viernes, 11 de diciembre de 2009

La mirada estratégica de Pekín

Sarah Davison
* (Traducción: Carlos Alberto Zito)
India y China se enfrentan en Afganistán.

En Afganistán están en juego dos estrategias geopolíticas diferentes. Mientras China logra consolidarse como un importante inversor e intenta erigir a Kabul como un futuro interlocutor comercial de peso, India retrocede ante el temor de beneficiar indirectamente a su enemigo Pakistán.

En el “gran juego” que tiene lugar en Afganistán, es China –y no India– la que está ganando. Pekín marca los puntos políticos más importantes en Afganistán y en la región a pesar de que Nueva Delhi suministró a Kabul una contribución de más de mil millones de dólares este año, y de que ambos países comparten una historia en común que supera los quinientos años.

En lugar de suministrar ayuda, China pone el acento en el comercio y en las Inversiones Extranjeras Directas (IED) que batieron todos los récords. En abril de 2009, la empresa estatal China Metallurgical Construction Corporation pagó 3.500 millones de dólares –más del doble de lo esperado– por la mina de cobre de Aynak, situada 50 kilómetros al sur de Kabul, en la provincia de Logar, controlada por los talibanes.

“Así como la presencia de China se afirma con una serie de éxitos diplomáticos y políticos, la de India es una crónica de fracasos resonantes”, estima Bhadrakumar, ex diplomático indio. En su opinión, China gana porque se mantiene concentrada en sus objetivos. Mientras tanto, India está obnubilada por su oposición a Pakistán, lo que le impide establecer lazos más estrechos con Kabul por temor a que resulten en beneficio exclusivo de Islamabad.

El ejemplo más flagrante es el del gasoducto entre Irán, Pakistán e India, al que Nueva Delhi no presta suficiente atención, a pesar de sus enormes necesidades. Este importantísimo proyecto hubiera podido ayudar a aliviar su escasez energética y estabilizar las relaciones regionales. La obra, que atraviesa Afganistán íntegramente, hubiera generado miles de empleos para la mano de obra afgana, desarrollando a la vez las capacidades técnicas que tanto escasean en el país. Pero Nueva Delhi teme volverse dependiente de su vecino, pues el gasoducto pasa por territorio paquistaní.
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Mientras las autoridades indias conciben a Afganistán como un lugar donde se juega su oposición con Islamabad, Pekín lo considera como un proveedor de riquezas petrolíferas, gasíferas o minerales, y como un futuro interlocutor comercial. Una estrategia pragmática que se muestra más sólida y más coherente y que, combinada con un arsenal financiero fuerte, contribuye a establecer confianza en la región.

El contenido de los proyectos, más que la dimensión misma de los programas, revela perfectamente la diferencia entre el gobierno chino y el indio. Pekín hizo inversiones en Aynak, la segunda reserva de cobre del mundo con más de 11 millones de toneladas. Además de los ocho mil empleos directos que se generarán, China se comprometió a construir una central eléctrica de 400 megavatios, una fundición de cobre en el lugar, una vía ferroviaria hasta Tayikistán, y a realizar sustanciales inversiones en enseñanza, vivienda y salud.

Esas inversiones son representativas de su forma de concebir el desarrollo tanto en Asia central como en África. En efecto, China utiliza la generación de empleos y el desarrollo económico para promover la estabilidad, a la vez que vela por satisfacer sus necesidades en recursos naturales. Fuentes diplomáticas chinas en Kabul explican que estas inversiones son la prueba de que Pekín cree en la futura estabilización de Afganistán. Más ampliamente, el apoyo de China a los países vecinos con problemas apunta también, según esas fuentes, a garantizar el futuro y, particularmente, los intercambios comerciales en beneficio de cada país.

“Esas decisiones deben ser vistas en el contexto del programa chino de desarrollo del ‘Gran Oeste’, que dio lugar a inversiones masivas en las regiones occidentales de China y, más allá de sus fronteras, en Asia central, Asia del sur e Irán”, explica Niklas Norling, experto en China y Asia Central del Instituto de Seguridad y Política de Desarrollo en Estocolmo (1). Norling dio algunos ejemplos de esas inversiones chinas: la autopista del Karakoram en Pakistán, el puerto de Gwadar cerca de Karachi, el gasoducto que une Turkmenistán con Xinjiang y un contrato energético a 25 años por 100 millones de dólares con Irán.

Caminos opuestos
Fue India, en cambio, quien construyó las líneas que llevan la electricidad siete horas por día a Kabul, y que permitieron terminar con los permanentes cortes de corriente, lo cual resulta evidentemente muy habitual entre la población afgana. La electricidad viene directamente de Uzbekistán por medio de nuevas líneas de alta tensión que costaron caro, pues atraviesan el paso de Salang, a más de 4.000 metros de altura. Nueva Delhi también creó una serie de pequeños proyectos de desarrollo situados en su mayoría en la inestable región de la frontera norte entre Afganistán y Pakistán. Además invirtió importantes sumas en programas sanitarios y alimentarios que ofrecen servicios de mucha mayor calidad respecto de los que reciben sus propios ciudadanos.

Sin embargo, todos esos esfuerzos no lograron cambiar nada. El 8 de octubre de 2009, un atentado suicida –el segundo en menos de un año– con un auto cargado de explosivos estalló frente a la embajada de India en Kabul. Ambas acciones, que se atribuyen a la facción Haqqini , vinculada con Al Qaeda, causaron la muerte de 150 personas y heridas a cientos de otras, y se las percibe como una reacción al aumento de la presencia india en un país que Pakistán considera su coto privado.

Mientras India afirma su presencia diplomática con una imponente embajada en la capital y cuatro consulados en todo el país, China eligió el camino opuesto. Una embajada modesta, con poco personal y bien disimulada tras una puerta roja abierta muy pocas veces. Voluntariamente, al igual que ocurre con su ayuda, China muestra un perfil bajo. Su principal proyecto se calcula en 25 millones de dólares, destinados al hospital de la República de Kabul, que cuenta con 350 camas. Inaugurado en agosto pasado, ese es actualmente el mejor equipado del país. Pero la prioridad está dada a las inversiones en proyectos que aportan un resultado inmediato para Pekín, a la vez que estimulan el desarrollo económico local.

Actualmente, las empresas indias entran en competencia. Acaban de descubrirse nuevos yacimientos, entre ellos dos de cobre y varios otros que contienen oro y cobre. Sin olvidar el yacimiento de hierro de Hagirak, a 130 kilómetros al oeste de Kabul, que cuenta con una reserva de 1.800 millones de toneladas, y cuya explotación está en etapa de licitación.

Cinco compañías indias compiten con una empresa estatal china. En compensación, Kabul reclama una fundición, una línea ferroviaria y una fábrica de fertilizantes agrícolas, proyectos que generarían muchos empleos. Según fuentes afganas, los chinos serían los favoritos, a raíz de su experiencia en la mina de Aynak. Teniendo en cuenta la cantidad de trabajadores que se emplearán, el que gane verá crecer su prestigio, en un país donde aún permanecen más de cien mil soldados de países occidentales.

De la evolución política en Afganistán depende, en gran parte, que sea China o India la más favorecida en sus relaciones con ese país. Pero, por ahora, China parece estar en condiciones de obtener un mayor beneficio gracias a sus inversiones.

1 En Eurasianet.org, organismo fundado por el millonario George Soros.

*Periodista, Kabul. Este texto fue extraído de un artículo publicado por Far Eastern Economic Review, Hong Kong, en noviembre de 2009.

Le Monde Diplomatique, 11 – 12 – 09

La Quinta Pata

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