domingo, 12 de abril de 2015

Mentiras que hacen agua

Ricardo Nasif*

Todavía hay lugares geográficos y humanos donde el Estado no llega o lo hace sin eficiencia. Es por eso que existe una responsabilidad, que además de ser social también es empresaria -la famosa RSE- que impulsa a algunas empresas, cual fuerza contraria al intrínseco egoísmo mercantil, a expandir los dedos invisibles del mercado hasta las manos, las pieles, los corazones y los estómagos de quienes más lo necesitan.

Procter & Gamble (P&G) es una de esas empresa de los Estados Unidos que, además de facturar miles de millones de dólares en todo el mundo, destruye el medio ambiente, explota trabajadores y dice asegurar derechos sociales que el Estado niega a los sectores más vulnerables.

Hace algunos años P&G desarrolló un polvo para potabilizar agua. El proyecto comercial no prosperó, lo que motivó una larga discusión entre los ejecutivos de la empresa, quienes pugnaban entre tirarlo en algún vertedero a cielo abierto en Singapur o regalarlo desinteresadamente a los más pobres del mundo. Por fortuna triunfó la solidaridad y Argentina también está en la lista de beneficiarios de su programa de inversión social “Agua limpia para los Niños”.

Mientras escribo confortablemente esta nota, una niña entre miles del noreste argentino está bebiendo agua potabilizada por los sobres del polvito casi mágico. La multinacional está donando –sin ningún interés más que el amor- 500.000 sachets que le sacarán el hedor, el color, el sabor y los virus y bacterias malignas a 5 millones de litros de agua.

P&G salva vidas y no está sola en esta cruzada acuosa y caritativa. La filial argentina de la empresa también norteamericana Wal Mart se sumó ofreciendo los productos de sus góndolas, como dulce anzuelo para otras almas solidarias. Desde el 16 de marzo hasta el 6 de abril pasado, la cadena de supermercados en Argentina donó un día de agua potable por cada producto vendido de las marcas de su socia estratégica.

Quienes tuvimos el privilegio de visitar las climatizadas instalaciones del hipermercado Wal Mart nos encontramos en su entrada con una imagen conmovedora: un niño aparentemente pobre -sucio o ensuciado- sosteniendo en sus manos dos vasos de agua, en una: el recipiente casi rebosante de turbiedad, en la otra: un vaso medio lleno con la marca P&G y el líquido vital transparente saciando la sed del pibe. Cómo no empatizar y emocionarse con la sonrisa en los ojos del chico. El niño está feliz y las empresas responsables nos ofrecen mantener esa felicidad a cambio de comprarles sus mercaderías. Es muy fácil: 1 producto = 1 día de agua potable. Es muy sencillo, sólo tenemos que comprar pañales Pumpers, jabones Ariel, hojas de afeitar Gillette, acondicionadores Pantene, pilas Duracell o cualquier paquete promocionado por Susana Giménez, Messi o Ginóbili. Es muy práctico, ayudamos, salvamos vidas, sin hacer más desgaste que el taca taca al contado o con tarjeta de débito o crédito, sin alterar nuestra comodidad de shopping de domingo, sin siquiera conocer a ese pibe que sonríe, ni a su familia, ni las condiciones miserables en las que seguramente viven, privados de agua potable, de cloacas, de servicios sanitarios, de energía, de trabajo, de ropas dignas y alimentos de hipermercado.

Decía Oscar Wilde en el ensayo “El Alma del hombre bajo el socialismo”, publicado en 1891, que es inevitable que la mayoría de la gente se conmueva al verse rodeada de tremenda pobreza, tremenda fealdad, tremenda hambre. En el hombre, las emociones se suscitan más rápidamente que la inteligencia. Es mucho más fácil solidarizarse con el sufrimiento que con el pensamiento. P&G, Wal Mart y otras tantas multinacionales “socialmente responsables” lo saben muy bien. Son las que nos venden agua en botellas de plástico, pero nos dejan la tranquilidad de reciclarlas para cuidar el medio ambiente, las que comercian yerba en paquetes de papel y nos prometen salvar los bosques nativos o las compañías de detergentes biodegradables que nos aseguran no complicarles la vida a los delfines.

Sería mucho más responsable que estas empresas tan filántropas cumplieran sus obligaciones fiscales. En noviembre del año pasado la AFIP denunció penalmente a P&G por fraude al Estado y fuga de divisas. Las maniobras de la empresa implicaron una evasión de impuestos por 138 millones de dólares. En diciembre, tras las presiones estatales, sólo pagó 51 millones -menos de la mitad de lo debido-.

Imaginémonos cuántas obras de agua potable y saneamiento podría hacer el Estado con la decena de millones de dólares que P&G nos roba. Cuánta inclusión social pendiente saldaríamos sin necesidad del uso marketinero de la pobreza, ni máscaras publicitarias con fines de lucro, ni apelaciones a la inocente complicidad consumista de los conmovidos clientes que expían sus culpas en cómodas cuotas sin interés alguno.

Como escribió Wilde, “con frecuencia se nos dice que los pobres están agradecidos a la beneficencia. Algunos de ellos lo están, sin duda, pero los mejores entre los pobres nunca están agradecidos. Están descontentos, desagradecidos, son desobedientes y rebeldes y tienen mucha razón de sentirse así. Sienten que la caridad es un modo ridículamente inadecuado de restitución parcial, o una limosna sentimental, acompañada habitualmente por un impertinente intento por parte del sentimentalista de tiranizar sus vidas privadas. ¿Por qué sentir agradecimiento por las migajas que caen de la mesa del rico? (…) Debieran estar sentados compartiendo la mesa, y lo están empezando a saber”.

P&G y Wal Mart mienten. No les creemos nada. Guarden sus caridades hipócritas que hacen agua por los cuatro costados y no nos roben más. Paguen sus impuestos, así de simple. No bastardeen la solidaridad, que ese sentimiento sincero sólo cabe en los corazones y las manos del pueblo.

Audio de esta columna en Radio Nacional

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La Quinta Pata

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