presenta una petición de los banqueros, mercaderes y tratantes de Liverpool, solicitando la adopción de medidas para conseguir la libre navegación en el Río de la Plata [...] El conde de Aberdeen (jefe del gobierno) dijo que se sentiría muy feliz contribuyendo por cualquier medio a su alcance a la libertad de la navegación en el Río de la Plata, o de cualquier otro río del mundo, a fin de facilitar y extender el comercio británico. Pero no era asunto tan fácil abrir lo que allí habían cerrado las autoridades legales. Este país (la Argentina) se encuentra en la actualidad preocupado en el esfuerzo de restaurar la paz en el Río de la Plata [...]; perderíamos más de lo que posiblemente podríamos ganar, si al tratar con este Estado, nos apartáramos de los principios de la justicia. Pueden estar equivocados en su política comercial y pueden obstinarse siguiendo un sistema que nosotros podríamos creer impertinente e injurioso [...], pero estamos obligados a respetar los derechos de las naciones independientes, sean débiles, sean fuertes" (1).
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Se ve que el gobierno de Su Graciosa Majestad decía una cosa y hacía otra, porque en la mañana del 20 de noviembre de 1845 pudieron divisarse claramente las siluetas de decenas de barcos. El puerto de Buenos Aires fue bloqueado nuevamente, esta vez por las dos flotas más poderosas del mundo, la francesa y la inglesa, históricas enemigas en la Guerra de los Cien Años y en las campañas napoleónicas que debutaban como aliadas en estas tierras. El canciller Arana decía ante la Legislatura: "¿Con qué título la Inglaterra y la Francia vienen a imponer restricciones al derecho eminente de la Confederación Argentina de reglamentar la navegación de sus ríos interiores? ¿Y cuál es la ley general de las naciones ante la cual deben callar los derechos del poder soberano del Estado, cuyos territorios cruzan las aguas de estos ríos? ¿Y que la opinión de los abogados de Inglaterra, aunque sean los de la Corona, se sobrepondrá a la voluntad y las prerrogativas de una nación que ha jurado no depender de ningún poder extraño? Pero los argentinos no han de pasar por estas demasías; tienen la conciencia de sus derechos y ceden a ninguna pretensión indiscreta. El general Rosas les ha enseñado prácticamente que pueden desbaratar las tramas de sus enemigos por más poderosos que sean. Nuestro Código internacional es muy corto. Paz y amistad con los que nos respetan, y la guerra a muerte a los que se atreven a insultarlo" (2). La precaria defensa argentina estaba armada según el ingenio criollo. Tres enormes cadenas atravesaban el imponente Paraná de costa a costa sostenidas en 24 barquitos, diez de ellos cargados de explosivos. Detrás de todo el dispositivo, esperaba heroicamente a la flota más poderosa del mundo una goleta nacional.

Aquella mañana el general Lucio N. Mansilla, cuñado de Rosas y padre del genial escritor Lucio Víctor, arengó a las tropas: "¡Vedlos, camaradas, allí los tenéis! Considerad el tamaño del insulto que vienen haciendo a la soberanía de nuestra Patria, al navegar las aguas de un río que corre por el territorio de nuestra República, sin más título que la fuerza con que se creen poderosos. ¡Pero se engañan esos miserables, aquí no lo serán! Que treme el pabellón azul y blanco y muramos todos antes que verlo bajar de donde flamea". Mientras las fanfarrias todavía tocaban las estrofas del himno, desde las barrancas del Paraná nuestras baterías abrieron fuego sobre el enemigo. La lucha, claramente desigual, duró varias horas hasta que por la tarde la flota franco-inglesa desembarcó y se apoderó de las posiciones criollas. La escuadra invasora pudo cortar las cadenas y continuar su viaje hacia el norte. En la acción de la Vuelta de Obligado murieron doscientos cincuenta argentinos y medio centenar de invasores europeos.

Al conocer los pormenores del combate, San Martín escribía desde su exilio francés: "Bien sabida es la firmeza de carácter del jefe que preside a la República Argentina; nadie ignora el ascendiente que posee en la vasta campaña de Buenos Aires y el resto de las demás provincias, y aunque no dudo que en la capital tenga un número de enemigos personales, estoy convencido, que bien sea por orgullo nacional, temor, o bien por la prevención heredada de los españoles contra el extranjero, ello es que la totalidad se le unirán [...]; estoy persuadido será muy corto el número de argentinos que quiera enrolarse con el extranjero; en conclusión, siete u ocho mil hombres de caballería del país y 25 o 30 piezas de artillería volante, fuerza que con una gran facilidad puede mantener el general Rosas, son suficientes para tener en un cerrado bloqueo terrestre a Buenos Aires".

