domingo, 28 de septiembre de 2008

El presupuesto es la política

El presupuesto es la política

Miguel Bonasso

El presupuesto es la política. “Quien vive fuera del presupuesto vive en el error”, decía cínicamente el general mexicano Álvaro Obregón. Los argentinos vivimos dentro del presupuesto, pero es tanto lo que oculta que también vivimos en el error.

El proyecto de Ley de Presupuesto para el 2009, que el Poder Ejecutivo nacional envió en estos días al Congreso, confirma la aseveración. Con un agravante: lo que se oculta puede ser lesivo para el ingreso de millones de argentinos.

Como lo hizo en años anteriores, el PEN proyecta porcentajes de inflación y de crecimiento sumamente moderados, como forma de subestimar los ingresos que el fisco percibirá el año que viene. Pero esta vez hay un cambio decisivo: la mayor subestimación está referida a la inflación y no al crecimiento, como ocurrió en años anteriores.

El PEN calcula un crecimiento del cuatro por ciento y una inflación del ocho por ciento. La estimación del crecimiento parece más realista que en los ejercicios precedentes. El promedio de pronósticos privados que elabora el Banco Central ubica en 5,4% la magnitud de expansión para el año próximo. Esa diferencia de 1,4% es relativamente menor. Sobre todo si se la compara con lo que se estimó en otros presupuestos y lo que efectivamente se produjo. Los cálculos del Ejecutivo fueron siempre del cuatro por ciento y el crecimiento del producto superó el ocho por ciento.

En el caso de la inflación, la diferencia entre lo que estima el PEN y la realidad puede ser mucho más relevante y peligrosa. Es difícil prever cuál será su magnitud en 2009, pero en la actualidad rondaría entre el 20 y el 25% anual. Aunque se perciba un enfriamiento de la economía, no es esperable una disminución del ritmo de incremento de los precios, salvo que mediara un drástico plan antiinflacionario.
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Es lógico que el Gobierno no prevea una inflación del 25% en el presupuesto, porque alentaría aumentos de precios que elevarían la espiral inflacionaria, pero resulta muy grosero ubicarla en el ocho por ciento. Sería más razonable prever una disminución considerable de la inflación real y situarla en un 15 por ciento.

Pero no lo pueden hacer porque entrarían en franca contradicción con el dibujo del INDEC, que la clavó en ocho por ciento para el año en curso.

Ahora bien, ese dibujo nos va a salir más caro que un original de Leonardo Da Vinci. Por una sencilla razón: al situar el nivel inflacionario muy por debajo de lo esperado, van a tener que reducir el gasto. Más aún si le sumamos dos objetivos manifiestos del proyecto: el primero consiste en lograr un superávit mayor al actual, como otro gesto para agradar a los famosos “mercados”, porque (pobres) están realmente en problemas. El segundo establece que los intereses de la deuda que piensan pagar crecen por encima del resto del gasto, que aumenta nominalmente un 17 por ciento.

El presupuesto prevé –siempre con la inflacioncita de marras– un aumento nominal del gasto de 15,6 por ciento. Si la inflación de la calle supera a la que se elabora en el recinto del INDEC, el gasto caería en términos reales.

En términos nominales, las áreas que engrosan sus recursos son Ciencia y Técnica, Transporte, Salud y Seguridad Social. Sólo disminuyen las partidas referidas al sector Energía porque se redujeron los subsidios otorgados a cambio del esperado incremento de las tarifas.

En los números del presupuesto, el gasto en Seguridad Social sube 23%, y el ingreso de las “contribuciones al sistema previsional” un 28 por ciento.

En términos reales, las cosas pueden ser muy distintas, dependiendo del porcentaje de la inflación. Por ejemplo, con un aumento generalizado de los precios superior al 15%, cae el gasto total y también el gasto correspondiente a los siguientes rubros: Promoción y Asistencia Social (menos 10,1%); Educación (menos 6%); Trabajo (menos 15%); Agua Potable y Alcantarillado (menos 12 por ciento).

El gasto en Seguridad Social supera el 15%, por lo cual, con un aumento presupuestario del 23%, sería uno de los pocos que no registrarían una cifra negativa. Pero su incremento, que en términos nominales parece fastuoso, sería en términos reales mucho más modesto.

El lector podrá apreciar que, en un presupuesto donde la inflación es subestimada, muchas partidas quedarán reducidas de facto. También apreciará que el tema del INDEC va mucho más allá de Guillermo Moreno: en los hechos, el dibujo de las estadísticas oficiales sirve para encubrir algo que los argentinos hemos padecido muchas veces, es decir, un ajuste.

Un ajuste salarial afectará a todo el sector laboral y de manera especial a los empleados públicos. El salario es el núcleo de lo social por excelencia. Ésta en la base de una verdadera redistribución de la riqueza. Es el centro de una auténtica política social. Permitir, desde el Estado, el deterioro de la condición salarial y limitarse a la “lucha contra la indigencia” o “contra la exclusión” es operar sobre los márgenes del sistema en vez de potenciar su núcleo central. Es colocar a una importante franja de asalariados bajo el nivel de pobreza.

El presupuesto es la política. Una política que en los últimos tiempos se ha caracterizado por enviar señales amistosas al establishment. Como el anuncio del pago cash al Club de París, los aumentos de las tarifas de luz y gas, el aumento de las tasas de interés, el pacto con la CGT de un virtual congelamiento de las paritarias y la reapertura del canje de la deuda para los bonistas que no habían aceptado la quita inicial.

El pago al Club de París, por cierto, implica una sugestiva reforma del Banco Central, porque en el estatus actual sus reservas sólo se pueden usar para pagar deudas con organismos multilaterales de crédito. El proyecto amplía ahora esta facultad a toda deuda contraída en moneda extranjera, lo cual entraña un peligro evidente: que algún buitre intente embargarlas.

Sería saludable que el Congreso enmiende ese error y que el Gobierno no se distancie de los sectores que lo apoyaron y siguen esperando una verdadera redistribución del ingreso.

Crítica Digital, 28 – 09 – 08

La Quinta Pata

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