domingo, 17 de febrero de 2013

Américo Calí (1910 – 1982)

María Eugenia Calí

Mi padre poeta

No es tarea sencilla ponerse a escribir cuando nos llega algo tan de cerca. Aunque, quizá, sea una suerte conseguirlo, ya que con ello cumplo al fin con un íntimo deseo al poder transmitir cómo fue la vida de mi padre.


La de Américo Calí fue una existencia por sobre todo útil. Hubo quienes lo buscaron para recibir una palabra emanada de sus conocimientos; otros aprendieron de él la verdadera amistad cuando pudieron enterarse de su generosidad: fueron muchos los que también se le aproximaron al encuentro de solución para algún problema jurídico, momento en el que supo dar siempre un consejo sagaz e inteligente, pero desinteresado.

Américo Calí, además, invariablemente tenía una anécdota para contar, un autor de quien acordarse, un poema para rememorar y un momento preciso para hacer sonreír con relatos que muchas veces eran propios. Y con su profunda inteligencia participaba de algún modo, de la naturaleza de los niños, en sus actos casi inocentes con los más humildes o en su protección a los animales.

Todos estos son nada más que recuerdos, como lo es el hecho de haber recorrido junto a él muchísimas librerías, mientras me recitaba, siempre, alguna copla por la calle o cuando estábamos sentados a la mesa; lo recuerdo asimismo en su exceso de cariño, en sus constantes desvelos hacia nosotras, sus hijas.

A través de estas memorias espero justificar de algún modo la razón por la que decidí darme a la tarea de referir la vida de Américo Calí. Quienes lean estas páginas comprenderán en qué medida he podido enriquecerme, en la convivencia con un ser enamorado de su labor literaria y de su oficio de poeta.

1. Su vida
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No es mucho lo que conozco sobre la niñez de mi padre. Sé que nació en el departamento de Rivadavia, Mendoza, el 3 de abril de 1910. Fue el tercer hijo de Santiago Calí y Sara Scialó, una familia de italianos que no hacía mucho había venido del pueblo de Catania, Sicilia; por eso la primera lengua que llegó a él fue la de sus padres y, aunque no demoró en conocer perfectamente el español, tampoco pudo abandonar nunca su dialecto.

Estando allí, en su pueblo natal, realizó los estudios primarios, pero sus ansias de progreso lo llevaron desde muy joven a radicarse en la capital mendocina, donde se vinculó tempranamente con el movimiento cultural de su época. Por lo que él mismo contaba en familia, sé que en esta circunstancia transcurría 1928 y él, con sus 18 años, egresaba como maestro de la Escuela Normal Tomás Godoy Cruz. Un año después comenzó a ejercer la docencia primaria, tarea que le hizo descubrir su verdadera vocación de maestro. Ya desde su juventud había sido conceptuado como un verdadero conocedor de las letras, razón por la que no tardó también en desempeñarse como profesor en las cátedras de castellano y literatura.

En 1936 se graduó asimismo de abogado en la Universidad de Córdoba y la práctica profesional fue una labor que, a lo largo de su vida, realizará con legítimo amor y esmero.

Dos años después de haber comenzado a ejercer su profesión, en mayo de 1938, conoce a Juanita Ríos, con quien contrajo matrimonio en 1942, y que será la compañera de toda su vida. En esta misma época adquiere su pequeño automóvil, que condujo él mismo hasta 1967, y al que denominó “Carabela del arte”, ya que fueron trasladadas en él muchas personalidades como Pablo Neruda, Rafael Alberti, Emil Ludwig, Lanza del Vasto, Jacinto Benavente y Ramón Gómez de la Serna, entre otros.

Ya en 1943, Américo Calí manifiesta su verdadero talento de escritor al dar a conocer su primer libro de cuentos, Días sin alba , que más tarde será traducido al italiano y al inglés por Margaret Harrison. Tal vez su tarea de maestro le valió para esos cuentos, en los que, con inspiración verdaderamente humana, Calí se compenetra con los problemas de un niño, que a veces no es comprendido del todo por los adultos.

1946 marcará otro hito fundamental en su acontecer de escritor, ya que aparece su primer libro de poemas: Laurel del estío , obra que permite descubrirlo como innegablemente nacido para el canto. Con este volumen obtuvo el premio Faja de Honor de la Sociedad Argentina de Escritores, Buenos Aires.

Ya desde 1940 había trascendido su nombre como cofundador de la Revista Jurídica de Cuyo , y a partir de 1944, como director de la revista Égloga, a través de la cual sostuvo un amplio intercambio cultural con todos los hombres de arte de aquellos momentos, a pesar de que de dicha revista se editaron solo doce números.

