domingo, 16 de enero de 2011

Apareció el Liceo Espejo en testimonios de ex detenidos

Alberto Atienza

El Liceo Militar General Espejo salió de las sombras. Habilitado como centro de detención el 24 de marzo de 1976 nunca se habló de ese lugar. Era como si no hubiera existido. Acaso por ser más liviano en el tratamiento a los presos ilegales que contenía, algunos calculan una cifra cercana a los 200 hombres de los más disímiles oficios y profesiones.

En los tribunales federales de Mendoza, de triste fama durante el proceso por ser funcionales a la dictadura genocida, se abrió un expediente en el que figuran declaraciones de algunos hombres que permanecieron encerrados en ese centro de enseñanza, que nunca dejó de funcionar como tal. A pocos metros de distancia estaban los cadetes de los “subversivos” Entre estos últimos se encontraban periodistas, en cautiverio por el único pecado de trabajar en los medios, gauchos traídos de fincas, un vendedor ambulante de huevos, políticos, concejales, gremialistas, en la jerga popular, una “carretalada de perejiles” Y estaba también acaso quien más sufrió por las injusticias que cayeron sobre él, Antonio Di Benedetto, luego derivado en un viaje con torturas y vejámenes a una cárcel en La Plata.

Acaso no sea yo, el autor de la nota, el más indicado para recordar al liceo. Padezco de pérdidas de memoria. Recuerdo cosas horribles, como cuando se abrió una puerta vieja, desvencijada, entraron varios uniformados trayendo a la rastra a un hombre joven, con el rostro deformado por los golpes que le habían propinado. No podía hablar, por la hinchazón de sus labios, ni tomar el agua que le ofrecíamos. Casi no se le veían los ojos muy en el fondo de su cara hinchada y de color morado, un solo gran hematoma. No se tenía en pie, lo sosteníamos. Nunca supe cómo se llamaba. Si vive o lo asesinaron. Si sobrevivió a esa paliza infernal de la que fue víctima. Se lo llevaron los mismos uniformados que lo trajeron. Para mí eso ocurrió en el Liceo. Otros testigos, Alberto Martínez Baca dice que fue en el Octavo Batallón, lugar en el que no recuerdo haber estado.

No solo yo padezco de esas lagunas. Ventura Pérez, hombre probo, secretario general del Sindicato de Prensa al que los militares entraron antes del golpe bajando la puerta con proyectiles de bazooka y llevándose para siempre todas las máquinas de escribir y las fichas con datos de los afiliados, el querido Ventura no recuerda a “Cebroide”.
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En ese año nació en el zoológico mendocino un raro engendro hijo de una cebra y un burro. Muy feo el bicho. Raro. Rayas hasta la mitad del cuerpo, de atrás hacia adelante (cebra) y el resto, burro, idéntico al padre: hocicudo y fulero. Vivió poco pero aparecía a cada rato en diarios y TV. Así fue bautizado un hombre joven que llegó al Liceo insultando a los militares. Un rebelde absoluto. Desconocido. Cada vez que ingresaba de recorrida un uniformado de alta graduación con sus escoltas armadas, “Cebroide” lo increpaba duramente y le preguntaba “¿Por qué estoy yo acá? Decímelo vos. ¿Que se creen, que van a hacer conmigo lo que se les dé la gana? No señor. Dale, hablá?” No le respondían y, oh milagro, tampoco lo mataban. Los demás, aterrorizados por las reacciones que podía desatar “Cebroide” lo justificábamos diciendo “es un loco” Alguien dijo acaso la verdad: “Es un valiente, expresa lo que todos pensamos y nos quedamos callados. Es un valiente y nosotros unos cagones”

Ventura no recordaba al “Cebroide”. Uno de los más memoriosos de esos días, Alberto Martínez Baca, un pibe en el 74, sostiene “Cebroide entró al Octavo, nunca estuvo en el Liceo”. Un día no lo vimos más. En los años transcurridos de sus interpelaciones a cuanto oficial veía, muchos, nunca lo encontré por la calle. Dios quiera que estés vivo hermano “Cebroide” con tu enorme valor. Ventura lo archivó fuera de su memoria. No se sabe por qué.

