domingo, 19 de octubre de 2014

“Siete martes siete”, testimonio mendocino de obra poética colectiva

Eduardo Paganini

El sábado 11 de octubre pasado fue presentado en la Biblioteca Popular Segundo Manuel Estévez de la ciudad de Tunuyán el libro “Siete martes siete” de autoría múltiple, pero singular.

La aparente contradicción anterior se explica en el hecho de que los responsables de esta aparición son diecisiete integrantes de un grupo de escritores, de un colectivo como frecuentan ahora los comentaristas actualizados: Learte es la denominación que reúne a estos creadores. Esta dualidad sería suficiente como explicación, pero en este especial caso la palabra singular se refiere también al hecho concreto del acontecimiento de naturaleza estética que encapsula al libro, ya que su factura, su acto de consistencia viene integrado por elementos que otorgan intensa originalidad al producto final.

En efecto, en primer lugar se debe señalar que cuando el lector desprevenido esperaba hojear una antología de varios autores y —como es uso y costumbre en estos terrenos— hallar un índice que demarque espacios bibliográficos y autorías, su presunción lectora se desvanece abruptamente puesto que, los textos que allí obran—ya líricos ya narrativos—, carecen de identificación autoral evidente, de modo tal que la palabra colectivo adquiere un valor mayor que la simple suma de sus partes. Con esta actitud, la plasmación de lo creado queda allí, como testimonio grupal, como efecto de la prolongada experiencia semanal de sumar y sumar esfuerzos y propuestas, ideas y sinsabores, hojas y hojas. Es verdad que al final surge una especie de guía orientativa como para rastrear autorías y pertenencias, pero su distribución y estructura está más cerca de una hoja de ruta que de un índice de la propiedad privada. No deja de tener ciertos atisbos de sorpresa esta contundente derrota del ego a manos del nosotros, tan poco visto en estos terrenos de la creación y la exaltación.

En segundo lugar, la singularidad surge porque Learte no entiende que sus poesías sean exclusivamente la única posibilidad, la sola consecuencia, el fruto de su labor, sino que cada vez que organizan un evento poético, viene complementado por una dimensión actoral, ya sea como performance, dramatización, o juego escénico. Nunca más cierta esa frase que define al libro como objeto cultural complejo, ya que en este caso rompe el borde bibliográfico y se expande hacia los bordes comunitarios plasmándose a través de la expresión verbal y corporal: una sala teatral, un aula, un micro de recorrido local, una plaza, un patio, una finca son los espacios donde Learte difunde su obra. Y así pasó con Siete martes siete que apareció envasado como acto de lectura y recitado de los poemas en una parada escénica dinámica y envolvente.

La tercera razón que coloca este atrevimiento cultural del grupo Learte en una situación singular lo constituye la originalidad en la idea de concepción de la obra. Podría decirse de modo esquemático que es un texto de tres dimensiones (o bien, de cuatro, si incorporamos el recientemente comentado plano de la actuación, que está regido por la línea de la temporalidad): tenemos una dimensión básica, elemental para todo libro de poesía que está constituido por su materia prima, por la lírica cristalizada en versos, o en su defecto a través de la prosa poética. Sin este condicionamiento el libro de poesía no existe (ley que muchos rimadores olvidan). En este caso hay poesía diversa, personal, vanguardista, utópica, existencialista, y así podríamos continuar con los calificativos que tanto nos calman cuando clasificamos. Pero a esta primera línea de contenido se superpone una segunda con otro valor y otro tono, puesto que aparece allí un narrador de cierto acontecimiento propio del relato policíaco que enmarca toda la obra. Ya en esta dualidad escritural, el lector tiene las posibilidades de avanzar en el texto según el abanico de tantas alternativas y opciones que se abren: como relato policial clásico (aunque deberíamos agregar “clásico argentino”, pues hay ingredientes identitarios inamovibles e imperdibles), como serie de textos líricos rodeados por prosa de ornamento, o bien su inversa una historia de pesquisa que posee las pruebas del delito (que no son otra cosa que los poemas), etc. etc. No satisfechos con esto, los creadores han ideado una tercera cuerda de avance en la lectura, para lo cual encontraron el cómplice ideal en el diseñador del libro (Daniel Favier) quien se encargó de insertar imágenes y apoyaturas gráficas al mejor estilo de aquellos viejos libros de espíritu lúdico, que reemplazaban partes de texto con íconos y figuras. Al mismo tiempo, este recurso abre otra puerta y es la de representar la apariencia de que todas estas páginas han sido analizadas y escrutadas por un grupúsculo de personajes investigadores detectivescos que indagan lo dicho y lo hecho por Learte, anotando de puño y letra reflexiones de absurdas hipótesis investigativas, con ello la obra toma el carácter de ‘libro intervenido’.

El libro es prologado por Noelia Gatica y anunciado en unas palabras previas de Andrés Collado.

Todo es un juego, todo es apto para jugar: el léxico, la sintaxis, la morfología, la rima, el verso, el párrafo, la hoja, el ícono, la imagen, el capítulo, el libro… pero todo esto es una corteza, una caperuza de placer y buen humor, que le hace bien a la lectura y la sostiene. Debajo de esta vestidura laten los textos líricos, con su alquimia vital, piedras filosofales que a través de sus mensajes tientan hacia la vislumbre de pequeños universos reglados por las fuerzas que se generan en el choque entre la vida y la muerte, y todo lo que allí sucede.

INTEGRANTES DE LEARTE
Santiago Omar Alonso,
Maximiliano Neila,
Mariano Ramírez,
Héctor Omar Méndez,
Claudio Castillo,
Cintia Alfaro,
Luisina Barcenilla Simón,
René Avelino Gatica,
Ana Julia Llull Darder,
Rodrigo Jesús Lucero,
Gianina Moyano,
Mabel Rodríguez,
Marcela Rosales,
Ignacio Sánchez,
Katia Tabarelli,
Vanesa Ríos,
Laura Giménez.

La Quinta Pata

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