Guillermo Almeyra
El actual diputado a la Knesset Avigdor Lieberman, ex ministro de Ehut Olmert, propuso lanzar bombas atómicas en Gaza, obligar a los ciudadanos israelíes árabes (más de un millón) a jurar fidelidad al Estado sionista (que los mismos judíos ortodoxos rechazan por blasfemo) y expulsar a Jordania a todos los palestinos de Cisjordania y de Gaza junto con los israelíes árabes, en una especie de “solución final”. Evidentemente, su discurso es sólo el de una parte de la sociedad israelí, en la que decenas de miles de ciudadanos israelíes, judíos y no judíos protestan por todos los medios con gran valentía y dignidad contra el genocidio en Gaza. Pero el hecho mismo de que ese diputado haya sido elegido y no esté preso por incitación al genocidio demuestra el preocupante y rápido crecimiento de la ideología nazi, de los métodos nazis, de la falta de moral y de escrúpulos en un Estado que, sin embargo, nazi no es.
Israel, en efecto, nació del reaccionario movimiento liberal, burgués nacionalista, sionista (que la mayoría de los judíos europeos y latinoamericanos, que hasta la Guerra Mundial eran sobre todo socialistas, repudiaban y combatían) que utilizó los intereses de dominación mundial de Inglaterra y Estados Unidos que tenían como objetivo crear un enclave colonialista en el mundo árabe en rebelión.
El sionismo optó por la emigración a Palestina (había encarado también la posibilidad de crear el Estado judío en Sudáfrica o en Argentina) recién en los años 20, cuando dicha emigración fue favorecida por el ocupante británico de la región, o sea, mucho antes de Hitler y del holocausto (el exterminio por los nazis de millones no sólo de judíos, sino también de gitanos, eslavos, homosexuales, discapacitados, enfermos mentales, socialistas y comunistas durante la guerra). Antes de su reconocimiento como Estado por la ONU, la ínfima comunidad judía en Palestina (menos de un décimo de la población, según los censos turcos y británicos) creció brutalmente mediante el despojo de las tierras árabes, la violencia y aprovechando la complicidad de las corruptas clases dirigentes árabes. Apenas nacido como Estado, con el apoyo de las armas y soldados rusos (porque Stalin quería echar a los ingleses del camino hacia la India), Israel se expandió mediante el terror, el asesinato, la guerra y el despojo de tierras y bienes de los árabes. Para eso apoyó su política colonialista en una ideología basada en el racismo y el apartheid, y construyó un Estado fundamentalista, confesional, semejante a Arabia Saudí, pero judío, a pesar de que entre los poco más de 6 millones de ciudadanos israelíes sólo 80 por ciento son israelitas (es decir, judíos), y el resto, es decir, un quinto, son árabes mayoritariamente musulmanes, aunque entre ellos se cuenten muchos cristianos. La guerra preventiva constante y los métodos nazis de los racistas que gobiernan Israel (disfrazados a veces de “socialistas”, como el actual ministro de Defensa, Ehud Barak, o el presidente Shimon Peres) son la consecuencia de su mismo nacimiento como Estado. Porque el despojo de las tierras árabes, la expulsión de sus legítimos propietarios, la utilización feroz de la mano de obra esclava palestina por un Estado que actúa frente a esta colectivamente como si fuera una clase explotadora sólo pueden sostenerse armándose hasta los dientes y recurriendo al terror masivo contra los árabes. Israel –que nació artificialmente, en tierras robadas y como dependencia de Estados Unidos– solo puede afirmarse, tal como el Estado alemán en tiempos de Hitler, mediante la guerra de agresión y la supresión de los derechos, la cultura y el nivel de civilización de los que califica de “inferiores” (y cuyos hospitales, escuelas y universidades destruye para hacerlos retroceder a la barbarie), mientras inculca el racismo a su propio pueblo en nombre de su supuesta defensa frente a la agresión.
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