domingo, 30 de octubre de 2011

Una memoria (II)

Hugo De Marinis

Una memoria (I)

Inteligencia

La reunión con el tipo que me tocó de inteligencia constituyó el único momento en Río Santiago en que dudé de la sabiduría de haberme presentado a cumplir mi deber de ciudadano con el servicio militar obligatorio. Más que lo que dije que me preguntó no me acuerdo, pero sí que se levantaba a menudo con unos papeles y desaparecía por una puertita para volver al rato. Tantas veces lo hizo que me puso nervioso. Además el aspecto del tipo me resultaba familiar, aunque sus modales para interrogar los comparaba a los de un amateur, en especial cuando pretendió apurarme: “¿estás seguro de lo que decís?” A lo que por supuesto respondí que sí.


Después evalué que esa apretada medio floja se la debía hacer a todos, por lo que me despreocupé apenas salí del cuartito nocturno y mal iluminado en que esos interrogatorios tenían lugar. Ni idea del infierno que mi familia atravesaba por el secuestro de mi hermana.

Una gorra
Al principio uno no conoce a nadie entre los que comparten penurias pero cuando las peladas dan lugar a la examinación más detenida de rasgos y gestos, se descubren vecinos de barrio, compañeros de la escuela primaria y secundaria y hasta del jardín de infantes. Con estos uno se busca y agrupa para sentirse menos solo en un medio tan hostil.

Había uno de apellido Vargas con quien compartimos jardín de infantes en la escuela Tiburcio Benegas. Nos fuimos amigos, solo conocidos. Después nos volvimos a encontrar, sin acercarnos demasiado, en el segundo año secundario del Liceo Agrícola y Enológico Domingo Faustino Sarmiento, cuando quedaba en la calle Alberdi de Guaymallén. Ahora reunidos en este lugar, una tarde de solcito, aburridos de estar sentados en la cancha de fútbol decidimos largarnos a conocer las instalaciones sin percatarnos que el jarrito de aluminio colgando de nuestro cinturón nos identificaba ante cualquiera como “colas” y nos hacía pasibles más que de sanciones, de las cargadas y humillaciones de los conscriptos “púas”.

Caminamos como si estuviésemos de paseo y mirándolo todo como se mira por la primera vez cuando una mano diestra emergió de una ventana y le arrebató la gorra a Vargas. Este saltó como con resorte hacia la ventana, porque perder la gorra significaba castigo, en especial si te agarraba el súper pibe. Lo vi salir por la puerta contigua solo unos instantes después, a salto de rana con los brazos adelante y observando con escepticismo a quien lo comandaba, muy probablemente el mismo colimba que le arrebató la gorra: no sabíamos distinguir todavía un cabo segundo de un soldado viejo.
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Dilema ético: había que recuperar la gorra de la misma manera en que se perdió porque la perversidad del sistema indicaba que no se sancionaba al ladrón sino a la víctima y uno por más conciencia que tuviera no podía cambiar las reglas en medio del purgatorio sin correr el riesgo de delatarse. Me comprometí con Vargas a ayudarlo a agenciarse otra gorra antes del rancho nocturno cuando nos amuchábamos de tal manera frente al comedor que hasta se podía elegir y medir la gorra que se iba a afanar. El asunto era realizar la fechoría y olvidarla al segundo siguiente. Así sucedió. Aprendimos desde ese incidente que cuando se estaba amontonado se precisaba llevar la gorra en la mano o ponérsela bajo la chaqueta. También a caminar a distancia prudencial de las ventanas.

Flaco al que le afanaron todo y otro que predicaba en el desierto
Era un chico alto y delgado del gran Buenos Aires al que los zumbos a cuyo cargo estábamos los nuevos hacían sentar solo en el medio de la cancha. Ni siquiera lo pusieron con el otro grupo separado y al costado que andaba de civil: los testigos de Jehová. El chico alto y delgado vestía una camiseta y un pantalón azulados, gastados y calzaba unas zapatillas viejas que algún piadoso púa le habría regalado.

No se me borra su cara de sorpresa. La misma que llevábamos puesta el resto de los nuevos pero que por autodefensa no mostrábamos. Este pibe no era capaz de tal cosa y a la mayoría le partía el alma a pesar del esfuerzo de la suboficialidad – cebada en maldades peores – para enseñarnos a que lo agarráramos de punto. En verdad observé a más de un cola regalarle algo de lo que cargábamos en nuestras botonas bolsas marineras, nos sobrase o no. En una de las pocas muestras de rebeldía de esos largos meses chiflábamos a los zumbos cuando le pegaban al chico, o cuando al entregarnos las encomiendas que nos enviaban las familias, nos robaban enfrente lo poco que hubiese de valor.

