miércoles, 31 de octubre de 2007

Año 1 Nro. 5 - Malvinas

Malvinas: José de Ganso Verde



por Alberto Atienza

Durante unos cuantos años, muchos, me dediqué a la crónica policial, para medios como El Andino, Radio Nihuil. Viví experiencias de todo tipo en esa actividad en la que el "material" que el periodista usa, si cabe el término, es el hombre en un gran estado de excepción: el criminal. A eso agreguémosle muertos de todo tipo, policías malos, policías buenos. Amenazas. Trasnochadas. Tiroteo. Motines carcelarios.
Valga este pequeño prólogo para explicar la razón por la que no usaré los nombres propios en las historias que me han pedido. Aprendí muchas cosas en el transito por ese sendero aledaño al delito. Una, que cuando un caso penal estalla en un hogar es común una maldición. Si alguno de sus integrantes es la víctima eso se entiende claramente. A la inversa, también. Por años los familiares de un asesino, ladrón, violador, sobrelleva la vergüenza que les manchó el apellido. Así es como no figurarán los datos personales en estas notas. No hay que llevarle dolor a quien ruega por el olvido. Doy fe que todo lo que cuente sucedió. Si alguien reconoce los casos y encuentra algún error o digresión es sólo atribuible a alguna falla de mi memoria que no es RAM.
Leer todo el artículo - CerrarRegla general en las cárceles para los de afuera: nunca hay que preguntarle a un preso por que cayó tras las rejas. Es una cuestión de respeto, un cierto código. Por eso cuando trajeron hasta mí al José me limité a darle la mano. Un cincuentón morocho, no muy alto. El director del penal le preguntó si accedía a que yo lo llevara en auto hasta su destino en el día que recuperaba la libertad. Dijo que sí. Algo le habían informado. Los últimos treinta años de su vida los pasó preso. Mi idea era dar un paseo con él por la ciudad para que viera como cambió esta parte del mundo durante su ausencia. Partimos.

El primer motivo de asombro fue la cantidad de autos que circulaban por las calles. Luego los edificios. Hacía enormes esfuerzos para ubicar en el recuerdo qué había antes en el sitio donde ahora se alza un alto y cuadrado monoblock de departamentos. Captaba ausencias. Nuevas tonalidades.
-¿Y los tranvías? Veo que los taxis ahora son amarillos y negros-

Cada tanto movía su cabeza en silencio, como negando algo. Al parecer rechazaba esa ciudad. Ya no era la suya. Su marco de referencia. Como le dicen, lugares conocidos por los que varias veces pasó, con el tranco de un joven despreocupado, ya no estaban. Feo, pensé. Algo así como bajar en paracaídas en una urbe de pesadilla. No quise interrumpirlo en ese reconocimiento parcial que intentaba hacer. Sin dudas vivió en el olvido de los demás. No fue tenido en cuenta. Le cambiaron su ciudad por otra.

Era para él como llegar de un viaje. Uno de esos inmigrantes que retorna, ya mayor, al lugar de donde partió. La gran diferencia es que permaneció en un mundo gris, violento, mínimo. No formó familia. Sin dinero. Una sola muda de ropa. Cigarrillos, acaso por un día o dos. Lo dejé en su casa. Le esperaba una madre anciana. No quise perturbar ese momento con mi presencia.

Pasó el tiempo. Algunos años. Llaman a mi puerta, abro y aparece José. La sorpresa me impidió saludarlo por su nombre: ataviado con un uniforme militar de combate agregó a la impresión inicial un discurso muy emotivo.
-Soy un ex combatiente de la guerra por las Malvinas Argentinas. He peleado en Ganso Verde. Vi cómo morían a mi lado muchos camaradas con lo que me había reído un rato antes. Todos saben que nos usaron y después nos abandonaron. Por eso ando pidiendo una pequeña colaboración para poder vivir. Yo, como mis amigos, luchamos por todos los que se quedaron en el continente-

Evidentemente no me había reconocido. Respiró para seguir hablando y decidí intervenir.
-Cuando se produjo la batalla de Ganso Verde vos estabas en el pabellón 11 de la Penitenciaria Provincial-

No hizo falta agregar más nada. Me ubicó. No intentó ninguna disculpa. Asumió la posición de firme, hizo la venia, giró en el lugar y se alejó por la vereda caminando acompasadamente.



Me quedé pensando en José. En el porqué de esa simulación, de esa mascarada de guerrero. Creo que Mendoza lo rechazó como les pasa a muchos ex convictos que, acorralados, retornan al delito. Lo encontré unas cuantas veces más, en calles céntricas. Hacía como que no me veía. O acaso yo, como parte de un mundo anterior sepultado, era invisible para él. Concitaba auditorio. Señoras de compras. Jovencitos que algo leyeron en la escuela sobre esa guerra absurda lo escuchaban. Algunas monedas pasaban a sus manos ¿Era una actuación de él? ¿Un competidor de las esculturas vivientes? ¿De un norteño y su charango? Creo que no. En esa ciudad casi desconocida, que ya nunca más sería la de sus afectos, decidió convertirse en otro. O acaso ya era otro desde antes de salir en libertad.

Treinta años de oscuro encierro, opresión, suciedad, vinchucas, intenso frío, calor agobiante, indignidad, los trocó por días de héroe. A gastadas ropas que usaba en el penal las cambió por un uniforme de fiel soldado. Ya no era un ex reo sin trabajo, condenado tal vez a vivir en plazas y que un amanecer lo encuentre muerto por hipotermia.

Su fantasía recuerda a una historia de Jorge Luis Borges.
El autor de "El Aleph" sostiene que una batalla termina de librarse cuando muere el último hombre que participó en ella. Al apagarse el pensamiento de ese postrer combatiente se acalla para siempre el fragor de los obuses, los gritos de dolor, los silbidos de los proyectiles.

José agrega otra vertiente a la imagen de Borges.
En el hacinamiento de la cárcel, en días y noches iguales, él volaba a Las Malvinas. Materialmente varado en el pabellón 11, su espíritu sin grilletes, fusil FAL en mano, le ponía el pecho al avance de los enemigos. Peleó duramente, codo a codo, al lado de pibes que allá quedaron. Sufrió de sed. Convivió con la muerte. Cayó prisionero. Así lo revivía y lo resufría ante quien lo escuchara.

Cuando parta al otro mundo el último hombre, inglés o argentino, que peleó en Ganso Verde debe cesar definitivamente esa lid, según Borges. Si José vive aun, no. La lucha continuará.

La Quinta Pata

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