Ángel Bustelo
La idea de la Autoliberación no habrá estado ausente. El gen patológico no es siempre hereditario. Hay casos y caso, y esa ciencia se llama la “casuística”. Pero, escribir sobre “los suicidios” y el por venir de la familia de adictos al abrupto silenciar del paso de la vida, no son elementos que deban descartarse. Lo cierto es que ese desenlace – felizmente no ocurrido – pudo darse en el caso de Suetonio, y nos hubiera conturbado a todos.
Que él deseó cancelar el curso de sus días, renunciar a la rosa de la primavera y a los frutos deleitosos del otoño, lo hacen suponer cosas, actitudes suyas, su obra en general pesimista, escéptica, que se traduce en ese lenguaje colmado de evasiones, de zigzagueos en el tiempo, como si los hombres fueran elementos inconscientes manejados por el determinismo del destino.
Ahí están sus libros, su actitud frente a la vida, sus desganos, sus desequilibrios emocionales, eso de sentirse extraño a todos y que lo vieran destrizarse lentamente, sin algo que lo explicase. Era un suicida en potencia. Después del tremendo golpe, la vida dejó de interesarle. Y la vida se alejó de él como mujer despechada entre en el olvido. Ni uno ni otro quisieron cortejarse, hacerse agradables, gozarse mutuamente. Se volvió desmarrido y frondio y su arte se desenvolvió en el amezquindarse y concomerse.
Autosentenció que los muros de la cárcel podían haberle servido de anticipo de huesa, y esta pasó de malquerida a novia frustrada de sus tiempos de empuje. Era merodeador de antiguos días, a quien no interesaba el futuro por habérsele borrado la existencia, la suya y la del mundo, cuya sangre fluía como un motor extraño, al que había pasado a ignorar con desafiante orgullo, en estado de endechamiento, lamentaciones sin palabra ni quejumbre.
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