domingo, 22 de marzo de 2015

Libia y más allá

Carlos Almenara

Esta semana se cumplieron cuatro años desde que la OTAN atacó Libia.

Alegando violaciones a los Derechos Humanos de una súbita ciudadanía sedienta de libertad, que incluían nunca demostrados ataques aéreos a población civil, Estados Unidos y sus amigos decidieron que el monopolio de bombardear población civil les pertenece e iniciaron un ataque a ese país con notas impresionantes.

Obviamos el racconto de todos los detalles de una historia macabra que hasta el momento ha conseguido como mínimo destruir un Estado, 30.000 muertos, 50.000 desaparecidos, un tercio de la población desplazada y violaciones a los Derechos Humanos que, seguro, no son menores a las del régimen de Khadafi. En la OTAN hay quienes esto les parece poco e insisten en ir por más.

Otro logro no menos importante es el espectacular crecimiento en este territorio de los grupos con que cada tanto los Johnnys nos asustan, ahora el Estado Islámico. Aunque hay que prevenirse porque el nombre cambia periódicamente.

Libia fue una operación en que al menos dos hechos tienen una moraleja encantadora.

Uno: la operación Plaza Verde de Trípoli. Una farsa increíble consistente en proyectar imágenes de estudio como si fuera la toma de la plaza central de la capital libia. Las escenas filmadas en Catar, con escenografía, decorados y actores profesionales fueron difundidas por la mayor parte de las cadenas de noticias internacionales demostrando la “derrota de Khadafi”. Esta falsa derrota ayudó mucho a la verdadera derrota pues le hizo perder apoyos con los que el viejo régimen contaba. Fijate en este informe de Telesur.

¿Cómo podría llamarse eso que hicieron Al Jazeera, CNN y el resto de las cadenas? ¿Puede llamarse “periodismo”? ¿Es una excepción o lo hacen todo el tiempo?

El problema es que vos terminás de leer esto y de nuevo “te enterás” de algo por medio de esas cadenas y sus repetidoras. ¿Cómo obtener una enseñanza duradera de aquél engaño?

Dos: la plata. Amparados en las resoluciones del Consejo de Seguridad Naciones Unidas los bancos estadounidenses y europeos en que estaban depositadas las reservas internacionales de Libia las “congelaron”. Se las robaron. El Consejo de Seguridad presentó las decisiones como “congelamiento” de los fondos de los funcionarios del régimen. No eran tales, eran los fondos del país. Al día de hoy no se sabe dónde está la plata. No son dos centavos. Distintos reportes oscilan entre U$S 50.000 millones de dólares y U$S 300.000 millones de dólares. Sí claro, más dinero del que podrías contar en toda tu vida. En varias vidas. En una de las pocas informaciones públicas, un banco italiano que tenía parte de los fondos le dijo al nuevo gobierno que le devolvería la plata “en cuotas” y con una serie de condiciones. Toda una confesión. Una cápsula de la seguridad jurídica imperial. Luego padecimos nosotros semejantes atropellos con un jorobado juez neoyorkino.

Recordar qué pasó con Libia es también prevenirnos de lo que vemos día a día en las conductas prepotentes del imperio, hoy patentes en Venezuela, Brasil y Argentina. Vale tanto como señalar a los entreguistas de adentro, a quienes hay señalarles Libia como destino de su genuflexo proyecto.


La Quinta Pata

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