domingo, 28 de septiembre de 2008

El ateo creador de ángeles

Roberto Rosas: Hierro y alas.

Verónica Oyanart

En su taller-museo-hogar, el destacado escultor mendocino Roberto Rosas (70) se refiere a su obra, a sus convicciones y a su predilección por la soledad.

Basta traspasar el umbral del taller-museo-hogar del escultor mendocino Roberto Rosas (70) en Bermejo, Guaymallén, para percibir la intensa omnipresencia del arte: en los senderos, las puertas, los muros, en todas y cada una de las singulares criaturas surgidas de la invención del artista. Próximo a la puerta se yergue, cinco metros y medio hacia el cielo, su Gran Hombre en construcción, que cobija a pájaros de hierro, tiene la cabeza abierta “a los cambios, a escuchar” y lleva inscritos sobre sí sus predicamentos en fundición de aluminio: “Seré coherente, tendré convicciones; seré farsante sólo en la comedia; seré inflexiblemente solidario; no haré de la queja una costumbre; practicaré una aguda autocrítica; procuraré trabajar en lo que soy capaz; me integraré a los demás seres vivos como una criatura más…”, entre muchas otras enunciaciones que dejan en evidencia la cosmovisión del propio Rosas. “Yo no soy religioso, pero hay conductas sociales que creo que nos hacen grandes o pequeños, miserables o valiosos. En estos predicamentos está lo que considero debería ser la actitud de una gran persona”, dice el plástico, ateo confeso y, a la vez, creador de enigmáticos seres alados de hierro. Mientras caminamos cerca de El ángel para el bien y el mal, explica: “Un ángel que usa máscara ya es sospechoso, aunque también toque música celestial con su laúd. Es el equilibrio. Quizás parezca filosofía de barrio, pero creo que todos tenemos el bien y el mal incorporados”. Su obra aborda, con ironía, la naturaleza humana: la ambigüedad, la tragedia, los valores o su carencia. Categórico en sus convicciones, Rosas fue durante décadas un “bravo” militante político en el Partido Comunista. “Yo la vida no la he tomado sólo desde el lado romántico del arte, sino desde el lado humanista del arte”, expresa, y dice huir de toda certidumbre. “Estoy lleno de sospechas”, guiado por algo así como el “saber del no saber”. “No voy por el camino, voy por las orillas”, asevera. “Trato de hacer esculturas con un grado de razonamiento de por qué las hice. No esculturas ‘de bulto’, sino con contenido filosófico, humano”, asegura. Y se sirve de metales para dar forma a su obra figurativa, expresionista, simbólica y en ocasiones surrealista. Sobre nuestras cabezas se cierne el Ángel de las migraciones, que durante más de una década “sobrevoló” el Museo Municipal de Arte Moderno. “Hace meses, cuando remodelaron la fachada, me lo trajeron de vuelta y lo acepté feliz. Necesitaba una restauración. Después de once años estaba lleno de basura de los árboles. Se quedó aquí en parte por decisión mía y porque nunca me lo pidieron de regreso”, cuenta. Su amplio taller es “un reducto, la caverna, el origen –expresa–. Tengo la tendencia a cada vez aislarme más. Cada vez me gusta menos manejar un auto, la muchedumbre. Las capacidades físicas van degradándose. Entonces, cuando estoy entre la multitud, el rumor no me deja escuchar al interlocutor. A las exposiciones voy al día siguiente de la inauguración. Entonces puedo estar en silencio frente a la obra de mis amigos o de la obra que aprecio. Y si no la aprecio la miro igual, porque hay un problema de soberbia al decir ‘esto no sirve’, cuando hay gente que ha puesto toda su capacidad para la construcción de su obra”, asegura.
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–Por elección se recluye en su taller-hogar, ¿es el aislamiento que necesita para poder crear?
–Siento un gran placer en la soledad. Ya de joven era bastante solitario. Yo no soy un tipo divertido, odio el divertimento. Eso de “vamos a divertirnos un rato”, no sé qué significa, porque yo soy feliz o soy infeliz. Puedo no estar a las carcajadas y ser internamente feliz, es algo casi físico. Es un goce que, por ejemplo, siento cuando logro planificar, cuando he comprendido algo, sé qué voy a hacer al día siguiente y, con mi ropa de trabajo, con el espíritu de constructor de esculturas, gesto una obra. También en la vida hay períodos, zonas grises. Puede ser un momento del día, del mes y en algunos artistas, años. A veces un período es muy fructífero y se transforma en una agonía. Uno cree que se apagó la llama creativa, se siente agonizante. A veces hago pavadas y las desmantelo inmediatamente porque no sirven...

