domingo, 3 de agosto de 2008

“Se sentía extraño” (fragmento de “El silenciero Cautivo”)

Ángel Bustelo

Se sentía extraño el ambiente que lo rodeaba, ajeno a la aventura que la vida le hacía correr. Había cumplido medio siglo, al tiempo que una sociedad se resquebrajaba y las aguas del torrente lo llevaban de una a otra orilla, como barcaza sin quilla ni gobernalle. En el silencio de la noche, en madrugada alta, el ventanal de su casa iluminaba la pluma en ristre y la hoja blanca, que llenaba sus elucubraciones de novelista de alto vuelo. El talento de isleño de la “bassa Italia”, sangre generosa y vasta que se había desperdigado por el mundo, le colmaba de fantasías, que él corporizaba en figuraciones vibrantes, a lo largo de páginas calientes. Había comenzado como periodista; seguía siéndolo menos afiebrado, y llevó la fama de su nombre a escritos que los críticos estudian – esa forma de la lengua y ese estilo – hasta consagrarlo al paso de los días. En importante diario del interior, había escalado, una a una, las gradas del renombre, hasta gozar de la confianza plena de los directores.
El golpe de la caída fue brutal, sencillamente. Había que estar muy forjado en la desgracia para poder asimilarlo. En boxeo, hay quienes al primer nocaut despiadado y contundente, no se rehabilitan más. Y si conocen otros que, después de brava golpiza, salen más airosos de la pelea, como una inyección de furia, ante el asombro general. Suetonio pertenecía a los primeros, y de ese nocaut que lo arrojó a la lona no podía ni quería despertar. Seguía soñando, tirado en la celda – sueños malos, feas pesadillas – y ese patio con gente, no le decía nada, nada que ver con su vida pasada, y esta de ahora, que no captaba; y aquel futuro que había ido amasando, que creía merecer y que tuvo en sus manos.
¿Qué hacían los fantasmas caminando a paso moderado – “Prohibido correr o hacer ejercicios” – en ese extraño patio de costados cubiertos por altos muros, a los que asomaban cientos de ventanillas – bocas o aberturas – de celdas pluripersonales? ¿Qué tenía que ver él con esos señores mal gestados que abrían y cerraban cerrojos, en el portal de acceso y salida, entrada y retorno, y esos fantasmas que giraban alrededor del patio de cemento – cemento y cemento, gris sobre gris, sin una nota de verde, de azul o escarlata?
Él era ajeno a todo eso. Era un importante periodista de una patria amena y regalada, de valles verde esmeralda, frutales y nogales y cerezos y almendros y manzanas y ciruelos, y hectáreas y hectáreas de parrales y de viñas bajas, fundadoras de la alegría, habitáculos de los mejores néctares que Baco en su sapiencia pudiera soñar.

La Quinta Pata

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