domingo, 1 de febrero de 2015

Otra Mendoza, otra Argentina, otro yo

Rolando Lazarte

No sé si dará un artículo, o si serán solamente algunas reflexiones, unas anotaciones preliminares como para ir dándome cuenta de que todo cambió. Lo que quiero compartir aquí, es un hecho en el ámbito personal, que me está siendo dado experimentar a lo largo de las cada vez más prolongadas estadías en Mendoza, mi tierra natal.

He venido volviendo, y seguiré volviendo, sin dejar sin embargo mi tierra de adopción, João Pessoa, Paraíba, Brasil. Ir y venir. Mi destino. El movimiento de la vida. Ir y venir e ir llegando cada vez más acá, cada vez más aquí, a esto que está aquí, el presente. Este presente en que está alguien allí y alguien aquí.

La hoja como lugar de encuentro. Esto de escribir como una forma de ir llegando. Como decía Julio Cortázar en “Después hay que llegar”. Llegar no se sabe bien a qué, pero llegar. De algún modo, me sigo sorprendiendo con el estar vivo. Me sigue sorprendiendo el estar haciendo parte de un mundo hecho de gente, plantas, agua, mar, montaña, todo lo que está aquí.

Esto me sigue sorprendiendo. Y me sorprende también que después de tantos años de haber venido a Mendoza como un visitante, casi furtivo, esta tierra mía siga teniendo por mí el afecto que la tierra tiene por sus hijos. Me siento un hijo de esta tierra, que tuve que dejar en 1977, a la cual sin embargo nunca dejé de volver a ver. Volvía como por una rendija.

Ciertamente con una mezcla de miedo y rabia, rencor. Las heridas uno las va procesando, y de pronto descubre que se hicieron flores. De donde mucho hemos sufrido, un día vemos que han brotado flores. Salió una flor. Y esa flor es uno mismo. Sos vos mismo o vos misma, que estás leyendo esto, y a quien sin duda deben haberle pasado muchas cosas dolorosas a lo largo de la vida.

Pero en todas estas idas y venidas, también fui viniendo yo mismo. Fui viendo que yo también estaba aquí, también estoy aquí. Me fui pero me quedé. Uno se va de sí mismo por muchos motivos. Por presiones sociales, por la violencia, una agresión. La dificultad de coexistir siendo de una forma que la gente rechaza o rechazó en alguna oportunidad.

Uno se aparta, se va, se aleja de sí mismo. Pero vuelve. Siempre se vuelve. No hay ida sin vuelta. No me refiero solamente a un regreso territorial, a un volver a vivir en un lugar. También es esto, pero lo es en un sentido primero, más bien dentro de uno mismo, en uno mismo. Adalberto Barreto lo describe muy bien en su artículo: “As dores da alma dos excluídos no Brasil”.

Una experiencia dolorosa nos aparta de nuestro cuerpo. Nuestro cuerpo queda como que deshabitado, o habitado a medias. Pero de algún modo uno puede volver. En estos varios regresos, fui viendo que hay aquí otra Mendoza. Es otra Argentina. Una Mendoza y una Argentina que no descifro muy bien. Creo que en realidad mi país y mi tierra me fueron siempre bastante indescifrables.

Tal vez porque mi mundo sea un mundo más pequeño, en cierta medida. Un mundo que me vi obligado a dejar a la fuerza. No solamente por lo ocurrido a partir de 1976, sino también por otros golpes anteriores y posteriores, en el ámbito íntimo. La violencia me visitó desde temprano, y me siguió acompañando después.

Mi mundo era y es, siempre fue y siempre será, un mundo inmediato. El presente, lo que está aquí. Lo que puedo ver. Los rostros que puedo ver. Las expresiones que puedo ver. Las miradas que alcanzo a descifrar. Este es mi mundo. Un mundo pequeño, si se quiere. Pero es un mundo inmenso pues desde allí vislumbro y vivo la eternidad. Desde esta inmediatez, me sumerjo en la totalidad de la vida. Así fue y así será siempre, mientras viva. Por eso tengo la impresión de que si bien esta es otra Mendoza y otra Argentina, yo también soy otro y al mismo tiempo seguiré siendo siempre el mismo.

La Quinta Pata

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