La comunidad huarpe de El Puerto construyó su escuela a espaldas de la desidia de los funcionarios de las distintas gestiones que desde 2005, que en su mayoría, solo se encargaron de entorpecer el proyecto y negar el apoyo. El derecho básico a vivir con los propios hijos no les asiste a las comunidades rurales de toda la provincia, que deben desprenderse de sus niños durante diez días para que vivan en escuelas albergue. La historia de la patriada de los huarpes de El Puerto, 150 kilómetros al norte de la Ciudad de Mendoza, no solo muestra lo que es capaz de hacer una comunidad organizada y solidaria, sino que pone en duda la función de las escuelas albergue y la efectividad de los proyectos educativos que deciden por sobre las condiciones culturales y humanas de los sectores con menos oportunidades. La crónica que sigue se escribió en base al documental “Güentota, una escuela para El Puerto”, del realizador Miguel Ángel “Patán” Purpora, que se estrenara el 19 de abril, día del Aborigen, en el microcine de la Ciudad de Mendoza.
Temas a fondo
El cacique Ramón Azaguate se cebó un mate largo y pensó que ese silencio ausente en el que estaba sumida su comunidad huarpe tenía que solucionarse. Las mujeres andaban tristes, los hombres extraviados y el caserío se había transformado en un lugar sin vida. “Es la lejura de los niños”, dijo su hija Silvia mientras movía la pavita al rescoldo del fogón y suspiraba con amargura. Ella tiene tres chicos en la escuela albergue de San Miguel de los Sauces, a 35 kilómetros: la Pity, el Lorenzo y el mas chiquito que va al jardín, el Nahuel, que se tienen que ir lo mismo con la trafic 10 días al albergue, aunque llore y se enferme. En Mendoza han decidido que ese chico tiene que criarse con extraños.
Al igual que la de Silvia, el resto de las familias de El Puerto sentían que se quedaban secas, que les llevaban lo mejor de la vida y les devolvían extraños a sus propios hijos después de tantos días.
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El cacique Ramón Azaguate se cebó un mate largo y pensó que ese silencio ausente en el que estaba sumida su comunidad huarpe tenía que solucionarse. Las mujeres andaban tristes, los hombres extraviados y el caserío se había transformado en un lugar sin vida. “Es la lejura de los niños”, dijo su hija Silvia mientras movía la pavita al rescoldo del fogón y suspiraba con amargura. Ella tiene tres chicos en la escuela albergue de San Miguel de los Sauces, a 35 kilómetros: la Pity, el Lorenzo y el mas chiquito que va al jardín, el Nahuel, que se tienen que ir lo mismo con la trafic 10 días al albergue, aunque llore y se enferme. En Mendoza han decidido que ese chico tiene que criarse con extraños.
Al igual que la de Silvia, el resto de las familias de El Puerto sentían que se quedaban secas, que les llevaban lo mejor de la vida y les devolvían extraños a sus propios hijos después de tantos días.
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