domingo, 8 de septiembre de 2013

Paradojas literarias mendocinas

Eduardo Paganini

Oportunamente se había ocupado EL BAÚL de rescatar la novela “La derrota” del escritor mendocino Mario Esposito. En esta edición hemos hallado una breve consideración crítica sobre esta obra que permanece inhallable y que no parece figurar en ningún plan editorial de reedición -ya privado, ya oficial-.

El prestigio del crítico, Ernesto Goldar (1940-2011) y el panorama nacional de su tratado intensifican esta impugnación cultural al rescatar en ese nivel una narración que yace ignorada e invisible -como gran parte de la literatura mendocina-.

La derrota de Mario Espósito, ubicada en Mendoza, traza la peripecia de una familia dignificada por la miseria, el tema del pasado amor y el olvido en la vida monótona y hostil de los que envejecen en los viñedos. La familia se desperdiga disuelta por la pobreza, alejándose de la casa para abandonarse al recuerdo. No volverán a juntarse; la derrota no permite el reencuentro. El día que muere Guillermo, el hermano mayor que ha ido a Buenos Aires a trabajar de albañil, concuerda con los días en que los libertadores festejan la victoria ofuscados de cólera, insensibles al dolor de Marcos y la Vieja que van a la ciudad de Mendoza a recibir el cadáver: “En la Estación Central se veían banderas por todas partes y los retratos habían desaparecido”, anota el narrador. Los protagonistas virtualizan a los vencidos que deben presenciar las escenas de violencia que anticipan los tiempos del desquite:

“De pronto, por el sendero central de la plaza, avanzando por sobre los canteros y entre los árboles, un grupo de manifestantes rodeó, frente a ellos, el pedestal de una estatua. Gritaban, y desde varios puntos de la plaza empezaba a llegar más gente, hombres y mujeres, en grupos enfurecidos. Alguien ordenó silencio y casi todos lo obedecieron, aunque más allá de la plaza se oían todavía los gritos y ecos de canciones y de marchas militares. El hombre que había hablado —Marcos creyó reconocer en él al mismo bailarín fantasmagórico de la primera manifestación— colocó una cuerda hecha lazo, en torno de la estatua, un busto de mujer. Los que lo rodeaban estallaron otra vez en vítores.

— Abajo la tiranía! —gritó el flaco.

El extremo de la cuerda pasó a mano de los hombres, aunque en seguida se mezclaron también algunas mujeres. Todos empezaron a forcejear mientras los gritos subían y otros manifestantes treparon al pedestal para empujar el busto desde arriba.

— No hay caso, está pegado al cemento— dijo por fin uno de los que tiraban de la cuerda. Dos de entre ellos se separaron entonces para ir hasta uno de los automóviles estacionados en la calle y regresaron la carrera con otra cuerda nueva, con la que también rodearon el busto. Marcos supuso que iban a abandonar su propósito, porque los otros comprobaban, gritando su desaliento, que la estatua resistía allá arriba. Algunos hablaron de una bomba, pero uno de los que había traído la segunda cuerda consultó con el flaco y finalmente volvió a correr hacia el auto. Esta vez lo puso en marcha y, haciéndolo bufar en el cordón de la vereda, lo introdujo en la plaza de culata. Los otros volvieron a cantar,

"Alta la mirada
luchemos por la patria redimida"


y ataron las cuerdas al paragolpes del auto. Después, éste arrancó con súbita violencia, patinó un poco sobre sí mismo, y finalmente el busto pareció estallar en lo alto del pedestal.
Se deshizo, y los trozos parecían caer muy lentamente, sin ruido entre el pasto y las flores”


Fuente: Ernesto Goldar, “El peronismo en la literatura argentina”, Buenos Aires, 1971, Editorial Freeland.

[i] Fragmento de la “Marcha de la Libertad”, canción emblemática que enarbolaron quienes adhirieron al golpe cívico-militar de 1955, autodenominado “Revolución Libertadora”. Ha quedado registrada una versión cantada a capella por un “coro de civiles revolucionarios” llevada a cabo en los “sótanos de la Capilla de Nuestra Señora del Rosario”.

La Quinta Pata

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