martes, 23 de septiembre de 2008

La Feria del Libro o las formas de la tristeza

Feria del Libro de Mendoza - Foto: Nacho Gaffuri

Patricia Rodón

La edición 2008 de la Feria del Libro de Mendoza no ha sentado ningún precedente como ambicionaban sus organizadores desde la Secretaría de Cultura. Sólo se ha repetido, una vez más, la misma fórmula de siempre sólo que en un escenario distinto.

La “Manzana de las luces”, como dieron en bautizar efímeramente para los días de la feria la zona de la Secretaría de Cultura, la plaza San Martín y el ECA, fue más bien la manzana de las luces quemadas, tomada por las medias luces y las medias tintas.

La penumbra parece ser el corolario de esta edición de la Feria del Libro de Mendoza. No sólo por la efectiva mala iluminación en casi todos los sectores donde hubo conferencias, lecturas y presentaciones -una elección deliberada por parte de los organizadores-, sino por la falta una vez más de conceptos claros para llevar adelante un encuentro de esta naturaleza.

Bajo el lema, “Mendoza en sus letras y sus ideas”, la feria estuvo promocionada por la Secretaría de Cultura como una gran fiesta de las letras, pero no lo fue. Apenas si llegó a la categoría de pequeño festejo rápido en la oficina. Un compromiso.

Estuvo presentada como “una gran intervención urbana”, pero no lo fue. Si esos trapos ininteligibles que colgaban de los árboles y esos textos ploteados en el suelo de la plaza, incesantemente borrados por los pasos de la gente y la lluvia eran una intervención, ¿qué nombre hay que darle a los puestos de comida que se levantaron en la plaza Chile para festejar el Día de la Independencia de ese país? ¿Instalaciones?

De los 195 actos que figuraban en la cartilla de la programación, casi 20 fueron obras de teatro y espectáculos de humor, de canto o de danza. Fuera de las “rarezas” como los talleres de modelado, cursos de dibujo y pintura o una “visita guiada a la Biblioteca San Martín”, de los que eran estrictamente literarios -conferencias, lecturas o presentaciones de libros-, más de 50 no se cumplieron por diversas razones.

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Los escritores especialmente invitados apenas reunieron, entre todos, alrededor de 1.000 personas. Juan Sasturain, televisión mediante, fue el más convocante con 200 oyentes como público; unos 150 curiosos fueron a escuchar a Alberto Laiseca y alrededor de 100 a Pablo De Santis. A las presentaciones de los demás invitados, Liliana Escliar, Martín Caparrós, María Rosa Lojo, Marcos Silber, Leonardo Oyola, Rodolfo Braceli y Liliana Bodoc, e inclusive el propio homenajeado de la feria, el profesor Arturo Roig, apenas asistieron entre 50 y diez personas.

A cada una de las lecturas de los escritores mendocinos realizadas en la plaza San Martín, en las inhóspitas carpas y con todos los ruidos de la ciudad tropezando con la poesía, concurrieron alrededor de 50 personas.

El Espacio Alternativo, en el subsuelo del ECA, tuvo mucho movimiento casi todas las noches, en una apuesta que mezcló las propuestas de los jóvenes escritores locales con performances, música y proyección de videos.

Libreros felices
En el ECA, la exhibición de libros propiamente dicha, es decir, los 20 stands de las librerías, resultó adecuada. Tal vez no con la prolijidad ni el espacio ideal para transitar, entrar en el sitio y buscar o encontrar libros, pero en virtud de lo céntrico del lugar tuvo muchos más visitantes que en otras ediciones de la feria.

Por su parte, sin importar demasiado alguna que otra incomodidad, los libreros estuvieron felices, ya que vendieron casi el doble de lo que facturaron el año pasado, justamente gracias a la gran circulación de gente.

