domingo, 26 de octubre de 2014

Audiencia 47: Privaciones de la libertad y una desaparecida

Cuatro rivadavienses detenidos en el D2 prestaron declaración ante el TOF Nº1. José Luis Bustos y Jesús Riveros fueron torturados por su amistad con el militante Mario Díaz, mientras que Carlos Rossi y Gabriel Carrasco sufrieron similar tratamiento, un año después, por pertenecer a la Juventud Peronista. La audiencia culminó con el testimonio de la hija de Valentín Montemayor, afiliado al PC – Partido Comunista-, apresado por el ejército.

Los cuñados

El 21 de septiembre de 1976 se realizó una gran despliegue en Rivadavia para allanar las viviendas, destrozar los bienes y detener, primero a Jesús Riveros y después, a José Luis Bustos. Los hombres eran cuñados entre sí y compartían amistad con Mario Roberto Díaz, miembro de la JP, además de pertenecer al mismo club de barrio donde practicaban deportes y jugaban a las cartas.

Riveros y Bustos, antes de recalar en el D2, pasaron por “La Perrera” de Junín donde escucharon que serían fusilados y les colgarían unas piedras para “tirarlos al Carrizal”; de allí los destinaron a aquel Centro Clandestino. Sometidos a torturas y humillados durante 10 a 15 días, salieron en libertad “muy machucados”, y con miedo, según afirmaron.

Ambos dijeron conocer a un vecino prominente de Rivadavia: Juan A. Oyarzabal, al que reprocharon lo sufrido en el D2 por su calidad de Jefe. Además, reconocieron haber compartido cautiverio, entre otros, con Belardinelli y Mario Díaz, los dos muy deteriorados.

El padre de José Luis Bustos, era policía en la Seccional 13 de Rivadavia y, según Riveros, se desempeñaba como asistente del Comisario. Curiosamente, ambos dijeron no conocer ni siquiera de nombre, a Armando Guevara, imputado en esta causa, quien por aquellos días se desempeñaba como Subcomisario en la misma Seccional 13.
José Luis Bustos vendía diarios desde los seis años, limpiaba una panadería y se rebuscaba con trabajos de electricidad. Con naturalidad y, en tono resignado, relató que en el D2 lo sometían a palizas permanentemente, pero “en la cara no me golpeaban” aclaró. Fue picaneado mientras lo interrogaban sobre un supuesto comando guerrillero.

Relató situaciones altamente vejatorias y recordó los gritos de las mujeres que decían: ”que no…, que no…”; en repuesta a un pedido de precisión de la Fiscal, concluyó que las violaban. Después de varios días de padecimientos fue obligado a firmar una declaración que no le permitieron leer.

Bustos afirmó que después de quedar en libertad sintió “vergüenza de salir a la calle” y estuvo dos meses y medio en cama, le quedaron dolores de piernas y espalda. Actualmente sigue sufriendo las secuelas de la tortura.

Jesús Manuel Riveros, hizo el mismo camino que Bustos y padeció similares golpizas. Aclaró que no fue picaneado y recordó que vendado, miembros de la patota le propusieron que hiciera silencio mientras ellos indagaban a Mario Roberto Diaz. De este modo pudo escuchar su respuesta: “no tienen nada que ver” con la militancia, dijo su amigo. Durante los días que permaneció allí no le dieron comida; sólo recibió “una Bayaspirina, una manzana y una frazada” que le ofrecieron las detenidas. El abrigo respondió a un ataque de asma que no mereció atención médica.

El testigo estaba casado, tenía hijos y en aquel momento su esposa estaba embarazada; además de los daños materiales sufridos, al volver a las calles de Rivadavia “… ni se me arrimaban”…, se lamentó.

Mutis de la memoria

Carlos Alberto Rossi aclaró “no me acuerdo mucho”, por lo que debió leer, en un ayuda memoria, que fue detenido el 9 de septiembre de 1977; vendado y encapuchado, lo subieron a un Citroën, y lo llevaron al D2. Curiosamente empezó negando los malos tratos recibidos en su traslado y secuestro en ese Centro Clandestino.

