miércoles, 5 de noviembre de 2008

Raquel Robles: viaje al fondo del dolor

Raquel Robles

Jorgelina Nuñez

Elegida por José Saramago, Rosa Montero, Alberto Manguel y Juan Cruz, Perder de Raquel Robles, obtuvo esta semana el Premio Clarín de Novela 2008. En ella cuenta la historia de una madre que pierde a su hijo en un accidente. Raquel, directora de un correccional de menores, perdió a sus padres cuando fueron desaparecidos por la dictadura.

Ella lo hizo. Raquel Robles pudo escribir sobre aquello que se resiste a ser dicho. Le puso palabras a una experiencia que nadie dudaría en calificar como la peor de todas, la que duele con sólo imaginarla: la pérdida de un hijo. Con un estilo sobrio, carente de golpes bajos, pero empeñado en penetrar las más profundas capas de sentimiento, la transformó en materia literaria y le dio un sentido. Ese dolor es inefable, no se puede contar. Pero ella pudo y lo hizo en un momento que fue el reverso exacto de las circunstancias por las que atravesaba en el momento de escribir su novela. Estaba embarazada de su primer hijo.

- Todas las experiencias de embarazo son muy intensas, supongo, pero a mí, además, me dio la noción de lo que podía implicar perderlo. Fue como un intento de exorcizar eso. Mi hijo tardó mucho en nacer, creo que no hubiera nacido, si no lo hubiera presionado de alguna manera. Recuerdo que ante la escena del accidente en la que el hijito de la protagonista muere, me dije: "A lo mejor lo tengo que matar al chico de la ficción, para que este otro nazca". En ese momento, yo estaba muy voluminosa y me costaba muchísimo escribir porque el teclado me quedaba lejos. Todo el proceso fue tremendamente doloroso, creo que por eso también sobrevino como una redención.

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- En la novela se dice que se trata de "expiar la culpa a través del sufrimiento de estar viva". ¿Siente que saldó alguna deuda después de haber atravesado por ese dolor y de escribirlo?
- Fue como llegar a la otra orilla de no sé qué río. Y eso me pasaba con cada escena, llegaba a la otra orilla y terminaba muy cansada. Ignoro cuál es la deuda, pero estoy segura de haberla saldado. Nunca estudié letras, ni fui a un taller. Para mí, la escritura es una experiencia vital antes que académica, en la que se juega una cuestión de necesidad. No obstante, entendí que era un trabajo que yo debía aprender. A diferencia de la lectura que es el lugar del placer, la escritura responde a una necesidad y requiere de un esfuerzo enorme. Creo que Saramago tiene un texto que expresa algo así. El placer es leer; escribir no es ningún placer.

Bulimia literaria
La novela se abre y se cierra con un párrafo que dice: "Decidí comprarme todos los libros que figuraban en la última página del último libro que había leído. Una especie de lista de recomendados de la editorial. Y leerlos en ese estricto orden. Cada libro a su vez tenía su propia lista de recomendados, que anotaba en un cuaderno de tapa dura, para comprarlos cuando se me acabaran los que estaba leyendo. Eran muchos, en realidad, nunca en mi vida había leído tantos libros en tan poco tiempo. Algunos eran de autores que nunca me habían interesado o que ni siquiera conocía, pero me importaba poco. Eso era algo que me hubiera detenido en mi vida anterior. Ahora todo había cambiado. Había perdido a mi hijo y estaba desesperada".

Aunque las palabras se repiten de manera idéntica, el contexto de su aparición ha cambiado radicalmente, de manera que es imposible leerlas de la misma manera. Entre el comienzo y el final de Perder, hay una vida que se destruye y se reconstruye, pero que de ningún modo es la misma. Una vida en la que la lectura opera como sostén en el que se juegan emociones complejas.

He padecido de bulimia literaria: tuve épocas en que leía sin parar, me tragaba los libros, momentos en los que la lectura me permitía ausentarme de la vida real. Años en los que ni siquiera sé lo que leí. Lo que sí registro es la experiencia de la lectura, lo que sentí frente a determinado libro. Puedo olvidarme de la trama pero nunca de la intensidad de mi conexión con él. Así me pasó con El barón rampante de Italo Calvino o con Hotel New Hampshire y La epopeya del bebedor de agua, dos novelas de John Irving. La lectura tiene que ver con la compañía. Yo necesito esa sensación de estar compartiendo lo que le pasa al personaje, de comprenderlo. Esa conexión es entrañable y mucho más fuerte que el interés por la trama. Tanto en las voces que narran como en los personajes, encuentro amigos que me acompañan y cuyas experiencias llego a sentir como propias. Hasta tal punto que se incorporan a mi vida como si fueran mis recuerdos personales. Son como una familia elegida. Admito que es bastante raro.

