domingo, 2 de noviembre de 2014

Consenso sin Washington

Ricardo Nasif*

Desde hace algunos meses, el presidente de Ecuador, Rafael Correa, viene alertando sobre la puesta en marcha de una restauración conservadora en América latina, que intenta poner fin al ciclo de gobiernos progresistas y al proceso de integración en la región.

Después de distintas intentonas destituyentes -con resultados concretos en Honduras y Paraguay- la derecha no logra aún alcanzar triunfos democráticos que puedan desbalancear el equilibrio regional. Recientemente no lo pudieron conseguir en Bolivia, estuvieron muy cerca en Brasil y aún resta la segunda vuelta en Uruguay, donde el Frente Amplio ya picó en punta. En todos los casos las oposiciones más significativas reincidieron en el discurso neoliberal, en la mirada al norte y la posibilidad de la ruptura de la integración latinoamericana.

En nuestro país, Mauricio Macri y Sergio Massa –al abrigo de los medios de comunicación dominantes- son las figuras más representativas de esa pretendida tendencia neoconservadora. Las vienen haciendo todas a pedir de boca de los EEUU, a punto tal que la semana pasada ambos, por separado, se reunieron con el ex presidente colombiano Álvaro Uribe, uno de los alumnos más aplicados del casi extinto Consenso de Washington.

Macri y Massa compartieron con Uribe sus preocupaciones sobre el crimen organizado y el narcotráfico y elogiaron al visitante colombiano, quien ha sido denunciado en numerosas oportunidades por su vínculos estrechos con paramilitares y narcos. Massa destacó “la experiencia exitosa de Colombia”, mientras que los organismos de derechos humanos, como el Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia, vienen señalando que la política norteamericana contra el crimen organizado en ese país en los últimos 55 años ha dejado como saldo: 220 mil muertos, 25 mil desaparecidos, 1900 masacres y más de 5 millones de desplazados.

Pocos días después de las alabanzas de Massa a Uribe, se cumplió un nuevo aniversario de la muerte del compañero Néstor Kirchner. Más allá del obvio contraste, no está demás decir que el legado de Néstor tiene y tendrá una trascendencia histórica más que significativa para la Patria Grande Sudamericana, en el sentido totalmente opuesto al del ex presidente colombiano.

Desde el primer día de su gobierno, en el medio de un país diezmado por décadas de neoliberalismo, Néstor marcó un camino con el cual fue consecuente hasta el último día de su vida. “EL MERCOSUR y la integración latinoamericana, deben ser parte de un verdadero proyecto político regional y nuestra alianza estratégica con el MERCOSUR (…) se ubicará entre los primeros puntos de nuestra agenda regional”, dijo el Pingüino en su discurso del 25 de mayo de 2003.

Dos años más tarde, en la Cumbre de las Américas que se celebró en Mar del Plata, el mismo Kirchner, en las propias narices del emperador George Bush (h), pronunció uno de sus discursos más valientes: “Esa uniformidad que pretendía lo que dio en llamarse el Consenso de Washington, hoy existe evidencia empírica respecto del fracaso de esas teorías, nuestro continente en general y nuestro país en particular es prueba trágica del fracaso de la teoría del derrame. (…) Un acuerdo no puede ser un camino de una sola vía, de prosperidad en una sola dirección. Un acuerdo no puede resultar de la imposición en base a las relativas posiciones de fuerza”.

Néstor, Lula y Chávez, fueron los líderes sudamericanos claves para frenar el proyecto del Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA) que pretendía garantizar una definitiva sesión de independencia económica de todas las naciones del continente en favor de los EEUU y sus empresas trasnacionales.

En 1989, cuando los escombros del Muro de Berlín todavía no comenzaban a levantarse, EEUU ya tenía diseñada la estrategia hegemónica de dominación sobre nuestra América latina y el Caribe.

Terminada la Guerra Fría y entonces excluida la eventual influencia o presencia de cualquier competidor global que pudiera poner en riesgo la primacía de los EEUU como potencia preponderante en Occidente, el Imperio se lanzó con sus corporaciones empresariales y sus capitales al definitivo dominio de las Américas.

Prácticamente diezmados los movimientos nacionales y populares latinoamericanos, genocidio mediante, y aprovechando la asfixia económica que suponía el endeudamiento externo en la mayoría de nuestros países, EEUU, con la complicidad de las dirigencias oligárquicas traidoras locales, desplegaron en nuestra naciones el dogma neoliberal sintetizado en el conocido Consenso de Washington. Por medio del Banco Mundial y el FMI impusieron un paquete de recetas sustentado en tres pilares:

1- El desplazamiento del Estado y la política en favor del libre juego de las fuerzas del mercado.
2- El fortalecimiento de la actividad privada concentrada, mediante la desregulación del mercado, la eliminación de subsidios sociales y la privatización de las empresas públicas.
3- La apertura comercial, eliminando todo tipo de tarifas o barreras para las importaciones.

Entroncado en esas líneas, George Bush (padre) convocó en el año 1990 a los países latinoamericanos y del Caribe a la formación de un acuerdo de libre comercio desde Alaska a la Argentina.

En 1994, el sucesor Bill Clinton reunió a 34 presidentes americanos (entre los que no estaba Fidel Castro) en una Cumbre de las Américas, que resolvió iniciar las negociaciones para la creación del ALCA. Este acuerdo, que representaba una formalización institucional del discurso económico único, prometía la formación de un mercado continental en el cual los países podrían comerciar libremente en condiciones de igualdad. En la práctica era un nuevo “estatuto del coloniaje” (Jauretche dixit) que de implementarse reduciría a las naciones subdesarrolladas, en el mejor de los casos, a un mero rol de Estados anémicos proveedores de materias primas.

En abril de 2001 en Canadá, todos los países de América (excepto Cuba que no fue invitada y la Venezuela de Chávez que se opuso) firmaron un pacto en el que se comprometieron a poner en funcionamiento el ALCA, a más tardar, en diciembre de 2005. Mientras en Québec se cocinaba a fuego lento el neoliberalismo, en nuestro país, como en distintos puntos del continente, los trabajadores ofrecían resistencia. La CGT oficial de Rodolfo Daer movilizó a siete mil trabajadores, la CGT disidente de Hugo Moyano concentró a unos diez mil y la CTA, conducida por Víctor de Genaro, junto a organizaciones sociales y de derechos humanos, convocó a doce mil obreros, todos en manifestaciones públicas contra el ALCA.

Pese a los denodados esfuerzos del norte, finalmente, en noviembre de 2005, en la Cumbre de las Américas de Mar del Plata, George Bush (hijo) asistió al velorio del sueño norteamericano. Precedido por una impresionante movilización social, el Mercosur y Venezuela enterraron a un ALCA que ni siquiera alcanzó a nacer.

Un nuevo consenso comenzaba a asomar, esta vez sin Washington.

*Facebook del autor 

La Quinta Pata

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