Hay cientos de historias ocurridas en ese lugar de detención, verdaderamente “light” en su comparación con otros. Funcionó como lugar de paso. De ahí algunos salieron libres y otros fueron derivados a penales nacionales. Sería interesante saber qué aportan con sus declaraciones quienes figuran en ese nuevo expediente que se está formando. Hubo traslados a sitios donde éramos sometidos a interrogatorios que tenían todas las características de un preámbulo de fusilamiento: manos atadas detrás de la espalda, vendaje sobre los ojos y, encima una capucha. Luego venía un largo viaje caminando que uno suponía concluía en un paredón y con los proyectiles de FAL, armas que portaban los soldados que se llevaban a uno, surcándonos el pecho.

Algunos muchachos se negaban a comer y a levantarse. Había que animarlos. Otro orinó sangre tres días y sus noches por unos golpes recibidos en el momento de su detención. No faltaba el que pensaba que la liberación era inmediata, “No hemos hecho nada” aseveraban. Y los días se les hicieron cada vez más largos y duros.

Hoy la alegría, un tanto culposa, es haber sobrevivido. Pero queda la bronca, por la interrupción de carreras nunca recuperadas, por jubilaciones magras que llegan por ese motivo, por secuelas físicas de algunos golpes, por secuelas psíquicas. Ver a esos viejitos, generales, comisarios, en el banquillo de los acusados, con sus caras de nonos buenos. Saber que fueron responsables de crímenes y que les caerán prisiones perpetuas, no es un consuelo. Está bien, aunque tarde, la justicia está llegando. Pero, todavía falta.

En la calle comentan que hay una legión de genocidas libres, que toman café al lado de la gente normal. Creen que nadie los recuerda, que nadie los registró. Y son responsables de desapariciones y muertes. Son los “botones” los delatores que estaban mimetizados en los medios de difusión, unos cuantos todavía andan por ahí, que cobraban muy buenos sueldos de la policía, del SIDE, por mandar al frente a compañeros, en la gran mayoría de las veces, con mentiras. El periodismo de los 70 era muy puro, muy idealista. Difícil que un escriba de aquellos años, de Mendoza cuento, militara en política, en religión, en alguna secta. No éramos simpatizantes ni del club de bochas del barrio. Los “ortivas” al lado de uno en las redacciones, a veces de novios con colegas de las que no se sabe si eran colaboracionistas o enamoradas, inventaban paparruchadas que luego les saltaban a los muchachos presos en los interrogatorios: “correo del ERP” como si al ERP con sus compartimentos estancos, con sus células que no se vinculaban entre sí, le hiciera falta un correo. También les endilgaban vinculación con los curas tercermundistas. O le apuntaban a las mujeres de esos colegas, con un infundio y por elevación o rebote les pegaban a ellos. Calladitos los “batilanas” insertos otrora en comunas, oficinas del gobierno, en gremios. También se los ve a veces haciendo de padres impolutos o de abuelos benéficos ¿Les llegará la hora? Hablan de cuadernos, todavía existentes, con el registro de sus cobranzas, era buena plata.

En la calle se dice que van a caer también los políticos corruptos. Es como si la Justicia hubiera despertado de un letargo. O escapado para siempre del manejo de jueces federales que cuando les denunciaban la desaparición de un ser humano y de elementos de valor de una casa respondían: “¿Usted se cree que esto es una oficina de objetos perdidos?” (juez Romano).

Pero la calle es una inspirada. Alberga sueños. Se comenta en los boliches que esos chorros, dueños de hoteles, estaciones de servicios, fincas, casas en barrio Bombal, en la Quinta, en ghetos privados, también serán sentados en las todavía calientes sillas de los genocidas ¿Será así?

La Quinta Pata, 16 – 01 – 11

La Quinta Pata

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