Juan Bautista Alberdi, claro enemigo del Restaurador, comentaba desde su exilio chileno: "En el suelo extranjero en que resido [...] beso con amor los colores argentinos y me siento vano al verlos más ufanos y dignos que nunca. Guarden sus lágrimas los generosos llorones de nuestras desgracias: aunque opuesto a Rosas como hombre de partido, he dicho que escribo con colores argentinos [...] No me ciega tanto el amor de partido para no conocer lo que es Rosas bajo ciertos aspectos. Sé, por ejemplo, que Simón Bolívar no ocupó tanto el mundo con su nombre como el actual gobernador de Buenos Aires; sé que el nombre de Washington es adorado en el mundo pero no más conocido que el de Rosas; sería necesario no ser argentino para desconocer la verdad de estos hechos y no envanecerse de ellos".

El embajador norteamericano en Buenos Aires, William Harris, le escribió a su gobierno: "Esta lucha entre el débil y el poderoso es ciertamente un espectáculo interesante y sería divertido si no fuese porque [...] se perjudican los negocios de todas las naciones". Los ingleses levantaron el bloqueo en 1847, mientras que los franceses lo hicieron un año después. El tratado definitivo de la Confederación con Inglaterra, la convención Arana-Southern, se firmó el 24 de noviembre de 1849. El gobierno inglés se obligaba a "evacuar la isla de Martín García". Por el artículo 4º, el gobierno de su Majestad reconocía "ser la navegación del Río Paraná una navegación interior de la Confederación Argentina y sujeta solamente a sus leyes y reglamentos, lo mismo que la del río Uruguay en común con el Estado Oriental".

Recién en 1850 quedaron normalizadas las relaciones con Inglaterra y Francia. Los bloqueos impusieron sacrificios a los sectores populares pero no tanto a los estancieros, financistas y grandes comerciantes. Estos grupos disponían de importantes reservas para sobrellevar los malos tiempos y de ventajas de todo tipo, entre ellas impositivas, como señalaba un publicista de la época: "El dueño de una estancia de treinta mil cabezas de ganado [...] podrá cancelar su cuenta corriente con el erario entregando el valor de cuatro novillos [...] La contribución anual de un propietario de primer orden iguala, pues, a la de un boticario, un fondero, o el empresario de un circo de gallos, sin más diferencia que el primero paga a la oficina de contribuciones directas, mientras los demás lo hacen en la de patentes" (3).

(1)Parlamentary Debates, 27 de junio de 1845.
(2)Arana, Enrique, Rosas en la evolución política argentina, Bs.As., Instituto Panamericano de Cultura, 1954.
(3)John Lynch, Juan Manuel de Rosas, Bs.As., Emecé, 1984.

Clarín, 23 – 11 – 08

La Quinta Pata

sábado, 22 de noviembre de 2008

A vos, ¿quién te cuenta la historia?

La historia vende

Hernán Brienza

El libro más vendido de la historia es la Biblia. Obra religiosa para algunos, libro de ficción para otros, no hay dudas de que la Biblia tiene mucho de un libro de historia. Es que la historia vende. Si no, que lo digan las editoriales argentinas. Cada año, sólo considerando las casas editoras más importantes, se publican entre 100 y 150 libros de historia argentina. Eso sin contar las novelas históricas. Por año, los O´Donnell, Lanata, Pigna, Balmaceda y compañía venden en librerías arriba de cien mil ejemplares. Junto a la literatura infantil, es el sector más próspero del mercado editorial argentino.

Pero no hay una sola forma de contar la historia. Desde los albores de la nación hasta hoy, convivieron distintas maneras de relatar el pasado. Y hoy, las distintas corrientes historiográficas hacen que el lector no profesional se pierda en el océano de libros que ocupan las mesas de las librerías.

Se hace necesario, entonces, una guía para saber quién es quién entre los que narran la historia nacional. También para saber de quiénes son herederos y hacia dónde dirigen su mira a la hora de escribir un libro. Se necesita algo así como una “historia de los historiadores”.

