martes, 5 de agosto de 2008

Santería, de Leonardo Oyola

Juan Fernando García

Detengámonos dos minutos a recordar cómo es una santería (no la que se erige junto al templo católico, lleno de Ediciones Paulinas); aquéllas donde innumerables objetos conviven en el sincretismo criollo que aúna la Madre María, con San Cayetano, el Gauchito Gil, velas de colores, mirra, San Jorge y hasta un buda que protege la salud de los enfermos. Pensemos en los avisos clasificados y en los volantes entregados en mano que prometen “amarres” al amado. Todo un aquelarre.

Con esa imagen familiar se puede entrar a Santería de Leonardo Oyola (Buenos Aires, 1973), que pone en el centro de su nueva novela relaciones cruzadas por creencias, supercherías y otras cuestiones. La villa Puerto Apache como marco, en aquellos días que hacían lugar a Puerto Madero, donde desclasados personajes deambulan por una ciudad que participa de una transformación que relega y discrimina: álgidos 90, el menemato en su cima y su derrumbe final. En ese contrapunto, la cartografía de la novela se despliega hacia otra villa emblemática, El Jabuti en el Bajo Flores.

Fátima Elizabeth Sánchez, la Víbora Blanca, posee el don de la videncia y lee las cartas españolas con especial respeto. Ha heredado de su tía Chiqui las artes de ver en la conducta de las palomas el porvenir, así como una fe inquebrantable. “Tener fe es tener poder. Si tenés fe no hay nada con qué darte”, para luego subrayar: “Aunque te digan que caí”. De esa densidad es este personaje enorme que Oyola ha pulido.

Una serie de hechos desafortunados –la muerte de Ray, su amado, para empezar– la lleva al encuentro de una villana exasperada, Lucía Fernández, “La Marabunta”, que solicitará sus servicios, ineludibles: el “amarre” a un desangelado personaje que se convierte, por la tozudez del pedido, en eje de la tragedia. La negativa de Fátima, fundada en una memoria de años, despertará a la poderosa, una especie de Joan Collins iracunda, que no cejará en su deseo. Muchos otros personajes satélites conforman los vínculos de estas dos mujeres aguerridas.
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Con un ritmo narrativo ajustado, Santería despliega sus mejores dotes ficcionales. ¿Cómo leer una novela policial que en su interior se torna comedieta política, atentamente contemporánea? La elección de un lenguaje no mimético hace que los diálogos y las situaciones vividas no se vean entorpecidos por el juego de la imitación, que encubre, muchas veces, miradas clasistas.

Es en las inflexiones de las voces, en una gramática original y muy literaria (con una narradora escandalosa), que Santería se vuelve, tal la definición de su editor Juan Sasturain, “poderosa novela”, porque toma distancia de los presupuestos del “realismo sucio” de los 90, extrañándose de los gestos de época. Es ese plus que parece venir de una confianza en la literatura que hace de Santería una novela entretenida, sólida, amable.

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La literatura policial en la Argentina tiene una larga y productiva tradición. “Negro Absoluto”, la nueva colección que dirige un autorizado cultor del género, Juan Sasturain, acerca nuevas voces en bellos ejemplares con fotografías ilustrativas de Marcos López en sus cubiertas. Bajo los ecos de otras colecciones –“Séptimo Círculo”, “Serie Negra”–, el primer lanzamiento incluye, además de la novela de Oyola, El doble Berni, de Gandolfo-Sosa; Los indeseables, de Osvaldo Aguirre, y El síndrome de Rasputín, de Ricardo Romero (quien a su vez dirige una colección de Gárgola Ediciones bajo el sugestivo nombre, “Laura Palmer no ha muerto”.)

Así escribe
Me llamo Fátima Elizabeth Sánchez. Se me conoce como la Víbora Blanca. (…) Tengo entendido que soy hija de Berta Cavalcante Méier, a quien nunca conocí porque murió cuando me tuvo. Vi fotos de ella: era una negra hermosa. Negra, negra. No negra-katunga. Negra. Tan negra como su marido, Paulo. Que además de comerse el garrón de pasar a ser viudo cuando debería ser padre, se vino a anoticiar por el color de mi piel que yo no era hija suya y que su mujer le había metido los cuernos.

Crítica Digital, 05 – 08 – 08

La Quinta Pata

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