Los escuálidos stands de la Biblioteca San Martín y de los departamentos dieron pena, al igual que la mayoría de los ubicados en el piso superior, que tuvieron exigüas visitas por parte del público. El espacio de Ediciones Culturales, prácticamente replicó el que consiguió, tarde y por buenos oficios, en la Feria del Libro de Buenos Aires de este año: tres exhibidores (allá sólo tuvo uno), pocos libros y ningún título nuevo.

Por otra parte, a los espectáculos de teatro, danza y humor que tuvieron lugar en la plaza San Martín asistieron entre 100 y 200 personas por día. La apuesta de la Secretaría de Cultura de que la plaza fuera “una gran expansión de la feria” para que funcionara “como el patio de la casa”, según decía Alberto Carmona, Director de Producción Cultural de la Secretaría de Cultura y responsable de la organización, hace apenas unos días, no funcionó como esperaban. Ni expansión ni patio. En todo caso, el fondo de la casa, por la soledad y la oscuridad de la plaza.

¿Para quién es la Feria del Libro?
Desde la Secretaría de Cultura afirman que a esta edición de la Feria del Libro concurrieron 35.000 personas. Es imposible para nosotros corroborar si esa cifra es real, ni cómo la relevaron.

Lo que sí sabemos es que, casi todos los años, la Feria del Libro no pasa de ser cinco importantes nombres de escritores nacionales, el rejunte obligatorio de un puñado de escritores mendocinos y una librería gigante para quienes desean comprar libros. Y un cúmulo de desprolijidades más o menos graves, que van desde una programación repleta de rellenos hasta actos que no se llevaron a cabo.

La pregunta que nos hacemos es ¿para quién se hace la Feria del Libro? ¿Para los lectores, para los libreros, para los escritores, para toda la gente? ¿Para las personas que tienen cierta curiosidad por la literatura y aprovechan la ocasión anual? ¿Para los niños, incentivándolos con los talleres de lectura? ¿Realmente se hace para que los escritores puedan difundir su obra? ¿Quiénes asisten, o no, a las conferencias y presentaciones? ¿Quiénes compran libros en la feria? Una persona con el hábito de la lectura incorporado va a la Feria del Libro para satisfacer cierta cuota de avaricia y buscar ofertas, esas que las librerías no suelen ofrecer en sus locales. Por lo demás, los libros que quiere o las novedades editoriales, las adquiere en la tranquilidad de su librería preferida.

No es responsabilidad de los organizadores que sólo 50 personas hayan ido a escuchar a Roig. Ni tampoco es su éxito que la sala Elina Alba haya desbordado con Sasturain. No es su problema que los escritores de Mendoza vivan en compartimientos estancos y que los de un grupo o de una generación no hayan asistido a las lecturas del otro grupo o de otra generación.

Entonces, ¿cómo se resuelve esta eterna penumbra en la que vive la cultura de Mendoza?

Una respuesta: con más cultura. Con más actos, encuentros, festivales vinculados a la palabra escrita. Con más literatura. Invitando a los escritores locales durante todo el año no sólo a la “gran” puesta en escena de la Feria del Libro de la que participan por casualidad y, además, gratis. Promoviendo la literatura mendocina con ciclos de lecturas públicas, difundiendo la tarea de los escritores. Pero nada de eso se hace.

El Área de Letras y Ediciones Culturales, que ahora dependen de la Dirección de Desarrollo Cultural a cargo de Liliana Bermúdez, todavía no ha pagado los premios del Certamen Literario Vendimia de este año. Y aún no se habla de la publicación de los libros correspondientes.

Carmona decía que pretendían “sentar un precedente” en la realización de la Feria del Libro. Pues no han sentado ninguno. Sólo se ha repetido, una vez más, la misma fórmula de siempre sólo que en distinto escenario.

En este contexto, está muy bien elegido el color negro de fondo del folleto institucional (que merece un análisis en otra nota) que imprimió para la ocasión la Secretaría de Cultura en donde los funcionarios responsables de cada área, con foto y todo, ofrecen sus “propuestas” y destacan sus “acciones cumplidas”. Eso, negro. Penumbra.

MDZ Online, 23 – 09 – 08

La Quinta Pata

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