domingo, 14 de diciembre de 2014

El estigma

Ricardo Nasif*

El 28 de agosto de 1963 desde las escalinatas del Monumento a Abraham Lincoln, durante la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad, y antes de repetir varias veces el famoso I have a dream” -yo tengo un sueño-, el líder negro Martin Luther King protestó a los cuatro vientos: “Hace años, un gran americano, bajo cuya sombra simbólica nos paramos, firmó la Proclama de Emancipación. (…) Pero 100 años después, debemos enfrentar el hecho trágico de que el negro todavía no es libre. Cien años después, la vida del negro es todavía minada por los grilletes de la discriminación. Cien años después, el negro vive en una solitaria isla de pobreza en medio de un vasto océano de prosperidad material. Cien años después el negro todavía languidece en los rincones de la sociedad estadounidense y se encuentra a sí mismo exiliado en su propia tierra”.

Las noticias que por estos días llegan del norte imperial lamentablemente nos confirman que, ciento cincuenta años después de la Proclama de la Emancipación de Lincoln y a más de cincuenta años de aquel estremecedor discurso de Luther King, ser afrodescendiente en los Estados Unidos sigue siendo una marca indeleble que justifica la discriminación de buena parte de la sociedad blanca y un distintivo en la piel que puede ser el precio envilecido de una vida en manos de las armas policiales y de una justicia racista.

En 1994 el entonces presidente de nuestro país, Carlos Menem, declaró ante la consulta de un periodista que “en la Argentina no hay discriminación porque no hay negros” y que “ese problema sí lo tiene Brasil”. Parafraseando a Menem hoy podríamos decir que ese problema sí lo tiene Estados Unidos, pero la realidad nos desmiente: en la Argentina la discriminación es un hecho cotidiano y la convivencia presente e histórica con hermanos afrodescendientes una riqueza invisibilizada.

De acuerdo con los resultados del Censo 2010, más de 62.000 hogares argentinos tienen al menos una persona que se reconoce como afrodescendiente. El 92% de esta población nació aquí y sólo un 8% en el extranjero (Uruguay, Brasil y Perú). La mayoría viven en la provincia de Buenos Aires, en Mendoza un 2,5%.

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, esclavistas españoles, portugueses, ingleses y holandeses transportaron a través del Océano Atlántico como animales –o peor que a ellos- a miles de hombres y mujeres para ser brutalmente explotados en los territorios coloniales del imperio español. Unos 12 millones de africanos arribaron a lo que hoy es América latina -varios millones más murieron en viaje-. Cientos de miles fueron sometidos en el Virreinato del Río de La Plata, la mayoría originarios de Angola y Congo.

En Mendoza, según un censo de 1812, un tercio de la población era negra o mulata. Es decir, cerca de 4500 hombres y mujeres esclavizados por una minoría española y criolla.

El historiador y poeta mendocino Oscar Miremont, en su libro “Negradas. Historia poética de los negros en Cuyo”, nos cuenta que “…desde la fundación de Mendoza se empezó la trata de africanos en nuestra provincia. En 1596 por primera vez aparece oficializada en Mendoza la venta de un esclavo… de 10 años, se lo vende por cuarenta arrobas de vino, siendo su comprador el convento de Santo Domingo, que por cierto no fue para liberarlo. (…) Hacia 1613, a causa de la encomienda y la muerte del pueblo Huarpe, el cabildo de Mendoza pide mil licencias (mil negros) para la ciudad, “debido a los pocos naturales que hay en ella” (…) Fueron herreros, carpinteros, hojalateros, zapateros, albañiles, sastres, panaderos (…) lavanderas, cocineras, amas de crías, sirvientas…”

Luego hubo un proceso de exterminio que tuvo dos etapas: el primero de eliminación física de los esclavos y, el segundo, de negación o represión de la cultura negra y de sus descendientes.

El aniquilamiento físico de los negros fue casi completo a causa de la explotación y de las distintas guerras en las que se involucró nuestro país. Miles, muchos de ellos mendocinos, murieron en la Guerra de la Independencia, otros tantos en los conflictos entre Unitarios y Federales y otros en la Guerra del Paraguay. En todos los casos, los esclavos fueron obligados a pelear en los frentes de lucha, entregando así forzadamente sus vidas por una patria que ni siquiera les era propia.

A pesar de que la Asamblea de 1813 había dispuesto la libertad de todos los hijos de esclavas que nacieran en el país a partir de ese año -la famosa libertad de vientres- y que en la Constitución Nacional de 1853 se estableciera el fin de la esclavitud, la mayoría de los sometidos nunca pudieron ejercer esa libertad en plenitud, tampoco desarrollar una vida económicamente autónoma.

El proceso de negación de la cultura afro y de los herederos de aquellos esclavos coloniales fue también parte de la pretensión del exterminio oficial. Nunca parece haber desaparecido completamente el señalamiento real y simbólico de la opresión, ni en el color de los cuerpos ni en los prejuicios sociales.

Luis Coria en “Los negros en Mendoza” recuerda que “al llegar a Buenos Aires y después de haber pasado los trámites de Aduana se marcaba a los africanos con un sello de metal, la carimba, calentado al rojo vivo, para la probanza de su importancia legítima”. Basado en ese texto, Miremont en sus Negradas condensa, magistralmente y con imprescindible crudeza, la imagen de la inhumana yerra en su poema La Carimba:

Nos marcaron la frente
el vientre
los brazos, las mejillas
el orgullo

Éramos mercadería legítima
piezas importadas de buena calidad
ganado sin manchas ni sífilis

Baratos en Buenos Aires
muy caros en Santiago
llegamos a Mendoza engrillados
libres de contrabando

Como tropilla en pie nos recibieron

No pudimos ocultarnos
pasar desapercibidos
salir a la calle con la cara lavada

No así nuestros hijos

Ellos no conocieron la carimba
no sintieron el hierro
tampoco el fuego
ni el olor de la carne achicharrada

Exentos de la marca
llevaban otro sello cosido en los ojos
en la boca
entre los dientes

Todo lo demás
lo que vendría después
lo bebieron gota a gota
en los mugrientos vasos del desprecio

La verdad y la dignidad terminan prevaleciendo. No pudieron tacharlos de la historia, tampoco esconderlos entre las estadísticas, ni diluirlos en la diversidad de la cultura, ni invisibilizarlos con el discurso dominante. Sin embargo, el estigma en la piel de los afrodescendientes aún no ha sido completamente borrado.

*Facebook del autor

La Quinta Pata

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