domingo, 3 de marzo de 2013

Retazos

Rolando Lazarte

Una tarde así, en que no tenés nada en especial para hacer, te ponés a recopilar lo hecho o lo vivido hasta ahora. Me levanté y después de tomar un agua con limón, me fui a caminar por la playa. Había poca gente a esa hora, cerca de las 7 de la matina. Miré hacia un lado y hacia el otro. La calle en ambas direcciones. La gente pasando, haciendo ejercicios, paseando. Me alongué en el cordón de la vereda, y en la murallita que bordea la vereda. Hacia adelante, el camino de arena en medio de las plantas rastreras, que lleva hasta el mar. Fui caminando por ese caminito, mirando las plantas a ambos lados.

Un tipo ponía sombrillas en la arena, para alquilar a los bañistas. Unos pescadores, a lo lejos con sus redes. Los barquitos en el agua, moviéndose rítmicamente, un balanceo ondulado. Me fui caminando por la parte de arriba de la playa, donde la arena es más fofa. Había unas banderas haciendo ruido, sopladas por el viento, del deporte de playa que se practica en esta época, vóley. Se veía la bajada de la arena hasta el mar, mojada en la parte de abajo. Las olas subiendo, dibujando burbujitas que se iban deshaciendo en la arena. Fui primero hacia el lado del hotel Tambaú, donde se veían los pescadores con sus redes, y después me volví, yendo entonces hacia el lado del barranco de Cabo Branco.

Había un niñito echando agua en un balde, al lado de un pozo en la arena. Me metí al agua después de las habituales cavilaciones. Me meto, no me meto, por qué si, por qué no, ahora, más tarde. Bueno, la cuestión es que el agua me alegró mucho. Me dejé balancear por las olas. Verdaderamente el mar es nuevo cada vez. Todo es nuevo siempre, aunque se repita. Nunca es igual, por más que parezca. Esa superficie plateada y verde, sin límites, moviéndose bajo el sol. Volví a casa pasando por una barraca con plantas que parecen pinos pero no son, y ahora no me viene el nombre. El alemán. Calceolarias, no, calceolarias son unas flores. Cinerarias no, también son flores. Boxitracias, qué se yo. Bueno, esas plantas mismas. Si un día venís, las vas a ver. Son bien linditas, con unas hojas bien finitas que parecen cabellos, pero no tan largas. Se mueven con el viento, como les gusta hacer a las plantas.
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Y así fue que tomé el camino de casa. La vereda al lado del edifico en construcción, que parece ser un hotel de esos que están construyendo en la vera del mar. Después me saqué la arena en la canilla del patio del edificio, si no ya viste, entrar al departamento con los pies con arena, no da. Después comí pollo con salsa de tomate, viendo Forrest Gump, que había comenzado a ver ayer. Ayer es la parte del hoy sobre la cual el hoy se va construyendo. Fui al dentista, que no tuvo yeito de arreglarme el diente, qué va ser. Volví a casa, busqué a Raphael y lo llevé a la escuela. Reclamé en la Tim porque se acabaron los créditos de un plan de llamadas ilimitadas.

Tengo la impresión de que las telefónicas roban siempre. Herencia de Fernando Henrique Cardoso, el camaleón. Ahora estoy escribiendo estas cosas que estás leyendo, que es una forma de pasar el tiempo como cualquier otra. Nadie es perfecto. Hay gente que le saca las alas a las moscas o quema hormigas. Yo escribo, pero no solamente, no siempre, no tanto, ni tan poco. Ya enseguida me voy a tomar un mate que me gusta tanto. Le pongo un poco de menta, te das cuenta. Es muy lindo. Y ya como que no sé más muy bien que podría llegar a escribir. A veces me da pena dejar la hoja, es como si dejara mi casa, y esto me pone un poco triste. Pero ya volveré, no te pongas triste. Las hojas me acogen, sean hojas de cuadernos o de libros, hojas para pintar o para escribir, hojas de libros. Hojas para leer o para ser leídas, que no es lo mismo, o tal vez sí, no sé muy bien, pero creo que sí, ¿no?

La Quinta Pata

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