domingo, 23 de octubre de 2011

Una memoria (I)

Hugo De Marinis

Liceo militar y despedidas. Parte de esto debo haberlo contado antes. De todos modos, después de leer el aviso en alguna prensa amiga que dice que “si hiciste la colimba entre 1975 y 1982 y viste alguna violación a los derechos humanos…” me animé a pensar que era necesario ordenar algunos momentos de ese tiempo antes que se me dispersen. No presencié delitos de lesa humanidad. Sí tengo muy presente, sin embargo, los abusos diarios a que éramos expuestos los conscriptos y las innumerables pistas que revelaban el contexto siniestro que enmarcó esos años.

Me tocó el número 967: marina. Debía presentarme el 31 de mayo del ‘76 por la mañana en el Liceo Militar. De ahí la Armada me llevaría junto a unos 900 mendocinos a Río Santiago y luego nos distribuirían a los destinos definitivos. Se sabe que las dos guarniciones por las que pasé fueron centros de detención, bien escondidos de la vista de intrusos, incluso de nosotros los colimbas “colas”, es decir los nuevos. En el Liceo Militar, ese 31 de mayo habré estado unas 12 horas, en Río Santiago, menos de un mes.

De mi hermana Lila me había despedido bastante antes. Ya no la volvería a ver. Asimismo, no tuve más remedio que atender ciertas recomendaciones que en días previos me había encargado Ricardo Sánchez Coronel, a quien tampoco me sería dado ver de nuevo. Por otro lado me encontraba un tanto decepcionado de que mi entrañable amigo Alejandro Edgardo Riveros no se hubiese aparecido a una cita que se supone debía haberme eximido del estado de conscripción al que las circunstancias me arrojaron. Gracias a que no acudió a esa cita es que ahora estoy contando el cuento. A Edgardo sí lo volví a ver, varias veces, aunque 29 años después, a la vuelta de su exilio en Suecia y solo un poco antes de que falleciera.

Por la tarde del 31 de mayo oficiales de la Armada permitieron a familia y a amigos despedir a los reclutas. Serían solo unos meses hasta que tuviéramos nuestra licencia. Mi madre y otro gran amigo, Ramiro González, me trajeron unos chocolates para el viaje, que daba la impresión de ser más de egresados secundarios que de soldados novicios rumbo a sus cuarteles. A Ramiro lo despediría luego para la navidad de ese mismo año – al estar yo de licencia – en el antiguo aeropuerto El Plumerillo. Partió hacia Francia y, como si fuera cosa de brujas, lo reencontré por causalidad recién 34 años después, a la salida de una importante estación de subterráneo en el centro de París llamada Les Halles.

A los que me habían venido a decir adiós al Liceo se los veía bastante relajados. Yo también lo estaba, salvo el embole de apreciarme rodeado de milicos que nos tuvieron sentados todo el día en una cancha de fútbol.
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En un momento de esa tarde me encontré con Walter Domínguez, que estaba haciendo el servicio en el ejército y estaba por obtener su baja. Me acuerdo nada más que de su mirada profunda, no de lo que conversamos brevemente. No sé si en ese momento pensé o me lo imagino ahora: “si este se las bancó, yo no debería tener ningún problema”. Fue la penúltima vez que estuve con él. Nos encontraríamos de casualidad en otra oportunidad en 1977, por la calle Buenos Aires entre San Martín y San Juan. Nos pusimos muy contentos de vernos vivos. Solo unas semanas después los milicos lo secuestrarían junto a su esposa que estaba embarazada.

El tren
En algún momento de la noche incipiente de aquel 31 de mayo nos metieron a un tren que daba aspecto de ser blindado como esos que se veían en las películas de la segunda guerra mundial. De entrada nos prohibieron que levantáramos unas persianas de metal que redundaron en que viajáramos ciegos todo el recorrido. Uno de los suboficiales (“zumbos”) a cargo nos comunicó que era así para no avivar a la “subversión” del cargamento que llevaba el tren y de esa manera evitar un atentado.
Por lo demás el tren era bastante ordinario. Si tenías unos mangos podías comprarte una merienda y hasta una cerveza. Se podía fastidiar a lo tonto como si fuéramos niños y si teníamos ganas y con quien, jugar a las cartas, contarnos cuentos, conocernos. Lo único que no podíamos era mirar hacia afuera para tener idea de por dónde andábamos. También, que me acuerde, el tren no paró en ningún lado. Sin embargo no arribamos a La Plata hasta la noche próxima. Al llegar nos repartieron la ropa que vestiríamos por la duración de nuestra estadía en ese lugar y luego de una comida frugal y una ducha nos mandaron a dormir.