Elitistas, populares, revisionistas, divulgadores, anecdotistas, académicos: todos hijos y nietos de las primeras corrientes de la historia que representaron Bartolomé Mitre y Vicente Fidel López. No suelen pelearse entre ellos pero defienden posiciones muy distintas. Basta con leer sus libros para descubrirlo.

Entre publicaciones académicas, revistas como la eterna Todo es historia y los artículos que aparecen en revistas masivas, la historia nacional está tan presente como la política. Se cumple así la profecía lanzada por Juan Bautista Alberdi: “Entre el pasado y el presente hay una filiación tan estrecha que juzgar el pasado no es otra cosa que ocuparse del presente. Si así no fuere, la historia no tendría interés ni objeto. Falsificad el sentido de la historia y pervertís por el hecho toda la política. La falsa historia es origen de la falsa política”. La frase pertenece a ese interesante y zumbón ensayo titulado Grandes y pequeños hombres del Plata. Y sirve para pensar los usos que se han dado a lo largo de estos dos siglos a la historia argentina: un extenso combate intelectual entre distintas generaciones y escuelas para apropiarse de un pasado. Porque en el imaginario social y político quien se adueña de la memoria colectiva tiene la posibilidad de delinear un futuro compartido. La pregunta entonces, tras el auge de ventas de libros sobre el tema, es: ¿quién cuenta hoy la historia nacional y de qué manera lo hace?
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El debate capital de la historiografía argentina se produjo en 1881, cuando Vicente Fidel López, al publicar su Historia de la revolución argentina, criticó la obra de Bartolomé Mitre, lo que motivó una polémica notable, condensada en tres volúmenes, uno publicado por López bajo el título de Debate histórico, y dos por el general Mitre con el título Comprobaciones históricas y Nuevas comprobaciones históricas, en 1881 y 1882. En realidad se trata de la gran polémica sobre la historiografía vernácula, en la que se enfrentan las dos grandes escuelas estilísticas del siglo XIX, representadas por López y Mitre. La primera considera a la historia como un arte, donde lo sustantivo es la reconstrucción viva de los hechos, haciendo hablar y actuar a los personajes, interpretando las ideas y las pasiones de la época, en lo que se considera un acto de resurrección o evocación histórica. López recoge las versiones de la tradición oral en una narración llena de interés y color, que atrapa al lector. Como contrapartida, desdeña el método, no muestra demasiado afán en clasificar los documentos, no le interesa la verificación de los hechos sino la escenificación del drama.

La escuela mitrista, en cambio, considera que la historia debe ser elevada al nivel de una ciencia y basa su mirada en la investigación de los hechos para poder contrastarlos, a través del examen crítico de los documentos. De esa manera, intenta recuperar el método experimental de las ciencias naturales. Mitre define con claridad esa noción en su libro Comprobaciones históricas: “La historia no puede escribirse sin documentos que le den la razón de ser, porque los documentos de cualquier manera que sean, constituyen, más que su protoplasma, su sustancia misma. El documento es a la historia lo que la horma al zapato que fabrica el zapatero”.

La discusión de los llamados “padres de la historia” abrió la producción historiográfica en dos: de un lado los defensores de la metodología como reparo de la subjetividad y aquellos que apostaban a la reconstrucción y acercamiento del pasado al gran público. Con brocha gorda, uno podría decir que el mitrismo parió la “historia profesional” y que López alumbró a los divulgadores.

La escuela liberal tuvo sus herederos en lo que se conoció como la historia profesional, cuyos representantes prominentes fueron Emilio Ravignani y Ricardo Levene, José Luis Romero y la Academia Nacional de la Historia. Esta rama alcanzó su apogeo en las primeras décadas del siglo XX, y sus continuadores se reúnen en torno a la Academia y los institutos sanmartinianos o belgranianos. Su producción intelectual está ligada a los sectores más conservadores de la sociedad, como el Ejército y la Iglesia, y sus referentes más conocidos en el mundo editorial son Miguel Ángel De Marco e Isidoro Ruiz Moreno, entre otros. Se trata generalmente de una historia épica, de próceres y malditos, cuyo armazón principal –basado en la máxima sarmientina de Civilización o barbarie– toma partido por la organización liberal.

