domingo, 21 de noviembre de 2010

Marche una cerveza para el “Comandante” Lemos

Alberto Atienza

Se fue el “Comandante” Lemos, el Rafael, con toda una enorme carpeta de viajes, vivencias y buenas manos para amigos y desconocidos. No hay que decir, como en las necrológicas tradicionales “dejó un vacío imposible de llenar” porque no es cierto. Toneladas de cariño, si es que los afectos pueden ser puestos en balanza, quedan en el alma de los que supieron de la grandeza y bondad que lo iluminaban.

Imposible olvidar su voz tonante, el atuendo de guerrillero: borceguíes, ajustada bombacha, ancho cinto, camisa vasta. La melena negra que le sobrepasaba los hombros, bigotes, barba recortada. Así se vestía en invierno y verano. Durante los días de democracia y en plena época de gobiernos militares. Y no lo metían preso porque al requerirlo de documentos, al interceptarlo una patrulla, él sacaba armas: su simpatía, el conocimiento de los lejanos lugares donde habitó. Se calzaba infaltables lentes clipper, subía a una reluciente camioneta último modelo y los perseguidores advertían que estaban ante un soldado de una armada distinta. Alguien que peleó siempre por el conocimiento de los pueblos, por la alegría. Cerveza en mano brindaba por los seres originarios de América a los que estudió en profundidad y a los que enalteció hasta el postrer segundo.

Tenía plata el “Comandante” y la gastaba bien. Vivió largo tiempo en la isla de Pascua. Se convirtió en parte de esa comarca de misterio. También residió en las márgenes del lago Titicaca, en una casita convertida en uno de sus hogares. Pronto la gente empezaba a quererlo, porque él no era un extranjero. Venía de la más poderosa patria, la del amor. Era aceptado más allá de credos y nacionalidades.

Uno de sus grandes amigos fue el legendario cura Contreras. Colaboró con materiales, en la construcción de la obra que dejó ese sacerdote, casi un santo, en el barrio La Gloria. Forestó el predio y le hizo una parrilla para que el religioso recibiera a sus amigos. De ideas totalmente opuestas, ambos encontraron el sendero de la amistad, del respeto. Ayudaba en silencio, con sus estudios y alimentos, a jóvenes y niños. Algunos, al fallecer Rafael, revelaron que sus vidas fueron bien encaminadas por esa suerte de ángel raramente caracterizado. Los paraba en la calle y les preguntaba: ¿A vos qué te pasa? ¿Por qué tenés esa cara? Vení, vamos a comer algo y conversamos?
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Discutidor, apasionado, nunca insultó a un oponente. Su educación era de un elevado nivel. Capaz de preparar un gran asado para que amigos, deseosos de dialogar con el padre Contreras, pudieran acceder a encuentros que resultaron enriquecedores e inolvidables. Mandaba taxis a sus casas, para que no gastaran. Convidaba excelentes vinos y muchos kilos de helados. En una de esas reuniones el curita comió tantas cremas de chocolate y tan frías que se enfermó.

Su despedida de este mundo, el último adiós, en un espacio de Medrano, ocurrió dentro de un estilo propio. El féretro, descubierto. Él, con su atuendo de campaña, al lado de una hilera de gigantescos álamos que plantó hace años. De parlantes salían al aire blues en la voz de Pappo. La ancestral ceremonia dedicada a la Pachamama, ritual por él dispuesto El pozo en la tierra al que descendieron ofrendas. La infaltable cerveza, más los buenos deseos de todos los presentes, muchos y de su bella familia, para que el viaje fuera tranquilo.

Partió Rafael Lemos. Mejor dicho: aún se está yendo. Acaso se quede un poco más en lugares a los que adoró, Mendoza o las lejanas tierras en las que su presencia dejó huellas. Tal vez ahora esté caminando en su finca de alcaparras.

“Comandante” ¿Qué tal si antes de irse nos tomamos una cervecita?

La Quinta Pata, 21 – 11 – 10

La Quinta Pata

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