Y sin embargo, conservo intacta la esperanza. Pero este sentimiento nunca está en reposo. Se mueve al compás de mi ánimo. Bascula todo el tiempo entre estos dos aforismos: “la maldad es sólo una circunstancia sobre la tierra. Es la cáscara en el bloque, la uña en el tigre, la inconsciencia en nuestro hermano” (Rodolfo González Pacheco) y “sólo por amor a los desesperados conservamos todavía la esperanza” (Walter Benjamin). No importa demasiado: con ambos se puede persistir en la lucha a pesar de los fracasos.
Es Primero de Mayo, y no será hoy el día en que evada mi compromiso como historiador: recordar lo que otros olvidan, velar por la integridad de la memoria colectiva, revivir ese pasado que tanto incomoda a quienes están conformes con
presente. Voy a evocar a la Revuelta de Haymarket y a los Mártires de Chicago. Haré una genealogía del Día Internacional de los Trabajadores. Y a la vez una crítica a la «Fiesta del Trabajo».
Urge recordar, en estos amargos tiempos de falacia interclasista y burocracia sindical, que el Primero de Mayo no es de todos. Pertenece a los trabajadores y solamente a ellos.* Por eso no debemos llamarlo «Día del Trabajo». Esta última palabra ha sido vaciada de contenido, adulterada a tal punto que denota tanto una tesis como su antítesis. ¿O acaso la explotación no es la negación del trabajo? Emplearse cotidiana y metódicamente en la supervisión del personal asalariado en pos del plusvalor que este produce, no es
. No permitamos que el Primero de Mayo sea usurpado por aquellos cuyo «trabajo» (ocupación) es explotar a quienes de verdad laboran.
Tampoco debemos llamarlo «Día del Trabajador». Esta denominación, en apariencia inocente, conlleva una carga ideológica profundamente reaccionaria: diluye la identidad colectiva de los oprimidos por el capital, su conciencia inmanente del nosotros. «Trabajador» a secas rezuma individualismo burgués por los cuatro costados: es el asalariado de cuerpo y alma, atomizado y alienado, sin camaradas de lucha; el operario que al sacarse el overol consume compulsivamente para olvidar que es sólo un engranaje de la maquinaria capitalista —reencarnación contemporánea del
varroniano.** Es el ciudadano ejemplar que trabaja duro y sin chistar, que cumple a pies puntillas la máxima peronista «de la casa al trabajo y del trabajo a la casa»; la persona incapaz de concebir otro modo de progresar en la vida que no sea el ahorro sacrificado y la competencia feroz —el
a ultranza. Es el «recurso humano» conformista, que se contenta con el confort, unas veces como Pangloss* y otras cínicamente; el
que tanto despreciaban —y temían— los antiguos griegos.** No, no digamos «Día del Trabajador», sino «Día de los Trabajadores». Usar el plural en vez del singular es restituirle a la efeméride su impronta primigenia, su sentido proletario; significa, en suma, devolverle su dimensión colectiva y su connotación rebelde.
* Con el rótulo de «trabajadores» no nos referimos solamente a los obreros clásicos de la era fordista, a los blue-collars, sino a todos los que viven de su propio trabajo, sin explotar al prójimo, tanto asalariados como independientes, incluyendo desde luego a los campesinos y también a los empleados del sector terciario (productores de mercancías intangibles).
** En su tratado Rerum rusticarum, El autor latino Marco Terencio Varrón (116-27 a.n.e.) llama al esclavo agrícola instrumentum vocale («instrumento que habla»), distinguiéndolo del buey o instrumentum semivocale («instrumento que habla a medias») y del arado o instrumentum mutum («instrumento mudo»). El filósofo griego Aristóteles había sido un poco más generoso: designaba al esclavo con el término empsychon organon, («instrumento dotado de alma»).
Pero hay una adulteración más: la omisión del adjetivo «internacional». Se dice «Día del Trabajo» o «Día del Trabajador» en lugar de «Día Internacional de los Trabajadores». Esto tampoco es inocuo: delata cuán profundamente se ha sepultado en el olvido el internacionalismo, uno de los ideales más caros de la tradición revolucionaria. La mistificación de la patria, con su nosotros aviesamente falso, deshermana a los proletarios del mundo y los encadena a sus opresores.
