Todo empieza en un compacto de imágenes televisivas. Aparece Diego en la TV haciendo sus goles, y acto seguido, aparece el insolente Messi haciendo francamente las mismas maniobras goleadoras. La pantalla se divide en dos como para que no queden dudas: entonces la definición de ambos jugadores sucede en simultáneo con una semejanza realmente asombrosa. Incluso los goles supremos de Maradona ante los ingleses están presentes en el repertorio de Messi. Sí, aquellos goles (pasados) del Mundial 86 que están tan presentes hoy en el mundo entero, y por tanto son “goles históricos”, Messi también los hizo. A saber: 1) aquel gol en el que Diego arranca desde la de mitad de cancha gambeteando probablemente a siete ingleses (incluido el arquero), y 2) la célebre maniobra impulsiva e inocentemente corrupta conocida como la “mano de Dios”.
Enfoquemos la atención en el primer gol de Diego (esa conquista deliciosa que fue acompañada por el relato espectacular de Víctor Hugo) y la réplica interpretada por Messi jugando para el Barcelona. La primera evidencia que se impone en la comparación es la disposición de los rivales. Es decir, la semejanza de las escenas tiene lugar, en principio, porque los defensores, según se ve en las imágenes, reaccionan de la misma manera cuando intentan frustrar el avance de ambas acciones ofensivas.
El asunto del contexto también es importante. Para muchos (sobre todo para los que han hecho de Maradona un Dios) la diferencia contextual clausura toda comparación. Cierto es, no es lo mismo un campeonato mundial que un partido de la Liga española. Eso esta claro. No obstante, los parecidos están en pantalla para quien quiera verlos. Quizá dos hechos se parecen entre sí porque son capaces de sostener la semejanza a pesar de los contextos diferentes.
Ahora bien: “¿cuál es elemento esencial que convierte a estos goles casi en clones?” Ya se mencionaron algunos: la disposición espacial de los jugadores en la cancha; el tiempo y el espacio en que todo sucede; la estética de los movimientos corporales, la forma de festejar el gol; y todos los detalles técnicos que se quieran agregar, porque los hay. Sin embargo lo que fundamentalmente vincula estas dos maniobras y las anuda a una sorprendente “ilusión de igualdad” es la televisasión propiamente dicha. Es decir la intencionalidad de la edición, de la compaginación: los goles se parecen porque las cámaras hacen la misma secuencia de captación, están situadas exactamente en el mismo lugar y hacen un plano (foco) muy similar sobre la acción. Luego un editor muy atento (elemento clave) “produce” un informe unificador, lo musicaliza con el oportuno tema de “La argentinidad al palo” de La Bersuit, divide oportunamente la pantalla y para cerrar: “corta el relato de Víctor Hugo en el 86 y lo pega sobre el gol de pibe Messi”. El efecto está logrado: parece una demostración, como suele decirse, “científica”.
Cuantos jugadores ensombrecidos en el anonimato quisiéramos mostrar ese gol que alguna vez hicimos y que tanto se parece, según creemos (o fantaseamos), al de Diego: la similitud que alguna vez hemos logrado (en realidad respecto a cualquier gol) se desvanece y solo perdura a duras penas en nuestra poca confiable memoria constructiva y emotiva. O al revés: cuantas veces vemos ese gol y decimos “así definía yo…”
Recuérdese una publicidad de Coca Cola donde se capta exactamente la cuestión que estamos planteando: en un picadito callejero, un gordito, al enterarse que se jugaba por la refrescante gaseosa, arranca súbitamente desde mitad de cancha y ejecuta la famosa maniobra “maradoniana” en la canchita del potrero. La publicidad (muy original por cierto) alcanza el efecto que busca fundamentalmente porque se realiza el mismo plano televisivo, mas allá de los actores (que lejos están por supuesto de manejar la pelota como argentinos e ingleses en aquel memorable mundial de México 86, en especial el gordito que hizo de Maradona). Nadie cuestiona el tema del contexto en este caso, la semejanza más bien resulta aceptable y risible mas allá de la evidente distancia que separa al mundial de una publicidad comercial.
Lo que se está planteando no es un gran descubrimiento ni mucho menos. Más bien es algo tan cercano a nuestros ojos que de tan evidente acaso pasa desapercibido: son las imágenes televisivas las que se parecen y, en última instancia, son ellas las que determinan y legitiman la igualdad de ambos goles, y luego, en consecuencia, por decantación, la comparación de ambos jugadores.
Pienso en el pobre Sanfilippo (goleador de San Lorenzo ahora devenido en sujeto mediático), que recorre los programas deportivos mendigando y exigiendo reconocimiento porque dice tener en su historial más de 1.000 goles, dice ser el máximo goleador, el más talentoso. Afirma que las estadísticas se pueden buscar en tal lugar: “¡está asentado señores, busquen!” Que impotencia debe sentir: ¡1.000 goles dice tener!. La “revolución comunicacional” llegó tarde para desgracia de él. Los documentos que respaldan su desempeño en “el pasado” están efectivamente para quien quiera buscarlos y candidatearlos en el presente. Pero ese trabajo (propio del historiador) solo lo hace él mismo Sanfilippo. Grita su verdad, expone los documentos, nadie duda. No obstante, la verdad inanimada que presenta el ex jugador no logran gravitar en el presente, por lo tanto, su “hecho pasado” apenas si rasguña el status de “hecho histórico”.
Pero volvamos a la fórmula (enteramente discutible) que planteamos más arriba: Maradona=Messi. Vale preguntarse entonces “¿la televisasión ha captado una realidad, o más bien la ha construido y la ha puesto en circulación como una verdad que se explica por sí misma?” Las imágenes están y hoy parecen que hablan por sí mismas. Los documentos de Sanfilippo también están, pero necesitan de un especie de historiador deportivo (¡otro que no sea él!) capaz de hacerlos visibles (consumibles) en el presente. Cosa difícil.
La Quinta Pata, 29 – 09 – 08
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