Juan Fernando García
Detengámonos dos minutos a recordar cómo es una santería (no la que se erige junto al templo católico, lleno de Ediciones Paulinas); aquéllas donde innumerables objetos conviven en el sincretismo criollo que aúna la Madre María, con San Cayetano, el Gauchito Gil, velas de colores, mirra, San Jorge y hasta un buda que protege la salud de los enfermos. Pensemos en los avisos clasificados y en los volantes entregados en mano que prometen “amarres” al amado. Todo un aquelarre.
Con esa imagen familiar se puede entrar a Santería de Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973), que pone en el centro de su nueva novela relaciones cruzadas por creencias, supercherías y otras cuestiones. La villa Puerto Apache como marco, en aquellos días que hacían lugar a Puerto Madero, donde desclasados personajes deambulan por una ciudad que participa de una transformación que relega y discrimina: álgidos 90, el menemato en su cima y su derrumbe final. En ese contrapunto, la cartografía de la novela se despliega hacia otra villa emblemática, El Jabuti en el Bajo Flores.
Fátima Elizabeth Sánchez, la Víbora Blanca, posee el don de la videncia y lee las cartas españolas con especial respeto. Ha heredado de su tía Chiqui las artes de ver en la conducta de las palomas el porvenir, así como una fe inquebrantable. “Tener fe es tener poder. Si tenés fe no hay nada con qué darte”, para luego subrayar: “Aunque te digan que caí”. De esa densidad es este personaje enorme que Oyola ha pulido.
Una serie de hechos desafortunados –la muerte de Ray, su amado, para empezar– la lleva al encuentro de una villana exasperada, Lucía Fernández, “La Marabunta”, que solicitará sus servicios, ineludibles: el “amarre” a un desangelado personaje que se convierte, por la tozudez del pedido, en eje de la tragedia. La negativa de Fátima, fundada en una memoria de años, despertará a la poderosa, una especie de Joan Collins iracunda, que no cejará en su deseo. Muchos otros personajes satélites conforman los vínculos de estas dos mujeres aguerridas.
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