Esta escuela fue fuertemente cuestionada por la irrupción del nacionalismo y tomó fuerza la corriente conocida como revisionismo histórico. Escritores como Adolfo Saldías (Historia de la Confederación Argentina) y Rómulo Carbia iniciaron el camino que luego retomarían Carlos Ibarguren con su monumental biografía sobre Juan Manuel de Rosas, Ernesto Palacio, los hermanos Julio y Rodolfo Irazusta, estos últimos vinculados con un proyecto claramente conservador, elitista y de derecha.

En un primer momento el revisionismo se concentró en reivindicar la figura de Rosas como eje central de un proyecto nacional diferente al de la organización liberal liderada por Mitre, Sarmiento y Avellaneda. Pero con el paso del tiempo comenzó a entroncarse con las tradiciones populares de mediados de siglo XX como el yrigoyenismo –Gálvez y Raúl Scalabrini Ortiz– y el peronismo –Palacio, José María Rosa, Arturo Jauretche, entre otros–.

Una de las combustiones más interesantes del revisionismo se produjo tras el encuentro con el marxismo, ya entrados los 60. El revisionismo de izquierda –llevado adelante entre otros por Rodolfo Ortega Peña (Facundo y la Montonera, Felipe Varela), Jorge Abelardo Ramos (trotskista, autor de Revolución y contrarrevolución en la Argentina), Rodolfo Puiggrós (comunista, autor de Historia crítica de los partidos políticos) Milcíades Peña, y más cercanos en el tiempo Fermín Chávez y Norberto Galasso, entre otros– retoma algunos de los principales postulados del revisionismo tradicional, específicamente la centralidad de la contradicción nación-imperio, y le agrega también la contradicción de clases dentro de las fronteras, hendiendo la sociedad entre los sectores populares, encargados de llevar adelante la liberación social y nacional –tal el lenguaje de la época– y las clases dominantes ligadas con los intereses del capital trasnacionalizado.

La instauración de la democracia vino acompañada por la profesionalización del debate histórico. Durante los primeros quince años dominó el panorama intelectual la escuela de la historia social –heredera del estructuralismo francés y el marxismo británico–, de la mano de Luis Alberto Romero y Tulio Halperín Donghi. Fue la edad de oro para esta corriente que ocupó y sigue ocupando universidades y centros de investigación. Pero dentro del mismo espacio académico, el paradigma de la historia social comenzó a resquebrajarse hacia fines de los 90 con la irrupción de la “historia cultural” –política, de las ideas, de la vida privada, de las minorías.

El centro más importante de producción intelectual es el Instituto de la Universidad Buenos Aires Emilio Ravignani, dirigido por José Carlos Chiaramonte. Se trata de un espacio pluralista que contiene a académicos como Hilda Sabato, Fernando Devoto, Jorge Gelman –quien dirige la colección de divulgación Nudos– y que fue creciendo al ritmo de la profesionalización del oficio, de la adecuación metodológica a los estándares de los grandes centros de investigación. El otro punto de producción actual es la Universidad Nacional de San Martín, donde encabeza el centro de investigación Luis Alberto Romero. Otro referente de esta corriente es Horacio Tarcus, más centrado en la investigación de los sectores ligados a la producción de pensamiento y acción marxista en el siglo XX argentino.

El fenómeno de la globalización generó un repliegue hacia la reflexión y la introspección histórica, proceso que fue agudizado por la crisis económica política y social de 2001. Con el fin del siglo pasado, una nueva corriente historiográfica –la divulgación o el neorrevisionismo–, cultivada en años anteriores por Félix Luna, entre otros, logró ocupar el espacio social que la historia profesional, encapsulada en su asepsia metodológica, había dejado vacante en la sociedad. Jorge Lanata, con sus dos tomos de Argentinos, Pacho O’Donnell, con El grito sagrado y Felipe Pigna, con Mitos de la historia argentina, son los más exitosos representantes de esta tradición que ofrece miradas diferentes y ocultas de la historia y acerca el conocimiento del pasado a un público masivo.

La pelea, aunque cambien los actores y protagonistas, es la misma. Rigurosidad versus interpretación, cientificismo versus ensayística, elitismo versus popularidad. Mientras la historia profesional tiene el monopolio de la metodología, la divulgación, el de la popularidad. Y en el centro, un trofeo: el derecho a contar la historia, a repensar el pasado y, como dice Alberdi, a decretar cuál es la historia falsa y dictaminar, de esa manera, cuál es la buena política.

Crítica digital, 22 – 11 – 08

La Quinta Pata