domingo, 19 de octubre de 2014

Una Madre

Ricardo Nasif*

Él se ducha, terminó tarde su guardia.

Ella pica las cebollas que, rehogadas con salvia, fuego, oliva, sal y arroz, serán una sopa calentita.

Él cruza el largo del silencio de la ciudad en otra noche más de estado de sitio. Su cuerpo cansado reposa en la butaca del Torino.

Ella corrige los 28 cuadernos azules del 3° grado “A” y ansiosa mira el reloj que completa una nueva vuelta.

Él entra sin hacer ruido, ya son casi las 2 y media, sube las escaleras, entorna despacio la puerta del baño y se lava con fruición el olor a carne quemada por la picana que todavía le impregna las manos.

Ella duerme vencida sobre los papeles araña, con los antebrazos de almohada en su mejilla izquierda.

Él se acuesta, su mujer, aún con el denario en la mano, acaricia la nuca rapada y obesa del verdugo.

Él duerme, cumplió su faena.

Ella sueña que abraza a un hijo que no volverá.

A las 2 y media, yace sobre la mesa un plato de sopa fría.

(A las Madres de los compañeros desaparecidos)

*Facebook del autor

La Quinta Pata

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