Esta mutación terminológica es el resultado de todo un proceso histórico. Podemos sintetizarlo del siguiente modo:
domesticación del Primero de Mayo. Hoy esta efeméride es un día feriado y festivo para todos los que tienen «empleo», una oportunidad para dormir más que de costumbre y hacer el tradicional «asado peronista». Y también una oportunidad para que, en la víspera, el Ministerio de Trabajo, las cámaras patronales y la burocracia sindical homenajeen al «Trabajador» abstracto —irreal—, rendidor y disciplinado gracias a los «salarios dignos» y a las «condiciones de trabajo dignas» que el «sector público» fija y el «sector privado» acepta, ambos movidos por su sentido de la «justicia social». Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo lejano, allá por finales del siglo XIX y comienzos del XX, en que el Primero de Mayo era un día de huelga general y luto popular, de protesta callejera y conmemoración martirial; una jornada
exclusiva de los trabajadores, temida, odiada y combatida (podía terminar en revuelta)*** por gobiernos y patronales. Hagamos memoria entonces.
* Dr. Pangloss es un personaje caricaturesco del Cándido de Voltaire. Al igual que el filósofo Leibniz, está firmemente convencido de vivir en el mejor de los mundos posibles. Todo lo ve con buenos ojos, y es capaz de justificar hasta las cosas más aberrantes.
** En la Grecia clásica, se le decía idiotés al ciudadano que sólo se preocupaba por sus asuntos privados, dándole la espalda a la política.
*** Como en la Buenos Aires de 1909. El mitin de la FORA en Plaza Lorea es disuelto a balazos por la policía. Mueren doce manifestantes y no menos de ochenta resultan heridos. La represión se prolonga con arrestos en masa, clausuras de sedes gremiales y cierres de periódicos. Los ácratas responden con la huelga general y una asistencia masiva (60.000 personas) al entierro de los caídos. La policía vuelve a reprimir con implacable dureza. Poco tiempo después de esta Semana Roja (así se denominó a los sucesos), el joven anarquista ruso Simón Radowitsky ajusticiaría al Cnel. Ramón L. Falcón, autor intelectual de la masacre de sus compañeros.
* * *
Estados Unidos, 1886. Los obreros reclaman con firmeza el cumplimiento efectivo de la Ley Ingersoll, por la cual se debía limitar la jornada laboral a ocho horas. Ante la negativa patronal y la inacción gubernamental, 200.000 trabajadores de todos los gremios van al paro el 1º de mayo, desoyendo los cantos de sirena de la burocracia sindical («tengamos paciencia», «mantengamos la calma», «la confrontación es contraproducente», etc.). Multitudinarias manifestaciones de protesta se llevan a cabo en todas las ciudades fabriles del país. En Chicago —gran emporio industrial y epicentro del movimiento obrero— la huelga general y la movilización callejera se prolongan durante los dos días siguientes, registrándose una intensa pelea con los «carneros» de la fábrica McCormik, la única en funcionamiento. La policía interviene para garantizar la «libertad de trabajo»: reprime con ferocidad. Seis huelguistas pierden la vida y decenas resultan heridos por los disparos a quemarropa.
El 4 de mayo se realiza un mitin en la Plaza de Haymarket, al que asistieron cerca de 20.000 personas. La policía comenzó a reprimir a los manifestantes con el objeto de que se desconcentraran. La multitud se resiste. En un confuso episodio, estalla una bomba y muere un oficial; otros resultan heridos. Es la coartada perfecta para la carnicería. Las «fuerzas del orden» abren fuego a discreción, asesinando e hiriendo a un número incalculable de obreros. Pero es sólo el comienzo de este
terreur blanche. El estado de Illinois declara el estado de sitio y el toque de queda. Los allanamientos, las detenciones, los interrogatorios y las torturas se multiplican sin fin. En su faena represiva, la policía se ensaña con los anarquistas, verdaderos puntales del movimiento huelguístico. Con calumnias de todo tipo y exhortaciones constantes a la pena capital, la prensa burguesa le allana el camino.