En los albores de 1947 nace su hija Silvia Irene. En ese año pone fin a su tesis doctoral en derecho y ciencias sociales, oportunidad en que presenta un trabajo sobre “Corte nacional de casación”, y pone a prueba otro de sus privilegios – el de ser un excelente expositor – al pronunciar su conferencia “Martín Fierro ante el derecho penal”. Se daba en el él no solo la buena disposición en el hablar, sino también la versación en ciertos temas, fruto de sus múltiples lecturas. Así es como pronunció innumerables disertaciones en Mendoza, Buenos Aires, San Juan, Chile y Montevideo. Las más recordadas fueron sus exposiciones sobre Domingo Faustino Sarmiento, Ricardo Rojas y Juan Ramón Jiménez. Del mismo modo, ofreció la presentación de sus obras a escritores célebres como fue el caso de Alfredo Bufano, Jorge Luis Borges, Conrado Nalé Roxlo, Luis Franco, Rafael Alberti, Eduardo Marquina, Juvencio Valle, Aristóbulo Echegaray, Bernardo Canal Feijóo y Nicolás Guillén.

En 1950 nace su segunda hija, María Eugenia. Años después entre 1957 y 1967, ejerció la dirección del Departamento de Extensión Universitaria de la Universidad Nacional de Cuyo. 1976 será también año en que se retirará de las aulas.

Siendo yo una niña, lo recuerdo aún en estos momentos de su constante labor cultural con jornadas, conferencias, programas radiales y el contacto permanente con figuras literarias nacionales y extranjeras que arribaban a Mendoza. Muchas de ellas pudieron llegar a nuestra casa, como es el caso de Ezequiel Martínez Estrada y muchos otros. Y, a raíz de su cargo directivo, en 1958 fue elegido vicepresidente del primer congreso latinoamericano de extensión universitaria, realizado en Santiago de Chile, viaje en el que pudo estrechar lazos de amistad con José Machado, hermano de Antonio.

En ese mismo año fue también presidente del IBV Congreso de Escritores, efectuado esta vez en la ciudad de Mendoza. Casi en forma simultánea con su tarea en la universidad, mi padre se desempeñó como presidente de la Sociedad Argentina de Escritores durante tres periodos entre 1954 y 1968. En esta ocasión no fueron pocos los que compartieron junto a él la emoción de un verso en una mesa de café, o pudieron deleitarse con su lucidez, su capacidad de afecto y hasta su fina ironía.

Hacia 1960 su tiempo de coplas, con la aparición de su segundo brote de poemas: Coplas del amor en vano , por el que recibió el saludo de Menéndez Pidal. En este volumen, Américo Calí nos muestra su inclinación hacia una poesía formal e intimista, aunque de algún modo ya lo había adelantado en Laurel de estío . En este mismo año realizó una antología con estudio preliminar, recordando la obra de otro escritor nuestro, y gran amigo suyo, el poeta Alfredo Bufano.

Su labor sigue siendo intensa hasta 1964, cuando dio a conocer su obra El doble de Alejo Mora , cuentos sorprendentes por la imaginación desplegada y por la originalidad de su trama, limpios y resueltos en el uso del lenguaje, datos que hacen que Américo Calí sea considerado ya un valor dentro de tan riesgoso género.

Un poco más tarde, en 1966, publicará, Capitán de ruiseñores , libro también de coplas. Cada poema volcado en su celda de tres sucintos versos en un teorema de armonía, elaborado de tal modo que la hondura y la imaginación juegan creando novedades para el lirismo. Esta obra fue considerada por Arturo Marasso como un libro de profundidad y gracia.

En 1972 dará a conocer Herencia del árbol , conjunto de sonetos y coplas. Este libro, verdadera manifestación de su amor por lo clásico, nos muestra un hombre de hondo pensamiento lírico y, a modo de dedicatoria, dejará en estas páginas una carta a su amigo de la juventud, Luis Kardúner, como una forma de agradecimiento por haberle hecho descubrir la preceptiva del verso.

Al llegar 1973, habiéndose retirado de las aulas, sin olvidar jamás su vocación por la enseñanza, un puñado de gente entusiasta lo sigue, se reúne en torno suyo, y dirige así uno de los primeros talleres literarios, conocido como “Grupo Cetaf”.

1979 es el centenario de la publicación de La vuelta de Martín Fierro de José Hernández, y también se recuerda y se reedita su trabajo Martín Fierro ante el derecho penal . Dos años después, en 1981, sale a la luz su último libro, Cantares de la duda : poesía edificada casi en sombras, ayudándose con una lupa por un grave problema de vista; pero así como Beethoven crea el Claro de luna sin oídos, él podrá transformar aquí sus poemas en un solo pensamiento. Yo diría que esta obra es la síntesis de su total madurez.

