domingo, 15 de febrero de 2015

Emmanuel

Ignacio Sánchez

«¿Que a dónde se ha ido Dios? -exclamó-,
os lo voy a decir.
Lo hemos matado:
¡vosotros y yo!
Todos somos sus asesinos (…)».

Se perdía la tarde en soledades celosas. Pero tal vez no se estaba yendo del todo. Como un péndulo juguetón iba y venía. Y el sol latía en la cuesta de esa casa sin techo. La luna amagó con cubrir la noche. Tu mano inquieta buscó la mía sin hallarla. Tantas otras veces nuestras manos se tocaron en silencio. Y los latidos como campanadas, como plegarias roncas.

Ya a la distancia huía aquel presagio. La tarde se perdía, la noche entera se adueñaba del asunto. El frio recorrió los cuerpos. Pobres cuerpos acostumbrados el uno al otro. Y esta vez no hubo estrella que guiara. Tus ojos más negros aún que las aguas del Estigia.

Tantos Reyes perdidos por el desierto interminable y nosotros tan solos. ¿Por dónde andaba el ángel ahora? ¿Por dónde el Padre para encomendar el espíritu?

Tu aliento jadeante por la carga de un destino injusto que no pudimos elegir. Y en medio del cadáver de un cielo infinito, un grito desgarrador nos sonó a sangre. Y tu llanto, María, parecido al de una nena que en la ilusión de la infancia ha perdido su muñeca.

La Quinta Pata

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