El 21 de junio comienza el juicio por el
Haymarket affair. A base de pruebas fraguadas y falsos testimonios, ocho activistas libertarios serían finalmente declarados culpables. Georg Engel (alemán, 50 años, tipógrafo), Adolf Fischer (alemán, 30 años, periodista), Albert Parsons (estadounidense, 39 años, periodista), Hessois Auguste Spies (alemán, 31 años, periodista) y Louis Linng (alemán, 22 años, carpintero) son condenados a la horca. La ejecución habría de consumarse (salvo en el caso de Linng, que prefirió suicidarse antes en su calabozo) el 11 de noviembre de 1887. Serán recordados desde entonces como los «Mártires de Chicago». Los tres acusados restantes, Samuel Fielden (inglés, 39 años, obrero textil), Michael Swabb (alemán, 33 años, tipógrafo) y Oscar Neebe (estadounidense, 36 años, vendedor), son condenados a prisión; prisión perpetua en el caso de los dos primeros y por el plazo de quince años en el caso del tercero.
Desempolvemos sus alegatos: “Sólo quiero protestar contra la pena de muerte que me imponen porque no he cometido crimen alguno […] Pero si he de ser ahorcado por profesar mis ideas anarquistas, por mi amor a la libertad, a la igualdad y a la fraternidad, entonces no tengo inconveniente. Lo digo bien alto: dispongan de mi vida” (Fischer). “El principio fundamental de la anarquía es la abolición del salario y la sustitución del actual sistema industrial y autoritario por un sistema de libre cooperación universal, el único que puede resolver el conflicto que se prepara. La sociedad actual sólo vive por medio de la represión, y nosotros hemos aconsejado una revolución social de los trabajadores contra este sistema basado en la fuerza. Si voy a ser ahorcado por mis ideas anarquistas, está bien: mátenme” (Parsons). “Honorable juez, mi defensa es su propia acusación […] Puede sentenciarme, pero al menos que se sepa que en el estado de Illinois ocho hombres fueron sentenciados por no perder la fe en el último triunfo de la libertad y la justicia” (Spies). “No, no es por un crimen que nos condenan a muerte, es por lo que aquí se ha dicho en todos los tonos: nos condenan a muerte por la anarquía, y puesto que se nos condena por nuestros principios, yo grito bien fuerte: ¡soy anarquista! Los desprecio, desprecio su orden, sus leyes, su fuerza, su autoridad. ¡Ahórquenme!” (Linng).
Desde entonces, cada Primero de Mayo —fecha en que comenzó la gran huelga general que desembocaría en la Revuelta de Haymarket—, los trabajadores
conscientes de todo el mundo habrían de conmemorar a los Mártires de Chicago —íconos de la lucha proletaria— manifestándose por las calles en reclamo de sus derechos.
La
centralidad cronológica de esta efeméride entre los obreros difícilmente pueda ser exagerada. Baste un ejemplo entre miles: hacia 1894, el periódico ácrata porteño
La Questione Sociale comenzó a publicar su «almanaque popular». En cada día del mismo se consignaba, reseñaba e ilustraba una efeméride distinta. El clímax de esta travesía histórica por la ruta calendárica era, desde luego, el Primero de Mayo.
* * *
Pero aún no hemos terminado de contar la historia. Falta saber cómo se produjo la domesticación del Primero de Mayo. Aunque hay variaciones de un país a otro, el proceso fue, en esencia, el mismo. Los estados, con esa clarividencia que les es propia (son los garantes del
status quo) y que las clases dominantes —ciegas de avidez— no suelen tener, convirtieron por ley a la principal efeméride obrera en feriado, para de ese modo neutralizar toda tentativa de huelga. A la par, depuraron al Primero de Mayo de su significación martirológica, proletaria, rebelde e internacionalista, y lo transformaron en una celebración amnésica, interclasista y oficial, rigurosamente ordenada y protocolar, transida de chauvinismo y conformismo; en una «fiesta del trabajo» —o «fiesta del trabajador»— en abstracto. Las burguesías, como era de esperar, no comprendieron de inmediato las ventajas de esta innovación. Al principio, no vieron en ella sino la pérdida de otro día laborable más en el año y una demagógica —y
peligrosa— legalización de la efeméride revolucionaria por antonomasia. Con el tiempo, sin embargo, con los resultados puestos sobre la mesa, fueron deponiendo esta actitud y acabaron por aceptar el cambio.