* * *

Me enteré después de que salí de baja que habían secuestrado a tres o cuatro colimbas de Río Santiago. No sé si habrá sido uno de ellos, pero había otro, morenito y bajo, vestido de cola con el jarrito en el cinturón como nosotros, que promulgaba que no nos dejáramos engrupir por estos milicos y que nos resistiésemos a los abusos. Hablaba como los militantes del ERP. Solo lo escuché un par de veces. Me sentía orgulloso de mi ateísmo pero le rogué a Dios que se callara la boca, y no debo haber sido el único.

Esto traté de compartirlo posteriormente por si sirviera para buscar a estos pibes pero nunca supe su nombre y con la descripción no llegábamos a ningún lado. Gente de derechos humanos me aseguraba que un militante por más ingenuo que fuera no iba a arriesgarse así, que lo más probable es que fuera un señuelo, pero el chico este parecía tan genuino…Sí es cierto que en el tiempo que me tocó estar en la marina jamás escuché a ningún soldado mención o manifestación a favor de organizaciones guerrilleras ni a partidos de izquierda, aunque los gestos de la convivencia me llevaran a imaginar que en mi “camada” unos cuantos fueron simpatizantes de los frentes políticos del campo popular.

Destino
Lo primero que pensé al gritar mi nombre y matrícula – 422.223 – en un galpón atestado, y me respondió un pinche cabo segundo, “Río Grande”, fue que me habían dado la cana. ¿A quién se le ocurriría que existiese un lugar en Tierra del Fuego llamado Río Grande y que ahí se hallara el Batallón de Infantería de Marina N°5? Batallón de triste fama un tiempo después, por la guerra de Malvinas: gran parte de las bajas que nos propinaron los británicos provenían de milicos estacionados allí.

* * *

Cambio de indumentaria – ropa de zona – cuyo ítem más preciado era la gorra con orejeras que creí fantástica porque las mañanas de La Plata se habían puesto frías y venía al pelo, hasta que el súper pibe me la quiso quitar y me le pude escapar. Las orejeras debían permanecer abotonadas por la parte superior y no bajárselas bajo ninguna circunstancia, a menos que estuvieras comprobadamente solo.

No habrían transcurrido más de dos días y otro paso por inteligencia, que una madrugada ya nos pusieron rumbo a Ezeiza. De los que me despedí en Río Santiago no volví a saber nunca más nada de ninguno. Incluido Eduardo César Vargas, el del jardín de infantes y del Liceo Agrícola. Menos de un mes ahí y uno que creía volverse a separar de hermanos y amistades griegas. Ahora era el momento de arrimarse a los que vestían como uno, con el uniforme fueguino.

Se me habían acabado las provisiones, la guita, los puchos y los chocolates que me mandó mi madre y sobrevivieron al pillaje de los zumbos inferiores. Para colmo un ñato grandote me recomendó que me encargara del cuidado de un petisito de Las Heras, desvalido, el vivo retrato de una bruja, pobre pibe, que a su vez le había sido confiado por unas chicas en Mendoza. ¿Qué le iba a decir? Por suerte unos muchachos campesinos de la zona de Tunuyán y otros del este nos adoptaron a los dos compartiendo lo que tenían y brindando su solidaridad hasta que a cada uno se le asignó su puesto definitivo en destino. Solo me acuerdo el nombre de uno de ellos: Nicolás Sosa.

El Electrodo
El nombre en era Electra. Con el tiempo y la familiaridad le empezamos a llamar electrodo. Tenía cuatro hélices y mucha confianza no inspiraba. Pero más que por las hélices, por el solo hecho de ser avión y también porque casi ninguno de los reclutas que lo montamos había subido a uno jamás en su vida.
Llamaba la atención una especie de lujo mesurado en la cabina, y la sonrisa de las azafatas. Hasta ese momento solo nos habían propinado órdenes, patadas, coscorrones y perfidias varias. Hasta los cabos segundos que venían con nosotros, los más zafados, habían moderado el trato y sus demandas. El despegue me hizo acordar a la sensación que daba en el estómago cuando te dabas una vuelta en las sillitas voladoras de los parques de diversiones. Ahora la cuestión iba en serio. Me di cuenta cuando miré la cara de espanto de Nicolás Sosa y de Moisés Savino Bustos, que así se llamaba el chiquitín que me habían encargado y que eran mis compañeros de asiento, en el medio y pasillo.

(Continuará)

La Quinta Pata, 30 – 10 – 11

La Quinta Pata

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