- Esta relación con los libros, ¿no le trajo conflictos con su entorno, con su familia real?
- Por momentos sí, cuando empiezo a "tragar", se torna un poco complicado. Tengo muy presente ese personaje de Las horas (la película de Stephen Daldry basada en la novela homónima de Michael Cunningham), que se encierra en un cuarto de hotel a leer. Confieso que ésa ha sido también mi fantasía: buscar un momento en que me dejen sola para leer. Muchas veces me pregunto qué partes de la vida me habré perdido por leer, sin embargo, no puedo remediarlo, a veces no hay otra manera de soportar la vida que ausentarse un poco. Es un equilibrio difícil.

- Su novela tiene mucho que ver con eso: con soportar la vida, cuando se hace insoportable.
- De alguna manera yo fui viviendo y padeciendo con la protagonista. No tenía claro si ella iba a sobrevivir. No acostumbro a planificar mis novelas. Suelo transitar la experiencia de la escritura, sin saber adónde me lleva. Una vez le pregunté a Antonio Brailovsky cómo se escribía una novela. El me contestó: "Para mí, la novela ya está escrita. Lo que tiene que hacer el escritor es permitirle salida". Mi experiencia fue bastante parecida.

- ¿Cuánto tiempo tardó en escribir la novela?
- La primera versión me llevó un año. Después hice otra, porque me encontré con un compañero que es actor, Juan Diego Botto, que me propuso hacer una película. A partir de las preguntas que él me iba formulando sobre mi relato, escribí una segunda versión.

Cuando se lo señalo, Raquel contesta que no vio Bleu , la película de Krzysztof Kieslowski, interpretada por Juliette Binoche, con la que su novela tiene tantas similitudes. La posibilidad de que su texto llegara a transformarse en un guión cinematográfico tuvo consecuencias inesperadas que terminaron modificando la estructura original de la historia.

- El trabajo en común con Juan Diego me permitió descubrir muchas cosas, por ejemplo, cuál es la razón por la cual la protagonista reconstruye la historia. Llegué a la conclusión de que es posible vivir toda una vida sin saber de dónde uno viene, porque además es muy fuerte pasar la frontera de no saber nada a saberlo "todo", o llenar algunos agujeros que durante mucho tiempo llenaste de otra manera, con otros contenidos. Se trata de una frontera muy difícil de pasar. Con Juan Diego compartíamos ese camino: él estaba buscando parte de su historia, la historia de su papá, y yo la mía...

Hay un silencio y un temblor y un asomo de lágrimas detrás de los anteojos de Raquel. Con algunas vacilaciones, ella sigue dispuesta a hablar de lo que más duele sin adoptar, por eso, la postura de una víctima.

- Mis viejos están desaparecidos desde el '76. Y yo tengo una relación con la historia de ellos, que es la historia con mayúsculas. Durante toda mi vida conviví con esas emociones contrapuestas: querer saber, querer descansar, soportar el reconstruir o inventar y ficcionalizar sobre los agujeros. Sobre todo cuando uno tiene hijos y tiene que contarles la historia de sus abuelos. No la historia de la muerte de sus abuelos, sino la historia de sus vidas. Yo fui inventando un cuento en torno de eso, un relato que me puso en un lugar de identidad, y ese lugar de identidad a la vez me dio elementos para reinventar su historia. Supongo que es lo que le pasa a todo el mundo, porque nadie sabe todo acerca de su origen o de sus padres...

- Convengamos que la suya es una situación particular.
- Sí, pero también creo que es parte del trabajo de una generación respecto de la anterior.

- En la novela invirtió el camino. Al poner la pérdida en el lugar del hijo y no en el de los padres, ¿siente que hay una reelaboración de esa historia?
- Eso quedará para mi analista. Lo que sé es que me resulta mucho más conmovedor lo que le pasó a mi mamá, sabiendo que no nos iba a ver nunca más, que lo que me pasó a mí. Conseguí ponerme en los zapatos de ella en ese momento y eso ocurrió cuando me convertí en madre. Ahí una se entera de que ser mamá es un trabajo francamente imperfecto, lleno de actos fallidos y de espejos no del todo amables. Creo que nadie es una madre que se gusta a sí misma. A veces una se enoja o pierde la paciencia o se aburre o no está. En el trabajo de madre una está casi siempre en falta. Saber eso me puso en otro lugar respecto de mis padres.

Perder (que saldrá por Clarín-Alfaguara el 24 de noviembre) es la segunda novela de Robles. La precedió otra con el título provisorio de Mariposas muertas, terminó una tercera que se llama Bananas y está escribiendo una cuarta. Ninguna ha sido todavía publicada. Además ha escrito poemas y cuentos para niños y adolescentes. La escritura forma parte de su vida aunque no es su actividad primordial.

- Trabajo en la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia. Soy la directora del Instituto San Martín. Aquí llegan los muchachitos que la justicia penal manda por la presunción de algún delito.

