domingo, 23 de septiembre de 2012

Los amautas: poetas y filósofos incas

Mary Ruiz de Zárate

Paralelamente al desarrollo de una infraestructura económica que alcanzó notable esplendor, crecía literaria y culturalmente el imperio inca.

No alcanzaron a conocer a conocer la escritura – que se sepa – pero a través de los quipus (que quiere decir anudar) se llevaba cuenta de todo.

Los hacían de hilos de diversos colores. Unos quipus eran de color entero, según el asunto a tratar. Por ejemplo: el rojo representaba la guerra y, considerando el tamaño de las cuerdecillas colgantes, la forma peculiar del torcido y el orden en que se ataban, podía leerse, o mejor dicho, comprenderse, el suceso relatado.

Algunos de estos hilos tenían otros hilitos delgados, del mismo color, como ramificaciones.

Los quipus se encontraban al cuidado de los llamados quipucamayu, que los descifraban rápidamente. Entre los quipucamayus existían especialidades acordes con la materia. Algunos eran expertos contables y jamás se equivocaban. En cada pueblo había cuatro, de estos oficiales del Inca, y es a ellos a quien debemos hoy el tener conocimiento de la obra literaria de amautas y arawikus, pues con gran prolijidad llevaban los anales de cada gobierno, con todos sus incidentes, sin olvidar los poetas y compositores de la corte.

La poesía de los incas
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Conocieron variedad de estilos de composición. Aunque la mayoría eran versos acompañados de música que se cantaban en las diversas festividades o en representaciones teatrales.

El jailli, el arawi, el take y el wawaki constituían los principales tipos de estas canciones. Otros versos como el aranwy y el wanka no requerían música y eran simplemente recitables.

Los cultivadores del jailli – himno – dedicaban sus obras a temas religiosos, entonando himnos al Sol-Inti, a Quilla – la luna – al trueno y también a temas bélicos que relataban, en sus estrofas, las conquistas y hazañas de sus reyes incas. Muchas composiciones loaban la grandeza del hombre que trabaja la tierra y relataban, paso a paso, las diversas etapas de la faena agrícola con gran musicalidad y belleza.

Los sacerdotes del sol componían himnos sagrados pues algunos de ellos fueron excelentes poetas que en versos breves y compendiosos cantaban leyendas, como por ejemplo la de Manco Capac y su mujer y hermana Ollo Vaco.

El inca Viracocha compuso varios jaillis que relataban sus conquistas en la guerra y en el amor, que fueron muchas y grandes.

Los jaillis heroicos eran conocidos con el nombre de jaich cha y también con el de atiy jailli. Fue esta la poesía más cultivada, dado el carácter del imperio inca: conquistador agrario y legislador.

Actualmente se han encontrado profusión de jaillis agrícolas, que con gran simplicidad y belleza invocan a las fuerzas naturales en época de sequía.

El arawi era la poesía amorosa, de alto lirismo y delicada expresión, que, según sus matices, tomaba nombre. Así, por ejemplo: el jaray arawi, era la canción de amor doliente; sank’ay arawi, la de la expiación; kusi arawi, la de la alegría, por el amor correspondido; el sumaj arawi, que canta a la belleza de la amada, y el de warijsa arawi, que describe virtudes y gracias del objeto de amor.

Otro género muy importante de la poesía incaica fue el wawaki, que cantaba el amor en forma dialogada, principalmente en las fiestas dedicadas a la luna o durante las épocas en que había que cuidar los semilleros de los animales dañinos.

El wanka era la poesía del lamento, del dolor, y por esto se le encuentra alguna afinidad con la elegía europea. Regularmente, estas wankas se recitaban en un escenario preparado con decoraciones alegóricas al tema.

La mayor parte de los versos eran cortos y muy compendiosos, como cifras y sueltos; no utilizaban la rima asonantada.

Los himnos históricos y religiosos, junto con algunos amorosos de arawikus de fama, se guardaban en la memoria por tradición y su música se enseñaba a los niños, a tañerla con la flauta – quena – desde temprano.

La obra de los amautas que eran los filósofos, la dejaron plasmada en la legislación incaica, pues muchos de ellos fueron juristas destacados como por ejemplo: el gran inca Pachacutec y el inca Viracocha.

Los poetas de la conquista
Un corte violento en el desarrollo social del imperio inca, se produjo ante la invasión europea. Las luchas intestinas entre Atahualpa y su hermano Huáscar por el poder político culminaron con un debilitamiento de las fuerzas defensivas del pueblo. El sistema se llenó de grietas y fue presa fácil para el puñado de aventureros de Francisco Pizarro.

De los casamientos entre los capitanes de Pizarro con las ñustas y pallas – mujeres de la casa real – nacieron los primeros mestizos en el Cuzco. Para estos niños se creó un seminario, donde se les impartía esmerada enseñanza en consideración a la estirpe de sus madres y la condición de sus progenitores. Posteriormente, la política española en América cambió respecto a los descendientes de los gobernantes destituidos y estos fueron tratados con rigor.

El Inca Garcilaso de la Vega, bisnieto de Huayna Cápac, es considerado, con razón, “el príncipe de los cronistas de la conquista”, por sus exactos relatos sobre la historia de su tierra natal, por sus poemas y traducciones escritas con el ingenio y el talento que le marcan la condición especialísima de su progenie, tanto española como inca.

Garcilaso escribió en un castellano impecable, como ningún otro en su tiempo, y tradujo del italiano a León Hebreo. Dominó además del español, su lengua madre, el quechua, que le permitió recoger las tradiciones orales de su familia incaica

El clérigo Blas de Valera, hijo de una ñusta y de un conquistador, fue condiscípulo de Garcilaso, y la obra que escribiera, perdida en el saqueo de Cádiz, fue recuperada en parte, muy dañada, por el inca, cuando este se dispuso a comenzar sus famosos Comentarios reales.

Verdaderas joyas literarias se perdieron durante los siglos XVI y XVII, pues la barbarie de los españoles les impidió conocer el valor de la obra poética, no ya de los escritores incas, sino de los mestizos como Felipe Guaman Poma de Ayala, cuya obra fue encontrada en el siglo XIX después de permanecer sepultada entre el polvo de los archivos.

La poesía de Salkamaywa, indio collahua, y sus manuscritos históricos, fueron hallados dos siglos después de muerto su autor, en la biblioteca de Madrid.

Queda para los escritores y poetas de Hispanoamérica, nuestra América, la tarea de limpiar los establos de Augías (1) intensificando la indagación paralelamente que ofreciendo a nuestro continente la verdadera historia de sus pueblos, pues ninguna investigación debe quedarse reducida al ámbito de una élite de intelectuales, ajena a la realidad que demanda la sociedad americana de nuestros días. Divulgando la historia de América, sus usos y tradiciones, recibe nuestro pueblo su historia patria.

(1)Augías: En la mitología griega, rey de la Élide e hijo del sol. Fue uno de los Argonautas. Era poseedor de 3.000 bueyes cuyos establos no se limpiaban.


Juventud Rebelde, 14 – 06 – 70

La Quinta Pata

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