domingo, 15 de febrero de 2015

Sonría, lo están controlando

Ricardo Nasif*

Pareciera que en estos tiempos lo que define ontológicamente al sujeto, el ser o no ser, está determinado por la existencia de la mirada del otro. Tal como dice Alejandro Sanz -filósofo, poeta y músico español-: “cuando nadie me ve, puedo ser o no ser, ahora cuando me ven solamente soy”. Es decir, pensás pero sólo luego existís cuando otro te observa, otro te da el ser, otro te pone me gusta en tu foto en malla en Facebook o te da un like en tu video bailando en You Tube- Si no, no “esitís”.

Cada vez hay menos espacios para evadirnos del mandato universal de ser vistos. Ni bien nos levantamos de la cama, corremos las cortinas y abrimos las ventanas nos entregamos como un objetivo más de los fisgones que husmean más allá de las medianeras.

En la calle taladran las miradas en la nuca, en los altos pechos y los bajos vientres. En el colectivo el chofer juna de a uno a los pasajeros por el rabillo del ojo, aunque escruta con más detalle las humanidades de las decenas de mujeres que constata de frente, perfil y en el yéndose, gracias al espejo retrovisor, esa especie de fetiche voyerista de los machos del volante.

Los preventores de la peatonal, las jubiladas en las plazas, los skaters en las veredas, el botón del banco, la cajera del supermercado, la buena moza del bar, el guachín que te lo cuida, participan de un gran circuito cerrado de exhibición y observación, lo que nos lleva a que vivamos lógicamente en una sociedad paranoica. Pero esto no es lo más grave, lo aterrador es que efectivamente hay una confabulación de fuerzas oscuras que nos ve, nos escucha, nos siente, nos persigue.

Mientras la Secretaría de Vías y Medios de Transporte de Mendoza no se decide a polarizar los vidrios de los colectivos, sería bueno preguntarse ¿desde cuándo estamos presos del delirio de persecución?

“Para sobrevivir como especie, evolucionar y llegar a proveerse de todos los artefactos que hoy lo rodean, el ser humano tuvo que contar con una buena dosis de desconfianza”, escribió Ana Prieto, en marzo de 2014, en la Revista Ñ del diario Clarín, -lo cual ya me resulta para desconfiar- y agregó: “Primero desconfió de la naturaleza. Cuando formó sus primitivas sociedades, pasó a desconfiar de sus pares. Y hoy, en un hábitat altamente complejo, delega formalmente su seguridad e integridad en las leyes que él mismo ha escrito, pero se equipa –si puede– de un sinfín de artificios que mantengan a raya la amenaza externa, recurrente y multiforme: alarmas, celulares, seguros, candados, pastillas, armas. La paranoia puede considerarse la persistencia de la función animal de supervivencia en nuestra mente, pero puede transformarse también en el intento de rehuir el mal atribuyéndoselo a un enemigo: el ser humano es el único organismo vivo que puede imaginar un daño, rumiarlo, anticiparlo y tomar medidas para evitarlo. Y a eso dedica buena parte de su tiempo".

El psicoanalista italiano Luigi Zoja publicó hace un par de años el libro “Paranoia. La locura que hace historia”. En este texto el autor va más allá de la paranoia como patología individual para adentrarse en las formas en que, en momentos de conflicto, puede expandirse el miedo como un envenenamiento colectivo.

En su libro, Zoja se mete con la judeofobia medieval, la conquista de América, el antisemitismo en Francia, la invasión norteamericana a México, las dos guerras mundiales, los bombardeos norteamericanos de Hiroshima y Nagasaki, Hitler, Stalin, el macartismo estadounidense, la guerra preventiva contra el terrorismo, etc. Estos casos son ejemplos de cómo el delirio de persecución puede dejar de ser una psicopatología social para convertirse en normalidad social, política, económica y cultural.

Invocando la defensa frente a un enemigo que no existe como tal, en el afán infundado por tomar medidas drásticas antes que supuestamente suceda lo peor, de anticiparnos preventivamente a los males que probablemente vamos a sufrir, en suma: sobre la base de la paranoia colectiva, se han maquinado grandes atrocidades y genocidios. Basta recordar, por ejemplo, que Estados Unidos, Inglaterra, España y sus aliados invadieron Irak en 2003 con la excusa de las armas de destrucción masiva que tenía el líder irakí Sadam Husein. Las armas de las que hablaban los informes de inteligencia nunca existieron, los cientos de miles de muertos por las armas de destrucción masiva de Estados Unidos, sí.

