domingo, 14 de abril de 2013

Nicolás Maduro, presidente; ¿y después?

Guillermo Almeyra

Ante la revolución bolivariana, en este período poschavista surge pues la alternativa: o profundizar política y socialmente el proceso y las movilizaciones para afirmarse y enfrentar los intentos reaccionarios que vendrán o, en cambio, institucionalizar el chavismo que Chávez se encargaba a cada rato de modificar y hasta subvertir, lo cual implica tender lazos a sectores de la oposición y a Washington y mantener controlados los movimientos sociales. En cierta medida, se reproduce la discusión en la Unidad Popular chilena entre "avanzar para consolidar" y "consolidar para avanzar", negociando con la democracia cristiana, frenando las iniciativas de los trabajadores y reforzando las instituciones políticas que, como se sabe, favorecieron primero el "tancazo" y después el golpe de Pinochet.

Maduro, que es un revolucionario pero no un socialista –pues espera todo del estado– no tiene ni el prestigio ni la capacidad ni el olfato político de Chávez, quien quería construir un estado moderno y a la vez combatir al estado capitalista. Además, en el aparato estatal y en las fuerzas armadas, hay posiciones bolivarianas y chavistas pero conservadoras y hay fuerzas que buscan disminuir la tensión tomando contacto con el enemigo y hasta haciéndole concesiones en el marco del capitalismo de estado venezolano. El Partido Socialista Unificado de Venezuela no es, además, un partido socialista sino un aparato electoral, entiende por socialismo una serie de medidas democráticas y distribucionistas que dejan intacto al sistema y no intenta construir el socialismo siguiendo un programa de transformaciones decididas por los trabajadores y logradas gracias a la participación decisiva y al poder de los mismos en las empresas y en el territorio. En la dirección del aparato estatal chavista, por último, abundan los que quieren subordinar los gérmenes de poder popular, como las comunas o las misiones, a los gobernadores o a las fuerzas armadas (y cortan así el aflujo de savia popular al aparato de la revolución bolivariana, dejando de paso a "las bases" en un pasivo papel de manifestantes o votantes).
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Esas son las grietas que intentarán utilizar los "escuálidos" dentro de sus planes golpistas y como parte de la preparación de los mismos: buscarán entrar en los sectores "blandos", establecer lazos con la boliburguesía y con los conservadores y burócratas, tal como advirtió Hugo Chávez, que los veía como trabas al avance del proceso y como minas potenciales en el camino de éste. El golpe que ellos preparan no consistirá solo en una conspiración cívico militar preparada por una campaña de prensa a nivel nacional y mundial ni en la compra de algún sector reaccionario de las fuerzas armadas. Será antes que nada una acción política, una campaña de inteligencia y desestabilización económica, de división del aparato chavista, de inducción a una parte del mismo a congelar la fuerza real del proceso, que es la conciencia y la participación de las masas.

En lo inmediato, la economía de Venezuela, que depende por completo de la renta petrolera, no presenta problemas graves y la fuga de capitales podrá ser en buena medida controlada, ya que la inmensa mayoría de las divisas provienen de PDVSA, que es estatal. Pero un sector conservador del gobierno se hará eco de la campaña chovinista de la derecha y pensará que le conviene reforzarse reduciendo los aportes venezolanos a Cuba y el Alba y los esfuerzos en pro de la integración latinoamericana para distribuir creyendo que "hay que poner orden", antes que nada mediante el aparato estatal. Eso podría llevarlo a ver la delincuencia como un problema puramente policial y represivo y a considerar las huelgas y reivindicaciones obreras y los gérmenes de poder popular desorden y despilfarro. Otro, por el contrario, más chavista y más radical, insistirá en los planes del comandante desaparecido. La lucha entre ellos será sorda y estará cubierta por declaraciones chavistas. Lo determinante para dividir las aguas no será la retórica chavista (la burocracia y Stalin declamaban su fidelidad al leninismo mientras lo enterraban) sino las medidas que propongan y, fundamentalmente, su apoyo en la juventud, las mujeres, la auto organización de los trabajadores, el control de estos sobre el territorio, la delincuencia local y sus cómplices burocráticos, los aparatos estatales represivos o corrompibles.

La juventud, las mujeres, el pueblo que habrán votado por Maduro no pueden delegar el poder en este, cualquiera sea su lealtad a Chávez y su sinceridad. Cuando los obreros tomaron por asalto las armerías de Buenos Aires y aplastaron un golpe sangriento, Perón salió al balcón del palacio y rogó: "¡muchachos, dejen, que este partido lo juego yo!" Meses después huyó antes de otro golpe. Moraleja: si no se quiere perder, no hay que dejar que el director técnico juegue solo.

La Jornada, 14 – 04 – 13

La Quinta Pata

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