lunes, 22 de septiembre de 2008

La policía se despertó

Alberto Atienza

Por fin a la Policía de Mendoza le dio por trabajar. Basta de móviles inmóviles en el Parque Central con un policía petizo al volante burlándose de la gente que pasa, de puro aburrido, de puro poco policía. El reciclaje de cuerpos comando, entrenados para la acción y afectados a labores administrativas (falta completar ese proceso). Lo que se dijo en las páginas virtuales de la Quinta Pata Digital se está cumpliendo y no porque ahí se escribió sino porque se caía de maduro: había que ir a buscar a los chorros a sus aguantaderos. Y lo están haciendo. Allanamientos masivos en Villa Malargüe, en jurisdicción de la coqueta Quinta Sección, de donde secuestraron armas, objetos robados y marcharon presos algunos individuos con pedidos de captura.

Pero falta por hacer. En la peatonal opera una banda que todos los comerciantes y vecinos conocen. Atacan a turistas y a desprevenidas señoras. Más abajo, en Garibaldi y Salta, otra. Asaltan a quienes esperan micros. Les arrebatan sus celulares. Embisten y tiran al suelo a ancianos y los despojan, simulando que los asisten en una caída. Les fracturan la cabeza a otros señores mayores que no sueltan el bolsito con sus veinte pesos, documentos y el carnet del PAMI. Otra: hay que cerrar el cerco en torno a los motochorros que siguen haciendo su agosto. Obviamente cuentan con información proveniente del interior de los bancos.

Falta. Hay que restaurar la división Inteligencia de la Policía, plenamente. Que se olviden sus jefes de los que alientan ideas políticas distintas. Quienes nos privan de algunos bienes (magros o cuantiosos, según los casos) y de la vida en definitiva, no son los opositores políticos, sino los ladrones. Falta.

Hay que entender que están en el aire 10.000 jóvenes mendocinos, entre 14 y 22 años, sin trabajo, sin escuela y algún tipo de contención. Eso, según cifras oficiales, puede que sean más. Los interrogantes: si un pibe desertor escolar o fuera del sistema educativo por la mecánica expulsora que rige a la educación pública y parte de la privada, no encuentra horizonte, un club o playón que lo entretenga ¿Que puede hacer? No hay trabajo, por lo menos para alguien sin capacitación. ¿Qué le queda al joven? Y, robar. Drogarse para afrontar el asalto. Y drogarse después, alcohol mediante, para festejar.

Hasta que la policía decidió actuar (y digo policía y no funcionarios de turno que de Seguridad no entienden nada) moría a manos de una delincuencia desmadrada gente útil para la comunidad: jóvenes padres de familia, pibes enrolados en el esfuerzo y la honradez, madres, comerciantes, en fin una larga nómina de hogares quebrados porque les arrebataron a un ser querido.

Alguien dijo basta. Hay que sostener ahora esa palabra y todo lo que implica. Se debe lograr que quienes vivan intranquilos y con miedo sean los delincuentes y no la ciudadanía. No esperar a sus golpes y atraparlos luego con estruendo de prensa, cuando los muertos no regresan de sus tumbas y los bienes robados se transformaron en nubes de marihuana, vapores de cerveza y fernet, en narices hinchadas por la cocaína.

Quienes sostienen este cambio de actitud de la policía (descarto a la mayor parte de los políticos, siempre inmersos en la inacción, los cabildeos y en la mejora de su bienestar) deben ser conscientes de que están en buen camino. Hace falta que el Poder Judicial brinde más apoyo. Que las órdenes de allanamiento sean ágiles. Que los jueces de instrucción y fiscales pisen alguna vez la tierra de los barrios y no sólo las baldosas de los despachos. Que cuando firmen algo estén interiorizados de la situación y no limitarse solamente a darle crédito a un informe policial.

Falta.

Una provincia entera está a la espera de protección.

La Quinta Pata

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