domingo, 21 de abril de 2013

La escuela capitalista

Una interesante visión crítica sobre las funciones “peligrosas” de la educación aparece en la publicación sindical de los maestros en plena crisis del año 2002. Época de fricciones, tensiones y tracciones —según el gusto expresivo de los autodenominados cientistas sociales, a pesar de la gramática— en las cuales el colectivo gremial parecía preocupado por echar luz sobre la visión de las naturalizadas relaciones de clase. Una tradición concientizadora que fluctuó a lo largo de las marchas y contramarchas de las coyunturas históricas y de las voluntades “libres”. De todos modos, las duras consideraciones de los autores no eran una novedad pues nuestro pasado cultural tiene con añeja data afirmaciones de ese tipo.
Eduardo Paganini

Christian Baudelot y Roger Establet

El aparato escolar tiene la función de contribuir a perpetuar la relación de clases de dos maneras: formando la mano de obra que luego necesitarán los capitalistas e inculcando al mismo tiempo la ideología burguesa.

Las ilusiones acerca de la escuela.
La escuela es presentada a la sociedad como una realidad homogénea y coherente. Esta representación se organiza alrededor de varios temas: la unidad de la escuela, la escuela como unificadora, la institución escolar progresiva e introduce además la imagen de la pirámide escolar. Pero esto es solamente una ilusión que ha sido construida para la sociedad.

La escuela como unidad: a pesar de la diversidad y desigualdad de sus órganos (especialidades, grados, modalidades), la escuela está organizada como un plan de conjunto único. Su única función sería “educar”, “impartir el saber”, etc.
Pero esto sería válido solo para la escuela primaria: aquella que imparte las bases comunes de la lectura, la escritura y el cálculo. De ahí en más la escuela sólo opera divisiones entre los alumnos.
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La institución progresiva: la escuela está secuenciada según su dificultad y complejidad, en estrecha relación con la edad y la maduración del niño.
La lógica dice, entonces, que la formación completa sería la del que sube todos los escalones. Aquel que se detiene en algún punto recibiría una enseñanza incompleta porque, admitámoslo, no todos los niños recorren los estudios escolares en toda su longitud: gran cantidad de niños abandona al final de la escolaridad obligatoria.

La escuela unificadora: se considera que los niños van a la escuela porque ésta realiza un ideal de progreso humano y social.
Esta representación ideológica muestra que, ante la “objetividad” del saber y la cultura, las diferencias debidas al origen familiar deberían desaparecer. Si se presentan diferencias, entonces, serían diferencias individuales.
Esta representación es esencial a la ideología burguesa. Según esta ideología, la escuela unifica lo que la política divide. Así, la institución escolar sería un “terreno neutro” que cumple con el ideal de ser una escuela unificada y unificadora.

La imagen de la pirámide escolar: aquí se muestra que en la base (la escuela primaria), está la totalidad indiferenciada de los niños. Sobre esta base se elevan pisos cada vez menos poblados, hasta llegar a la punta de esa élite que finaliza los estudios superiores.
El que haya niños que abandonan en el camino o que son eliminados se justifica de inmediato: el argumento es que esto depende de la desigualdad de las aptitudes individuales y de la desigualdad de los recursos de las familias.

Hay que terminar con estas ideologías.
Se deben eliminar las ideologías expuestas anteriormente, porque no representan la función de la escuela, sino que la enmascaran. No puede hablarse de unidad de la escuela, porque no hay unidad más que para aquellos que alcanzan los estudios superiores. Ellos son los que redactan los decretos, pronuncian los discursos y escriben los libros. Es sólo para ellos que los grados de la primaria y secundaria aparecen como grados que conducen a la universidad, justamente porque no tuvieron que abandonar. Ésta es la escuela de la burguesía.

Redes de escolarización
Para los que abandonan después de la primaria, no existe “una ” escuela: existen escuelas distintas. En realidad no existen ni siquiera escuelas, sino redes de escolarización distintas e incomunicadas. La continuidad de la escuela progresiva es un mito.
Estas redes de escolarización son distintas por varias causas: por las clases sociales a las que están destinadas, por los puestos de trabajo a los que destinan a sus alumnos y por el tipo de formación que imparten.
La escuela, en lugar de ser una institución unificadora, tiene una función esencial de división. Ella es la encargada de dividir a los niños en dos partes opuestas. La escuela primaria, entonces, no es la misma para todos.

