domingo, 22 de febrero de 2015

Agenda 2015

Carlos Almenara

Este es un año profundamente político y electoral. Las dos cuestiones no son lo mismo. Lo político está vinculado a las discusiones sobre el sentido, las direcciones en que avanza una sociedad, los litigios y discusiones acerca de cómo se distribuye lo que un país produce y cómo lo hace. Lo electoral algunas veces pone en juego discusiones políticas de proyectos de país y a veces no. Incluso los debates de la arena electoral que expresan confrontaciones políticas se presentan enmascarados de formas disímiles.

Si bien interrogarse sobre qué hay en juego en la sociedad siempre es útil, lo es mucho más un año como éste.

¿Y qué hay en juego?

Hay quien prefiere ordenar su respuesta desde sus sensaciones, a mí parece mejor estructurarla de lo general a lo particular.

Lo general, si se acepta la propuesta, tiene que ver con un mundo que nuevamente nos interpela sobre nuestro rol. Desde 1810, y antes aún, el asunto de qué producir, la discusión en torno a la “ventaja comparativa” de las Provincias Unidas, la disputa entre Buenos Aires y el interior, el puerto y las provincias, unitarios y federales, campo e industria, entre tantas designaciones posibles, encerraron debates sobre cómo se “insertaba” Argentina en el mundo. La respuesta a esta pregunta era totalmente determinante del modelo económico, político y social “hacia adentro”.

“El granero del mundo” del centenario ubicaba al país anclado en la producción primaria y en una relación subordinada a la potencia hegemónica de entonces, Gran Bretaña. Así, partía la lana nacional hacia la metrópoli y volvían los ponchos que usaban los gauchos, gauchos bien autóctonos con ponchos “Made in Manchester”.

Ese modelo agroexportador si bien concentrador no fue siempre ruinoso. Tuvo su esplendor, precisamente a comienzos del siglo XX.

La primera guerra y mucho más la depresión de los años ’30 mostraron su agotamiento. Ya no fue posible alimentar un país cada vez más poblado desde la feracidad de la pampa húmeda.

Que esto sea constatable no implica que no haya sido el debate nacional a partir del que se puede hacer una genealogía de lo político en Argentina.

La curiosidad de conservadores relativamente proteccionistas, el peronismo y la extraordinaria ampliación de derechos a los trabajadores y la expansión subsecuente del mercado interno, el desarrollismo con su frustrada promesa del crecimiento basado en la industria pesada, Illia y un impulso a la industria, militares con cierto afán desarrollista, Cámpora y la apuesta a un empresariado nacional e industrial, el retorno de Perón. Este recorrido simplista desde el ’30 al ’76 muestra gobiernos de diversos tipos y colores, para todos fue central el dilema descripto.

Por caso, el pacto Roca – Runciman del año ’33 fue la desesperada respuesta del gobierno conservador para preservar los mercados británicos para las carnes argentinas a un alto costo en términos económicos y soberanos.

Todos los gobiernos posteriores dieron respuestas, buenas o malas, a estas cuestiones.
El año ’76 hubo una ruptura radical en todo sentido. Un período sobre el que no profundizaré pero sí diré que existe una opinión relativamente extensa de que el genocidio fue el costo del modelo económico que impulsó un sector de la Argentina que seguramente hoy sigue ostentando enorme poder. Ese modelo fue, básicamente, aquél de la primarización (y la valorización financiera).

Durante los noventa, Menem aplicó una política denominada “relaciones carnales” con Estados Unidos. Consistía en someternos absolutamente a sus designios. El modelo neoliberal aplicado fue totalmente coherente con ello.

El análisis parcial, inacabado, enunciado sólo a modo ilustrativo me parece muestra una discusión política central de este año. Un debate que aparece disfrazado con cuestiones de disputa de agenda, con descontextualizaciones, deshistorizaciones y manipulaciones de los más diversos tipos y colores, pero que si no está falta algo central, generalmente porque lo están escondiendo.

Y haríamos bien en discutirlo.

Como parece orientarse la oposición con expectativas de gobierno, ¿es posible hoy volver a las relaciones carnales con Estados Unidos? ¿Qué consecuencias traería? ¿Es conveniente?

Este año, profundamente político, lo es en buena medida porque estas cosas aparecieron a la luz pública. Habíamos naturalizado que la CIA y el MOSAD controlaran nuestra SIDE y manejaran la investigación de la AMIA. ¿Es “natural” que ello ocurra?

Una pregunta inevitable que cada quién se tiene que hacer es si tiene sentido que el país sea soberano. ¿Tiene sentido? Si lo tiene eso tiene sus costos, y si no es soberano también los tiene (y peores).

Cuando se pone sobre la mesa lo político aparece la prioridad. Lo principal y lo secundario, lo fundamental y lo no tanto. Hoy aparece todo mezclado, sobre todo por quienes hacen su gran negocio con la confusión.

Por eso cuando estamos debatiendo si queremos ser soberanos y aparecen candidatos que van a una embajada extranjera a rendir cuentas, parece que este asunto tiene prioridad sobre otros que pueden resultar simpáticos. Por ejemplo, qué lindo sería tener más igualdad y que docentes y legisladores ganen parecido, pero si hacemos el mundo de esto, perdemos de vista que quizá se está discutiendo algo más trascendente. No casualmente vemos que algunas de estas banderas tienen enorme difusión por parte de sectores concentrados. Igual no niego que esto haya que discutirlo, lo que digo es que prioricemos lo principal.

La posibilidad de construir relatos, ojalá diversos, múltiples, plurales, es una gran oportunidad de la política democrática. Está ahí, presente, disponible. Tomémosla. Hagámoslo bien. Sin Clarines que nos digan cuándo hablar y cuándo hacer silencio. Auténticamente nuestra. Digna.

La Quinta Pata

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