En Argentina, la domesticación estatizante del Primero de Mayo comienza hacia 1930, durante la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen. El caudillo radical supo así combinar el «palo» (recordemos que la Semana Trágica y la Patagonia Trágica ocurrieron durante su primer mandato) con la «zanahoria». Tras un estancamiento de quince años, el proceso se reactiva y alcanza su cenit durante el primer peronismo (1945-55).
Un caso interesante es el de los Estados Unidos, donde cada 1º de mayo —desde 1958— se celebra el patriotero
Law Day, USA o «Día de la Ley, Estados Unidos de América» para eclipsar el «subversivo» y «apátrida»
May Day o
Internacional Workers’s Day. El artilugio se completa con el abstracto Labor Day o «Día del Trabajo»,* que se celebra el primer lunes de septiembre. ¿Desde cuándo? Casualmente desde 1887, el año posterior al de la Revuelta de Haymarket, y el mismo en que fueron ahorcados los Mártires de Chicago… ¿Qué se celebra en el
Law Day? El sacrosanto respeto por la ley. ¿Y el
Labor Day? El trabajo como pilar material y moral de la familia y la patria.
* Una aclaración: en inglés, el trabajo en su aspecto cualitativo y concreto (producción de valores de uso o bienes de consumo) recibe el nombre de work —palabra de la que derivan los términos worker/s («trabajador/es» u «obrero/s») y working class («clase trabajadora» o «clase obrera»)—, mientras que el trabajo en su aspecto cuantitativo y abstracto (producción de valores de cambio o mercancías, creación de plusvalor) recibe el nombre de labour (labor en inglés americano), que nada nos dice sobre su agente —el proletariado—, es decir, sobre sus condiciones sociales de reproducción. Debo este dato revelador a Friedrich Engels (cfr. El capital, t. I, sec. 1ª, cap. I, parágrafo 2, nota 16 (apostilla a la 4ª ed. alemana, 1890).
A riesgo de ser tildado de «sectario», haré la siguiente acotación: la domesticación del Primero de Mayo no es obra exclusiva de los estados capitalistas. En la misma convergieron con la izquierda «moderada» y «responsable», enemiga acérrima del «espontaneísmo», del «infantilismo revolucionario», al que acusaban de ser funcional a los intereses de las clases dominantes. Los socialistas (luego también lo harían los estalinistas) argüían que la revuelta era una ocasión y un pretexto ideales para reprimir al movimiento obrero en su conjunto. Con ánimo festivo y disciplina cuasi-militar, ellos también hicieron lo suyo para que el Primero de Mayo perdiese su
pathos martirológico y su
ethos insurreccional. Se opera así una foucaultiana
internalización de la represión. Sin que medie intimidación policial alguna, se manifiesta por las calles «sin producir alteraciones en el orden público». El vigilante ahora está adentro.
* * *
Hay que desandar este camino de sumisión. Hay que volver a soñar con una huelga general cada Primero de Mayo. ¿Es feriado? No importa, siempre habrá un 2 de mayo. ¿Es utópico? Tampoco importa: “Hemos llegado al momento —supo decir González Pacheco— en que lo único práctico es la utopía; todo lo demás conduce a desalentar y desalentarnos”.
P.S.: con estas coordenadas, es fácil comprender la actitud intolerante del gobierno provincial mendocino ante la reciente movilización del Primero de Mayo que convocara la Multisectorial. Como todo buen peronista, Celso Jaque no puede aceptar que la «Fiesta del Trabajo» sea opacada con protestas «injustificadas» y reclamos «inoportunos».
La Quinta Pata, 03 – 05 – 09
No hay comentarios :
Publicar un comentario