- ¿Es un instituto correccional?
- Sí, nosotros lo llamamos Centro Socioeducativo de Régimen Cerrado. En realidad, la mayoría de los chicos tienen una permanencia allí muy breve. Una vez que la Justicia determina que son inimputables, cesa la tutela y nosotros inmediatamente los tenemos que hacer salir. Así que es un trabajo vertiginoso, en el que tratamos de dejar una marca.

- ¿Y es posible?
- Creo que sí. Tenemos escuela obligatoria y en el verano los llevamos de vacaciones. Hacemos con ellos muchísimas actividades y hay muchos adultos pendientes de ellos. Y eso, cuando se está desamparado, deja una marca. Tenemos chicos por períodos muy breves pero a veces son reincidentes de delitos, por los cuales un adulto no estaría detenido (tentativas de hurto, muchas situaciones de calle), y logramos establecer una relación interrumpida pero larga. Por eso, llegamos a conocerlos. Cuando escucho a los que opinan que hay que poner leyes más duras, creo que ninguno de ellos está dispuesto a discutir de verdad qué hacemos con los chicos.

- ¿Cuál es su idea?
- Nuestros chicos están en una situación de posguerra, muy similar a la que describe Winnicott, respecto de la Segunda Guerra: lazos totalmente rotos, desarraigo, años de no vinculación familiar o de vinculación familiar esporádica... Digamos, de mucho tiempo donde la grupabilidad más fuerte son los pares. Y la situación que eso genera es de una enorme complejidad. En principio, pienso que hay que asumir las responsabilidades de los adultos frente a los jóvenes. La responsabilidad de poner límites, de tomar decisiones con las cuales los chicos a veces no están de acuerdo. A los hijos uno nunca les pregunta: "'Estarías interesado en empezar primer grado?" Con los menores, la actitud es que si ellos no quieren hacer un tratamiento o incluirse en la escuela, no se los puede obligar. Si bien es muy complejo saber qué es lo que hay que hacer, hay que resolver, para mí, la contradicción y actuar en consecuencia. Y bancarse el costo político de tener firmeza respecto de una idea. Los adolescentes necesitan que los adultos de referencia, a pesar de estar tan cuestionados, sostengan sus decisiones. Además hay que acompañar esto con experiencias satisfactorias como ir a la playa; bailar; jugar al fútbol. Son cosas de una simpleza casi tonta, de sentido común.

- Hay dos ideas que están muy presentes en la novela: la del desamparo y la de la necesidad de contención.
- Con el tiempo logré hacer una construcción posterior, de tipo teórico o de encuadre. Hay algo muy básico: es la necesidad de una estructura y la necesidad de amor. Esas dos cosas no son una sin la otra. En tanto experiencias de infancia, he tenido ambas de manera intermitente: amor o estructura. Pocas veces, las dos juntas. Lo que para muchos es una experiencia natural, para mí fueron momentos excepcionales muy intensos. Nunca estuve sin ninguna, que es lo que les pasa a los chicos con los cuales trabajo. Ellos carecen de estructura y de amor. Lo suyo es el desamparo total.

- ¿Cómo se relaciona su trabajo con su actividad literaria?
- Empecé trabajando con los chicos contando cuentos y dándoles talleres literarios. Mi lugar de pertenencia es "El poder de la imaginación": un grupo que armé y en el que enseñamos contenidos a través de cuentos. Si para mí la lectura había sido una tabla de salvación, también podía serlo para otros huérfanos. Mientras contaba un cuento, lográbamos estar en otro lado. Ni en el Hogar, ni en el Instituto. Participábamos de otros mundos que, a la vez, ayudan a reconstruir el mundo real.

- No lo reemplazan, lo reconstruyen...
- Como cuando te vas de viaje. No cambia tu vida, pero al volver, sos otra. De niña, esta posibilidad fue como una soga para mí y yo intento compartirla con los chicos, para que a ellos también les sirva. Los personajes literarios fueron mis amigos, a condición de que yo participara con ellos de ese otro mundo.

- ¿Se imagina como escritora o iniciando una carrera literaria a partir de este premio?
- Siempre fui muy militante y todo lo que encaré tuvo como objetivo cambiar algo a partir de la acción directa. La posibilidad de recluirme en mi labor de escritora sería como irme de viaje, no la concibo como proyecto de vida. Muchas obras literarias me cambiaron la vida, sin embargo necesito otra manera de meter la cuchara en la realidad. Tengo una especie de mirada antropológica unida a una cuestión vital: 'cómo es posible permanecer al margen de lo que ocurre? Cuando una se siente atravesada por situaciones tan fuertes y trascendentes, la dimensión de las cosas es otra. He sido una niña criada por fuerzas abstractas: la Historia, la misión, el curso de los acontecimientos. Es muy difícil, ante semejantes objetivos, tener otros deseos. Sé que necesito darme otros permisos, pero al fin y al cabo, soy una hija de la historia.

Revista Ñ, 04 – 11 – 08

La Quinta Pata

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