Marina Oybin
Buenos Aires. Julio Silva, uno de los personajes del libro La vuelta al día en ochenta mundos y quien diseñó las tapas de Rayuela y Bestiario volvió a la Argentina después de 25 años.
Julio pluma y Julio pincel", así los llamaban a Julio Cortázar y a su mejor amigo, Julio Silva, artista plástico, escultor y diagramador. Tres décadas de amistad. Más aún: "una simbiosis perfecta", dirá Silva, que pisó Buenos Aires tras veinticinco años de haber vivido en París y en sus "refugios" de Italia y Grecia. Regresó para presentar dos muestras: en el centro cultural Archibrazo, "Pálidos Palimpsestos", que reúne una serie de dibujos sobre papeles japoneses, y en Asunto galería, "El negro es un color", que integra tintas recientes con libros hechos a dúo, claro, con su entrañable amigo Cortázar.
Se conocieron en 1955, cuando Silva, después de estudiar en el taller de Battle Planas, decidió probar suerte en París. Muy pronto empezaron a trabajar juntos: "Cortázar se quejaba mucho de la impresión y la diagramación de sus libros, le ofrecí mi colaboración y así surgieron las tapas para Rayuela, Todos los fuegos el fuego y Bestiario", dice Silva en diálogo con Clarín.
Amante del libro como objeto de arte y bibliógrafo empedernido, Silva hacía los dibujos, buscaba fotos para las tapas y diagramaba. Y hasta llegó a convertirse en uno de los personajes de La vuelta al día en 80 mundos. En Asunto galería se exhiben ocho ejemplares del libro Silvalandia: cuentos breves de Cortázar inspirados en dibujos de Silva (350 dólares). Hay también un ejemplar de Les Discours du Pince- Gueule (El pincha Jeta, de 1966), el primer libro de cuentos que Cortázar escribió en francés, con litografías de Silva y firmado por ambos (1.500 euros). "Nuestra idea era que las ilustraciones no fueran muy apropiadas para el texto, para que la historia y el dibujo tuvieran fuerza propia", explica Silva.
En tanto tiempo compartido, hubo experiencias que dejaron huella, y que revelan la intensa sensibilidad que los unía. Una de esas, sin dudas, fue cuando decidieron acompañar "Muñeca rota" (en la primera edición de Ultimo Round) con una serie de fotos. "Como se trataba de la historia de una muñeca descuartizada, fuimos juntos a comprar una -dice Silva-. La llevamos al departamento de Cortázar y le quitamos los brazos y las piernas. Yo la iba moviendo y él tomaba las fotos. Después, durante todo el día, no pudimos hablarnos ni mirarnos por la culpa. Lo vivimos como algo sádico".
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