Como todo hombre de letras, colaboró mi padre en revistas literarias de su generación: Laurel, El cuarenta, Égloga – la revista que él mismo dirigió – Contrapunto, Caballos de fuego

La labor de Américo Calí fue constante en todas direcciones. Es por ello que se encuentra citado en muchas obras tales como la Literatura hispanoamericana de Enrique Anderson Imbert, Historia general de la literatura hispanoamericana , con prólogo de Ramón Menéndez Pidal (tomo IV), en el Tratado de los recursos en el proceso civil , de Ibáñez Freshar, o en Elementos de bibliotecología de Domingo Buoriocuore y en muchos otros más.

Otro testimonio con el que cuento y que hacen a la personalidad de mi padre, fue su condición de bibliófilo. Acerca de esto, él solía contar cómo le impactó, aproximadamente a sus 15 años, el hecho de descubrir en una librería, el nombre del jurista Luis Jiménez de Asúa. Este nombre le quedó latiendo en sus oídos; lo que realmente llamó su atención fue la sonoridad de las palabras que acababa de conocer, sin sospechar que Jiménez de Asúa luego sería uno de los autores más importantes y más queridos dentro de su vasta biblioteca, ya que a lo largo de su vida llegó a reunir más de 40.000 volúmenes. Esta tarea mi padre la asumió desde muy joven, por lo que ya en sus años maduros, muchos se le acercaron en busca de consultas muy precisas de carácter bibliográfico.

Nunca pudo desentenderse de los clásicos, ni pudo evitar su curiosidad por los nóveles, o indagar sobre algunos libros considerados raros o prácticamente desconocidos. Así sucede con el ejemplar de las Lecciones solemnes de la obra de don Luis de Góngora y Argote, de Joseph de Pellicer de Salas y Tobar, libro que data de 1630, que poseyó y que, por lo menos hasta los años en que él vivía, ni siquiera se hallaba en la Biblioteca del Congreso de Washington, a excepción de otro ejemplar que según sus palabras perteneció al escritor Arturo Marasso.

Reunirse con ciertos libros no es labor del todo sencilla, por esta razón mi padre se preocupó por transitar constantemente todas las librerías del medio. Buscaba especialmente aquellos libros relacionados con la literatura argentina o referidos al derecho penal, tema que se esmeró en conocer, ya que estaba estrechamente ligado al desempeño de su profesión y a su amor por lo humanístico.

Américo Calí, si bien era un escritor del interior, no halló obstáculos para su contacto con las librerías de Buenos Aires, ni encontró tampoco impedimento para estar al tanto de las publicaciones más significativas del país; también a través del intercambio epistolar con todos los hombres de letras, muchos libros llegaron a sus manos.

Como es de suponer, su obra mereció el elogio de otros escritores, como Bernardo Koremblit, Enrique Banchs y Jorge Guillén, con el que mantuvo una importante correspondencia. Así lo da a entender la carta que encontré casualmente guardada en el libro Cántico , que ahora tengo la suerte de tener entre mis manos.

Un año antes de fallecer, como presagio de la culminación de su vida, en premio a la labor realizada fue elegido miembro de la Academia Argentina de Letras. Un año después, la noche del 22 de junio de 1982, será la noche en que el poeta nos dará su despedida; en momentos en que aún trabajaba intensamente se fue, pero quedaron repartidos sobre su mesa de trabajo enorme cantidad de papeles, y no se había perdido todavía el calor de su pluma. A la mañana siguiente apareció en nuestros diarios la triste novedad: “Ha muerto Américo Calí, el capitán de ruiseñores”.

2. La obra poética
Américo Calí fue un escritor de tendencia clásica. Se explica así su amor por la poesía formal y su especial inclinación por cultivar el soneto. Para él era importante – como solía decir – poseer el don del canto para un mejor logro de la creación poética; el resto consistía en aprender el oficio de escritor, acostumbrándose a leer poesía de la buena, como quien adiestra el oído a la buena música; luego “había que vencer la forma”. Estas fueron algunas de las advertencias para aquellos que se acercaron a mi padre en búsqueda de una verdadera orientación.

Desde muy joven se encaminó hacia la poesía clásica. Sobre todo cuando un gran amigo de sus años adolescentes, Luis Kardúner, le enseñó a escandir el verso. En ese tiempo fue también importante la amistad que lo unió a Serafín Ortega, a través del cual pudo conocer los cánones de la preceptiva literaria. Un poco más tarde, conoció a su amigo de siempre, a Reinaldo Bianchini, con el que compartía diariamente charlas literarias comentando cada una de sus lecturas y todo lo que acontecía en el mundo de las letras.

En sus temas poéticos se sintió llamado por una poesía íntima, esencialmente lírica; en algunos de sus versos nos da a conocer los sentimientos por todos esos seres y cosas que han formado parte de su vida; pero lo íntimo en él se halla siempre unido a una poesía donde vibra la creación pura y la búsqueda del amor a lo bello.

Américo Calí – Poesías , Facultad de Filosofía y Letras, Universidad Nacional de Cuyo, Mendoza, 2004

La Quinta Pata

1 comentario :

Lorena Rivera dijo...

fue un hombre inteligentisimo...

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