El testigo atribuyó la detención a su pertenencia a la Juventud Peronista y agregó que en ese CCD escuchó a una mujer que gritó “soy de las Heras” y dijo su nombre, aunque no lo recordaba. Lo manifestado coincide con el testimonio ofrecido ayer por Daniel Ghilardi, quien escuchó agonizar a Olga Roncelli de Saieg. Antes, la mujer gritó su nombre y domicilio. Otros detenidos de Rivadavia confirman el dato sobre la presencia en el D2 de la profesora desaparecida, donde aparentemente habría fallecido.

Como los demás rivadavienses, señaló a Oyarzabal como el comisario del lugar pero dijo desconocer que era el jefe del D2 y sostuvo que nunca lo vio durante su detención. Agregó “Oyarzabal era cliente de mi negocio”. Además, dijo que nunca se entrevistó con una autoridad judicial.

El 21 de septiembre de ese año fue trasladado, junto a todos los que provenían de Rivadavia (Burgoa, Pellegrini, Carrasco y Ghilardi), a la Penitenciaría de Mendoza de donde salió en libertad el 25 de abril de 1978.

El juez Juan Antonio González Macías le hizo notar la diferencia entre las declaraciones anteriores y la de este martes. Por secretaría el magistrado pidió se leyera un anterior testimonio en el que Rossi afirma haber recibido golpes y otras agresiones; finalmente optó por ratificar lo declarado en 2012.

También de Rivadavia

Gabriel Alberto Carrasco, fue detenido en su domicilio el 14 de septiembre de 1977, de allí pasaron a la casa Ghilardi y también se lo llevaron. Ambos, vendados y encapuchados, fueron subidos a un rastrojero que los desembarcó en el D2.

El testigo reconoció su militancia en la Juventud Peronista y dijo que sus interrogadores le atribuían conexión con unos “explosivos que se perdieron en Rivadavia”. Fue golpeado en dos ocasiones y durante toda su detención en el D2 recibió amenazas contra su familia. Dio respuestas, también, sobre una mujer a la que escuchó gritar y quejarse del dolor. Al respecto se remitió al detenido Burgoa a quien le había proporcionado una dirección de Las Heras para que ubicaran a su familia. “La sacaron en una frazada”, agregó; sin duda se refería a Olga Roncelli.

El 21 de septiembre, Carrasco fue trasladado al penal de Bulogne Sur Mer desde donde recuperó la libertad el 25 de abril del año siguiente.

Preguntado por la Fiscal Santoni sobre qué recordaba de la Penitenciaría, aportó que el primer mes fue bastante duro pero que allí no fue torturado. Proporcionó los apellidos de Suchetti, Linares y Villegas, quienes custodiaban el pabellón.

Los cuatro testigos provenientes de Rivadavia fueron cuidadosos y medidos. Ninguno mencionó al imputado Guevara quien se desempeñaba, en los años de plomo, como subcomisario de la Seccional 13 de esa localidad.

¿Y Valentín dónde está?

Adriana Beatriz Montemayor aportó los datos de la detención de su padre, Valentín Montemayor, a partir de sus vivencias y de los relatos que éste le había brindado antes de fallecer, el 2 de diciembre de 2008, a los noventa años; el hombre era afiliado al Partido Comunista.

Valentín fue detenido por el Ejército, el 13 de agosto de 1976 en la mueblería del departamento de Godoy Cruz, en la que trabajaba. La manzana fue rodeada y los uniformados estaban “hasta en las acequias”. Ingresaron a su casa de calle Derqui y, a su paso, produjeron destrozos y se llevaron el dinero ahorrado.

Las averiguaciones de su madre hicieron posible dar con el paradero de Valentín, que se encontraba en el complejo penitenciario de Boulogne Sur Mer y que había permanecido algunos días en la Compañía de Comunicaciones de Montaña VIII. En ese lugar padeció puntapiés en las piernas y golpes con toalla mojada. Allí coincidió con Roberto Vélez, Ángel Bustelo y otros camaradas. De las dependencias del Ejército pasó a la Penitenciaría y fue liberado en marzo de 1977. Por diversos motivos Adriana Montemayor es la única testigo de esta causa.

Cabe destacar que los cinco testimonios ofrecidos en la fecha responden a distintas causas por privación de la libertad y tormentos.

La próxima audiencia será el martes 28 de octubre.

Fuente: https://juiciosmendoza.wordpress.com/

La Quinta Pata

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