–También tiene que ver el grado de autoexigencia. La mujer de Sabato rescató de las llamas el manuscrito de Sobre héroes y tumbas que él, inconforme, había arrojado al fuego...
–Es posible que haya artistas que sean más autocríticos que otros. En la zona gris hay que leer, escuchar música... cuando uno atraviesa ese período y, llega a la luz, seguramente ve mejor que antes.

–Recién se autodenominó “constructor” de esculturas...
–Digo “constructor” porque se trata de objetos corpóreos. La escultura es materia. También somos cazadores de imágenes.

–Trabaja con metal forjado y soldado, es como una metáfora del empeño del artista, ¿por qué eligió ese material?
–Preferí el metal antes que la madera o el mármol, por afinidad y porque me permite hacer esculturas livianas y resistentes a la intemperie, de grandes dimensiones y, a la vez, fáciles de transportar. Después de años de oficio puedo hacer lo que quiera con un pobre pedazo de metal en mis manos. El hombre es tan porfiado, tan caprichoso, que es capaz de modelar cualquier cosa. El poder humano ha involucrado al planeta en un problema, el ser humano es carnívoro, el más feroz de los animales. Por eso (ensaya un irónico falsete) somos homo sapiens, tenemos tanta sabiduría…

–Siendo el hierro intrínsecamente frío, en su obra se manifiestan emociones humanas…
–Agradezco cuando sienten eso con mis esculturas. Porque muchas veces uno no sabe lo que está haciendo, sino que sospecha. Yo estoy lleno de sospechas. Sospecho que hoy voy por buen camino. Hace 40 años sospeché que iba por buen camino, pero ahora veo las obras de hace 40 años y no me gustan como entonces. No soy el mismo, sino me estaría copiando. A mi taller han venido becarios del Fondo Nacional de las Artes, pero no he tenido alumnos. Es probable que pronto los tenga. Estoy trabajando en el proyecto de construir una escuela, junto a mi hijo, Fernando; Gabriel Fernández y Guillermo Rigatieri, jóvenes escultores y dibujantes excepcionales. Primero hay que ir al dibujo, comprender qué significa una expresión plástica, y después ir a lo técnico. Hay gente que viene a hacer muñequitos y yo no sirvo para eso.

–De alguna manera su hijo habrá sido su primer alumno...
– Fue alumno de buenos maestros: Sarelli, Gil... No creo que Fernando haya sido alumno mío. Simplemente yo siempre trabajé con él. Incluso cuando tenía cuatro o cinco años trabajábamos juntos, con trocitos de madera. ¿Qué hacía yo con un mocoso de esa edad? Me aburría si no inventaba trabajos para que las dos partes disfrutáramos, él como niño y yo como adulto. Entonces todos los domingos se iba a la casa de su mamá –yo no viví nunca en pareja–, con un regalito que habíamos construido el sábado. Yo lo hacía sin ninguna intención de marcarle un rumbo. Eran juegos: el uso del color, amalgamar maderas, papeles, cartones. Era lo único que tenía para darle, porque los partidos de fútbol nunca me interesaron, las carreras de autos tampoco. Mi vida es el arte: la música, la literatura y, fundamentalmente, la plástica. El arte carga mi espíritu y, no sé de qué manera, no puedo explicarlo, eso sale a través de los dedos. El espíritu enriquecido hace que la obra se llene de humanismo.