Quizá sea ese mismo delirio, fogoneado y aprovechado por los poderosos, el que ha convalidado la utilización de la tecnología para verlo todo. Las cámaras de seguridad instaladas frenéticamente, son un símbolo de este fenómeno. Ponemos cámaras por todos lados, porque tenemos miedo, porque nos sentimos amenazados, porque queremos anticiparnos al robo de nuestros bienes, porque la calle es peligrosa. Sin embargo, el negocio millonario de las cámaras de seguridad, no resulta todo lo eficiente que se promete, en el mejor de los casos terminan grabando los hechos ya consumados y, con la difusión de las escenas violentas en los medios de comunicación, se retroalimenta la paranoia y la supuesta inexplicable demanda de más cámaras, más negocio y, en definitiva, menos seguridad.

Y ahí están las cámaras por todos lados mirándonos sin que nosotros podamos saber quiénes nos observan.

Hace poco más de 200 años, cuando las cámaras de seguridad eran absolutamente impensadas, el inglés Jeremy Bentham ideó la construcción de una estructura arquitectónica que permitiera a pocas personas la perfecta vigilancia de la conducta de decenas de seres humanos. Dice Bentham en su libro “El panóptico” publicado en 1791: “Si encontráramos una manera de controlar todo lo que a cierto número de hombres les puede ocurrir; de disponer de todo lo que esté en su derredor, a fin de causar en cada uno de ellos la impresión que se quiera producir; de cerciorarnos de sus movimientos, de sus reacciones, de todas las circunstancias de su vida, de modo que nada pudiera escapar ni entorpecer el efecto deseado, es indudable que en medio de esta índole sería un instrumento muy enérgico y muy útil, que los gobiernos podrían aplicar a diferentes propósitos de la más alta importancia”.

Bentham convenció a los políticos y financistas que hicieron de su sueño la construcción de cárceles, escuelas, hospitales, hospicios, fábricas, etc. que fueron modelos durante los dos últimos siglos, en todo el mundo.

Michel Foucault, en su libro “Vigilar y Castigar” de 1975, analizó con maestría el panoptismo y lo consideró como una síntesis de la sociedad disciplinaria moderna.

Pero lo que ni siquiera imaginaban Bentham ni Foucault es que la idea del panóptico llegaría a la escala universal: el Gran Hermano que todo lo ve, el Big Brother Panóptico, como lo califica José Pablo Feinmann en su libro "Filosofía política del poder mediático".

No sólo nos observan por cientos de miles, millones de cámaras de seguridad, además cuentan con internet y nuestros celulares para saber todo de nosotros. Para Feinman “se quiso ver en Internet un renacimiento de la utopía de la sociedad transparente. Se creyó que nos la habían dado para que fuéramos libres, para que nos comunicáramos, para jugar, hasta para hacer revoluciones. El monstruo se ha quitado la capucha. (…) La díada ver-no ser visto constituye tanto al panóptico como al espionaje informático. El sujeto centralizado no sólo espía a los restantes sujetos sino que los coloniza con su aparato de propaganda mediática. Le bastó con apoderarse de casi todos los grupos monopólicos que dan forma a la opinión pública. La verdadera acción política de la derecha (en Sudamérica, por ejemplo) se desarrolla a través del poder informático. Del poder de los grandes grupos comunicacionales. De los monopolios de la información. (…) El mundo está constituido en tanto imagen del Big Brother panóptico que todo lo ve y todo lo espía y a quien nadie ve. Existen sujetos. De lo contrario, el Big Brother panóptico no buscaría conquistarlos por medio del entretenimiento idiotizante, la verdad deformada y construida de acuerdo con sus intereses o la mentira lisa y llana (…) Nos vigilan. Vigilarnos es controlarnos. Para eso nos vigilan”.

Dice Julian Assange en su libro “Cypherpunks”: “Ahora existe una militarización del ciberespacio, en el sentido de una ocupación militar. Cuando te comunicás con alguien a través de Internet, cuando te comunicás a través del teléfono móvil, que ahora está entrelazado a la red, tus comunicaciones están siendo interceptadas por organizaciones de inteligencia militar. Es como tener un tanque en tu dormitorio (…) Tanto es así que Internet, que originalmente se planteaba como un espacio civil, se ha convertido en un espacio militarizado (…) me produce cierto pavor ver a tanta gente atrapada por los tentáculos de la telefonía celular. Ahora uno habla con un amigo y si ese amigo tiene alguna empresa se la pasa recibiendo y enviando mensajes desde su telefonito a otro que está tan enajenado y loco como él…”

Disculpen… -me acaba de sonar el celular-. Me entró un mensajito. Es mi vecina que me avisa que dejé la puerta abierta de mi casa. Voy a tener que abandonar esta nota.

Audio de Radio Nacional Mendoza

*Facebook del autor 

La Quinta Pata

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