El fracaso en primer grado
Las estadísticas muestran que en 1° grado se efectúa la primera división: en esta etapa es donde el porcentaje de repeticiones es más elevado. Este fracaso tiene relación con el aprendizaje de la lectura y la escritura, y está fuertemente relacionado al(1) origen social.
Hay sociólogos (Bourdieu, entre otros), que tratan de explicar este fracaso apelando al “capital lingüístico” que tienen los niños de las clases populares, tan diferente del código impuesto por la escuela.
La escuela impone una norma lingüística y cultural determinada, mucho más cerca de la lengua y cultura de las familias burguesas que de las familias de clases populares. Es por eso que el lenguaje de estos chicos no cotiza en el mercado escolar.
Todo esto colabora para que estos niños, que están distanciados de la cultura y lengua escolar a causa de su propia cultura y lengua, fracasen más a menudo.
Esta explicación tiene la virtud de desenmascarar un hecho: la escuela no está desposeída de neutralidad. Pero esta explicación tiene un defecto: sigue desplazando las causas hacia fuera, hacia las familias.

Alfabetización y discurso escolar.
Hay tres elementos que intervienen de manera decisiva en el proceso de alfabetización y en la división que efectúan:
1- Las clases sociales tienen prácticas lingüísticas diferentes, que tienen su origen en las condiciones de vida de esas clases.
2- La escuela primaria reprime todas las formas de expresión que entran en contradicción con la lengua escolar.
3- La lengua se presenta en la escuela únicamente a través de discursos especiales.

Palabras, silencios y textos
Si se abre un manual de lectura se ve que los textos están escritos en una lengua artificial, convencional, regida por las normas de la lengua escrita. Esta lengua escrita no tiene nada que ver con la lengua hablada por las clases marginadas.
Esto reduce la expresión hablada al silencio: en la escuela la disciplina y el aprendizaje forman un todo. Sólo se puede aprender a leer y escribir en silencio.
Así, se corta la lengua oral de los niños de clases populares: sólo están autorizados a hablar los que hablan como los libros. Los niños de las clases explotadas no sólo hablan distinto, sino que hablan de otras cosas.
Concluimos así que la contradicción no se encuentra entre la palabra y el silencio, ni entre lo oral y lo escrito. Se sitúa, por el contrario, entre el discurso de la clase dominante y las prácticas lingüísticas de las clases populares .
La oposición no es técnica sino social. La lengua no es un simple instrumento técnico: es indisociable de los contenidos que transmite, de los que excluye y de los significados que designa. Los niños de las clases marginadas tropiezan ante el discurso escolar porque no les dice nada.
Para estos niños, la lengua escrita es casi una lengua extranjera. Esta lengua no habla del desempleo, de la lucha cotidiana, del trabajo explotado. Ellos no pueden reconocerse en esas imágenes tranquilizadoras de los libros de lectura, donde los niños de una familia burguesa disfrutan en el jardín del perfume de la rosa.
La característica de esta pedagogía no es su método formal sino su contenido ideológico.

Escuela para trabajadores manuales
Así, las clases trabajadoras reciben la instrucción primaria que corresponde a su función de trabajadores manuales. El aparato escolar hace todo lo posible para que queden despojados de los mismos medios de expresión que los alumnos que permanecen en la escuela.
Los textos escolares manejan, además, un discurso edificante que tiene como tema la “gentileza” y la “honradez” de los pobres, que se ven siempre “recompensados”. Además, los problemas se cubren de un disfraz moral que conduce a la docilidad social.
Es así como las clases populares se ven privadas del recurso de manipular mediante el discurso sus preocupaciones más pesadas (que son las más peligrosas para el orden establecido). El aprendizaje del discurso se ha vuelto, así, en provecho de la ideología dominante.
La escuela como reproductora de las relaciones existentes
Lo que pasa en la escuela primaria no tiene nada que ver con el niño ni la instrucción. Esas son sólo mascaras para ocultarlo que realmente sucede en la institución escolar.
En el exterior de la escuela, en la sociedad, existe la relación de propiedad: unos poseen los medios de producción (fábricas, tierra, maquinarias, etc.), mientras los otros sólo poseen su propia fuerza de trabajo.
La escuela es un lugar privilegiado para el modo de producción capitalista porque es la única institución que inculca ideología al mismo tiempo que forma la mano de obra.
La división de la escuela en dos redes reparte a los sujetos en dos: los que van a parar rápidamente al trabajo manual y los que continúan sus estudios hasta desembocar en el trabajo intelectual.

(1) Nota: Las extendidas Ciencias de la Educación son parte responsable de este error gramatical muy difundido ahora en casi todas las ciencias sociales en el que la proposición “a” pasa a tener un monopolio conectivo exacerbado. En este caso la Real Academia Española de la Lengua dice: “No es correcto usar la preposición a, como se hace con cierta frecuencia cuando el verbo va en participio: ‘Se especializa en todo lo relacionado al motociclismo’”


Baulero: Eduardo Paganini

De Pie: Por la Educación del Pueblo , Revista del Sindicato Unido de los Trabajadores de la Educación de Mendoza, Año III - Nº 3, Noviembre de 2002. Síntesis del libro La escuela capitalista

Foto por Máximo Arias incluida en el artículo original

La Quinta Pata

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