Acerca de Dios y el despertar al arte
–Dice que no es una persona religiosa, ¿es ateo?
–Sí, soy ateo. Antes decía que era agnóstico. Yo no creo en la capacidad humana para comprender la existencia de Dios. El que crea que está en contacto con Dios es un vanidoso.

–Habla de la soberbia de quienes se creen comunicados con Dios y quienes se sienten comunicados con él se refieren a la soberbia de quienes no creen en Dios...
–Yo creo que soy un perfecto ignorante, porque no he logrado todavía comunicarme con Dios.

–¿Por qué se volcó al ateísmo?
–Me crié en un ambiente donde no había religiosidad. Salvo por mi nono, que era italiano, muy pobre, muy campesino, pero se sabía las misas en latín.

–Su obra tiene connotaciones místicas, casi podría decirse religiosas para el desprevenido…
–A mi obra siempre le he agregado una dosis humorística, con mucho respeto hacia la religión.

–¿Cómo se dio cuenta que lo suyo era el arte?
–No lo sé. Mi familia no era muy instruida, mi casa no era un ambiente muy propicio para el arte. Mi padre era policía y mi madre era ama de casa analfabeta. Tengo algunos retratos de mi nono e, increíblemente, uno de Giuseppe Verdi que hice a los 12 años. Éramos seis hermanos, uno de ellos escuchaba música sinfónica en la radio. Algo tengo que haber pescado para hacer un retrato de Verdi. Tenía una sensibilidad de esas que no se pueden explicar. A los 15 empecé en Bellas Artes. Pero no como un alumno avanzado. Los profesores deben haber dudado mucho de mí, pero de lo que no podían dudar era de mis ganas. Yo no iba a bromear a la escuela, iba a trabajar, a aprender de los que sabían más que yo. También a los 15 empecé a trabajar como aprendiz de carpintero, porque había que ganarse la vida. Era una familia muy modesta y cada uno tenía que hacer su aporte. Soy carpintero, pero del pasado. Salía del taller de carpintería, me cepillaba el pelo para sacarme el aserrín, me ponía saco y corbata y me iba a la escuela. Salía a las 9 de la noche, iba a la casa a comer y a dormir, y al otro día otra vez el trajín del taller de carpintería. Profesionalizarse en la plástica cuesta, es un largo período. Me profesionalicé a los 31 años. Antes de la escultura, me dediqué a la pintura.


Personal
Edad: 70
Lugar de nacimiento: Guaymallén.
Estado civil: “Nunca viví en pareja”, cuenta.
Formación: estudió en la Escuela Superior de Artes Plásticas de la UNCuyo.
Hijos: Fernando (32, artista plástico) y Paloma (6).
Actividad: expuso pinturas por primera vez en 1961, y esculturas en 1970. Cuenta 130 exposiciones individuales en Argentina, España, Ecuador, Brasil y Chile. Más de mil de sus obras están en colecciones públicas y privadas de Argentina, Estados Unidos, Brasil, Italia, Alemania, Israel, Sudáfrica, Suiza y China. Desde 1999 preside la fundación Rosas para la escultura para la creación de un museo de la escultura de todos los tiempos. No participa en salones con premio. Acaba de inaugurar, en la avenida Boulogne Sur Mer, dos obras de 3,50m y 6,50 en chapa recortada y batida.
Un referente: Ducmelic. “Su obra, tan profunda, me conmueve".
Colegas y amigos: “Hocevar, Bermúdez, Gil, Sarelli, Ceverino, Musso, que murió hace poco…”.
En su estudio se lee: “La imaginación sin el trabajo no es más que un sueño; el trabajo sin la imaginación es sólo rutina; la imaginación y el trabajo son la esperanza del mundo”. (Extraído de una iglesia inglesa del 1700).
Final: "En algún momento me voy a morir, sí, pero bien. Porque le voy a dar la dosis de creatividad y de humor a lo que fuera, incluso a la tragedia”, dice.

Diario Uno, 28 – 09 – 08

La Quinta Pata

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