domingo, 22 de marzo de 2015

Visita

Hugo De Marinis

El abuelo Benicio contaba que a la noche hablaba con sus muertos queridos. Lo visitaban, se enteraba de sus cuitas. No sé si mis hermanos sentían igual pero a mí esos cuentos me metían al mismo tiempo un miedo y una curiosidad que hasta hoy conservo.

Esta curiosidad –no el miedo– se corporiza cuando Lila vuelve en mis sueños. Estoy seguro que ya he hablado de estas dinámicas oníricas, o que las escribí en el libro que compusimos con Adriana, la familia y los compañeros sobre las vicisitudes de la vida de mi madre. Pero esta vez pasa algo distinto.

Es el mismo sueño: la sorpresa de verla me conmueve, me abruma en el día luminoso que ocurre y me torna torpe en las preguntas: “¿Dónde estuviste?” “¿Cómo es que recién aparecés?” “¿Por qué tanto silencio?”

Cuando el alivio del encuentro se asienta para clausurar el final del misterio, de repente: el despertar y la vigilia y la realidad tal como son, regresan en su desolada verdad. Es un pinche sueño. La Lila, como los demás, permanecerá en ausencia, salvo – flaco pero único consuelo – en la memoria de quienes la recordamos.

En los sueños anteriores aparecía como era, menos de la mitad de mis años actuales. Solo los 27 que tiene cuando los horribles arrebatan la casa y se la llevan.

Ahora hace cola junto a estudiantes y colegas frente a la oficina donde reparto procedimientos, consejos y esperanzas a averiguadores, desconcertados y afligidos.

Cuando noto su presencia me acerco y en lugar de la habitual incongruencia le pregunto qué hace aquí. Me sonríe y mentiría si digo que contesta. Probablemente no. Solo es un sueño; los sueños son cortos y apenas si se recuerdan; los construyen los despiertos. Me demoro contemplándola y observo que ha envejecido, trámite vital imposible por culpa de las ruinas de la historia y el empecinamiento de una fe en su existencia eternamente joven. Al reparar en su cabello entrecano y la belleza de los pliegues que cruzan su rostro de mujer madura, le devuelvo la sonrisa que me regala.

Pese a la diferencia con el sueño repetido no me banco la impresión que me causa su proximidad y me despierto en medio de la noche y su sonrisa con una tristeza por una vez contenida al saber que más allá de los casi cuarenta años que no la veo, sigue conmigo.

La Quinta Pata

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