lunes, 9 de febrero de 2015

Olor a engaño

Ricardo Nasif*

Hace exactamente 5 años, el juez Ricardo Germani, del tribunal de faltas de Bahía Blanca, multó con casi $ 100 mil a la cadena de supermercados Wal Mart por vender pescado podrido.

Wal Mart –el mayor empleador privado de Estados Unidos- además de impedir en Argentina que sus trabajadores se sindicalicen, despedir constantemente a empleados por razones ideológicas y gremiales y estafar a los consumidores con violaciones a los acuerdos de precios, tenía en venta en sus góndolas de Bahía Blanca 331 kilogramos de frutos de mar en mal estado.

Las pericias del SENASA determinaron que esos alimentos no eran aptos para el consumo humano. Sin embargo, de acuerdo con versiones malversadas, habría vecinos que consumieron el besugo tufiento y a partir de entonces habrían perdido paulatinamente la capacidad de razonamientos complejos. El atragantamiento con bajas estofas marinas les ocasionó a los malogrados consumidores, además de un permanente hedor a pescado, un shock en las sinapsis neuronales que devino en ira y lógicas rudimentarias, según explicaron allegados a los pacientes.

No obstante hay interpretaciones subjetivistas y carentes de todo sustento de los mal interesados de siempre que se han encargado de desmentir que el “síndrome del olor a pescado podrido” haya sido contraído en Bahía Blanca por la ingesta de los productos de la pescadería del Wal Mart, sino más bien por el consumo reiterado de pescado podrido proveniente del diario La Nueva Provincia de esa ciudad, propiedad del presunto genocida Vicente Massot.

Esto sería coherente con similares síntomas de incontinencia verbal incongruente que también habrían reportado consumidores asiduos de pescado podrido de otros medios de comunicación como diarios, televisión, redes sociales y radio.

Un investigador del CONICET -uno sólo lamentablemente- manifestó, en estricto off de record, que la venta de pescado podrido del Wal Mart no es más que la vieja estrategia del imperialismo yanqui de falsificación de la verdad para provocar confusión, desmemoria y alienación colectivas. El cientista social agregó: “la pescadería del Wal Mart de Bahía Blanca funciona como un diario de gran tirada -como si fuese un gran diario argentino- que todos los días, desde que abre la persiana, te vende a sabiendas información falsa que los inadvertidos ciudadanos adquieren aún notando la baranda putrefacta que emana”.

El acostumbramiento al engaño o al consumo no recreativo de pescado o datos falsos es el que ocasionaría los trastornos irreversibles en la psiquis y el razonamiento humano.

Pero esto no sería privativo de los matutinos o los noticieros del mediodía. Algunos textos de historia podrían provocar también similares consecuencias.

Ya en los años ´40 la “Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina” (FORJA) advertía sobre la divulgación de historia en mal estado por parte de los escribientes liberales.

En 1959, Don Arturo Jauretche, uno de los protagonistas centrales de la agrupación FORJA, escribió un libro titulado “Política nacional y revisionismo histórico”, donde hablaba de una “falsificación de la historia”, de “una deformación transmitida de generación en generación, durante un proceso secular, articulando todos los elementos de información e instrucción que constituyen la superestructura cultural con sus periódicos, libros, radio, televisión, academias, universidades, enseñanza primaria y secundaria, estatuas, nomenclaturas de lugares, calles y plazas, almanaque de efemérides y celebraciones, y así...”

El pescado podrido de la historia, en la mirada politizada y militante de Jauretche, funcionaría entonces como un sistema de desvirtuación del pasado, tributario de los intereses de dominación del liberalismo británico en nuestro país.

Pareciera bastante simple la cosa: la burguesía internacional y sus aliados locales venden el pescado podrido que la clase obrera produce y consume; los capitalistas se llenan de plata los bolsillos, los trabajadores no sólo que no se alimentan con el pescado en mal estado sino que terminan descompuestos y alienados y la patria es apenas un apéndice colonial del imperio inglés.

Pero parece que no es tan así de simple la cosa. Quién sabía mucho de pescado podrido, quizá sin saberlo, fue Antonio Gramsci. Este tano jorobado estuvo prisionero del régimen de Mussolini desde 1926 hasta su muerte en 1937, fue entonces cuando escribió sus famosos y dolorosos “Cuadernos de la cárcel”, publicados en la Argentina recién a fines de los `50.

Según el filósofo argentino Néstor Kohan: “Gramsci advierte que la hegemonía burguesa no es sólo política, también se construye y se recrea en la vida cotidiana. A través de ella se interiorizan los valores de la cultura dominante y se construye un sujeto domesticado. El capitalismo no resuelve los problemas materiales de la mayor parte de la población. Sin embargo, es ideológicamente hegemónico. Convence a la gente de que no hay otra forma de vivir más que la que ofrece el sistema”.

Para Kohan hoy en día la principal vía de construcción hegemónica son los medios de comunicación masiva, pero además la sociedad civil cumple un papel fundamental para asegurar el estado de las cosas. Las escuelas, los partidos políticos, los sindicatos, las sociedades de fomento, las iglesias, etc., generan los consensos.

Por otro lado, siguiendo a este filósofo, “los manuales escolares de historia suelen describir la vida de “grandes” personalidades (…) Habitualmente desconocen o dejan en un segundo plano a las masas populares. Para Gramsci, en cambio, estas masas son el sujeto de la historia. La propuesta de los Cuadernos apunta a pensar y analizar la historia “desde abajo”, desde los sectores populares, desde “las clases subalternas”.

O sea que la venta de pescado podrido no sólo dependería de las grandes cadenas transnacionales y de los medios de comunicación dominantes, sino que habría una especie de vendedores ambulantes –intelectuales, peluqueras, clasemedieros, pobres venidos a más o ricos venidos a menos, etc.- que expandirían el pescado fétido, aún cuando esto atente contra sus propios intereses.

Al parecer, el pescado putrefacto tiene el mismo olor que el engaño y para contrarrestarlo no quedaría otro remedio que correr el velo del hedor y la mentira para buscar la verdad de la clase trabajadora entre el presente y el pasado.

Dicen que para evitar la hediondez nauseabunda cada vez que uno enciende la tele o la radio, o lee un diario, una página de internet o un libro, es recomendable subvertir el conjuro con aquellos párrafos que escribió Rodolfo Walsh en el “Periódico de la CGT de los Argentinos”: "Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires. Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan. La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las cosas. Esta vez es posible que se quiebre el círculo..."

*Facebook del autor 

La Quinta Pata

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