El baño y los simulacros
Una sorpresa mayor y decepcionante era la higiene deplorable de los baños en la cuadra – los dormitorios colectivos – que nos habían asignado en Río Santiago. Esa falta de higiene contrastaba con lo inmaculado hasta la exageración de otras cuadras – donde habitaban conscriptos más antiguos (“púas”) – a las que había que aventurarse si uno, para las propias necesidades, no deseaba enfermarse de asco.

Una probable respuesta no tardaría en insinuarse solita: todas las mañanas los imaginarias (conscriptos de guardia nocturna y diurna de las cuadras) tenían la obligación de limpiarlas, incluidos, por supuesto, los baños. La limpieza tenía que ser integral porque de otro modo los zumbos inferiores te lo hacían saber de la manera más humillante y desagradable. Pero sucedía que frecuentemente por las noches, antes de dormir y después del rancho (cena) se nos ordenaba hacer un simulacro de estar bajo ataque guerrillero. Para ello apagaban las luces y nos mandaban a ponernos debajo de las camas, con unos cuantos zumbos zigzagueando entre ellas con linternas, y bastón o sable en mano para darte un palazo o un planazo si asomabas la cabeza. Durante estas actividades se nos prohibía hablar entre nosotros pero los zumbos – u otros – hacían tal batifondo por unos cuantos minutos, que no sé a quién querían engañar con este cuento de los simulacros.

El asunto es que si te daban ganas de usar el baño después de esto, mejor aguantarse o agenciarse otro lugar, porque los baños habían quedado asquerosos. Obvio, las instalaciones sanitarias habían sido utilizadas con urgencia y descuidos en esas noches y los milicos no querían que supiésemos quiénes habían sido.

El súper pibe
Quien estaba a cargo de los simulacros era un cabo segundo gigantesco, el tipo más cruel que hasta ese momento había conocido entre los infantes de marina. Le llamaban “el súper pibe” porque, decían, era menor que nosotros – tendría 18 años – pero medía como dos metros, era rubicundo y matón, y golpeaba gustoso a los colimbas más pequeños y a los que mostraban alguna vulnerabilidad. Una vez un recluta de rasgos orientales le hizo frente y el súper pibe, grandote y todo, se mandó a guardar. Cuando actuaba de bueno nos explicaba que nos la teníamos que bancar, pasase lo que fuera, porque por ejemplo a él no le gustaba salir de operativos pero a veces le tocaba, y así era la vida. Tampoco le apetecía que sus compañeros hablaran mal de la armada – nosotros tampoco debíamos según él – ya que al fin de cuentas la marina era quien nos daba de comer y se debía ser gente lo suficiente como para no morder la mano que te alimentaba.

Otra cancha de fútbol en Río Santiago
Ahí era donde permanecíamos sentaditos todo el día ese alrededor de 900 mendocinos, con el expreso mandato que no nos moviéramos de nuestro lugar salvo que algún superior lo permitiese u ordenase.

Ya vestidos con un uniforme verde de fajina nos identificaban como “colas” porque teníamos que colgarnos del cinturón el asa de un jarro viejo de aluminio en el que nos servían el mate cocido del desayuno y andar con él todo el día so pena de una buena pateadura. Los que nos vigilaban eran otros conscriptos antiguos más relajados que los zumbos por lo cual se podía más o menos violar la regla de estarse quieto y sentado en la cancha. Otra vez, si quedaba algún dinero, como en el tren, se podía comprar provisiones en la cantina – uno mismo si se animaba a romper el cerco o encargárselas a algún “púa” bien dispuesto con el correspondiente pago de un modesto honorario.

En el ínterin los marinos nos hacían los trámites de ingreso. Nos daban el número de matrícula – ese número pasábamos a ser a partir de ahí – nos pelaban una vez por semana, venía la revisación médica con la vacuna en la espalda, las preguntas de los de inteligencia y la comunicación del destino final.

Las reuniones con los de inteligencia eran uno a uno y duraban unos 10 minutos. Preguntaban si alguien de tu familia o uno mismo había pertenecido al ERP o a Montoneros y si no, de qué partido político éramos. Un gordito del que me había hecho compinche me comentó que si alguno hubiese sido guerrillero, capaz que lo iba a decir…

(Continuará)

La Quinta Pata, 23 – 10 – 11

La Quinta Pata

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